El Desvío: El comunicólogo. Capítulo 2.

La comunicación es un arte, una ciencia y una tecnología. Todo a la vez. Es un arte escrito y audiovisual, es una ciencia que encierra antropología, lingüística, psicología, sociología, a menudo teología, historia…, y es una tecnología puesto que facilita, mediante el progreso y la invención, la vida de los seres humanos.

El lenguaje, todos los lenguajes, deben cumplir con una misión primigenia y última: la comunicación efectiva entre emisor y receptor. El comunicólogo es, en definitiva, el experto que sabe qué teclas tocar para que esa comunicación sea lo más certera y sencilla posible, abarcando cualquier grado de complejidad. Dado que la Comunicación Audiovisual está enmarcada dentro de las Ciencias de la Información y que muchos científicos se ofenden por ello, quiero decirles a esos científicos que ni siquiera me parece una actitud purista, que lo único que se evidencia cuando se quejan de la terminología empleada en este caso es pura ignorancia, como ya he justificado en el primer párrafo de este artículo. Por si les ha sorprendido que incluya la teología, les diré que, como comunicóloga, considero imprescindible el estudio de las grandes religiones como auténticos titanes de la comunicación, la propaganda y el marketing, lo cual las ha llevado a ser las empresas más rentables de la historia de la humanidad.

«El nombre de la Rosa», 1986.

Una de las grandes desventajas de que la carrera de Comunicación Audiovisual sea una gran desconocida es que a los comunicólogos nos cuesta sudor y lágrimas hacernos respetar como lo que somos, una suerte de cirujanos del mensaje, y que, a menudo la gente de a pie no nos cree cuando señalamos elementos que hemos estudiado durante años -cinco en mi caso, que soy de licenciatura-. Cuando estoy en casa, viendo la televisión, y alguien pone un reality, o un programa con las motivaciones culturales como las de “Mujeres y hombres y viceversa”, suelo matar el aburrimiento y la incapacidad de cambiar de canal analizando cada detalle: la cadencia, los tiempos y los tonos del presentador, el montaje de realización, la elección de la música de fondo, la elección de las palabras, la ropa que llevan unos y otros, la posición de cada elemento y protagonista en el plató, la disposición del público, qué dicen y cómo lo dicen los letreros que van saliendo en pantalla, porque absolutamente nada es casual. Todo, desde la luz en plató hasta los cortes de publicidad, está escrupulosamente controlado y elegido para crear una emoción y una reacción en el espectador. Una emoción y una reacción que, sin duda, buscan contentar a las empresas que van a anunciarle sus productos durante el calculadísimo corte de publicidad. Lo más complicado es argumentar que no sólo eso está preparado, sino que todas las intervenciones de los participantes del reality están guionizadas y que la producción del programa tiene un poder de persuasión sobre el público que el público desconoce por completo. Eso sí, las audiencias manejan cada día más los misterios del lenguaje audiovisual, por lo que hay que esforzarse un poco más -no mucho más- para manipularlas. En mi casa, por más que yo argumentase lo contrario, me aseguraban una y otra vez que las intervenciones de “Mujeres y hombres y viceversa” no tienen guión. No sé qué está más guionizado, si el plató o los encuentros que se graban, pero me hacía sentir muy impotente que alguien de mi entorno pudiera creer que hay algo de espontaneidad en programas de ese corte. Cuando mi médico me diga que no tengo pierna porque me la ha cortado, le llevaré también la contraria.

Pues bien, dicho esto, la parte más oscura de la historia de la comunicación, a mi entender, y siempre dejando aparte las grandes religiones -que son la Champions League de la comunicación de masas-, se dio por parte del bando nazi, durante la Segunda Guerra Mundial. Seríamos mucho más libres y juiciosos con respecto a esa marabunta de bulos y noticias falsas, que aprovechan la rapidez y virulencia -“viralidad” decimos incorrectamente- de internet para invadirnos, si leyésemos, al menos una vez en la vida, un libro sobre la historia de la propaganda. Alguien tendría que hablarnos de cómo afectó a la historia de la humanidad la invención de la escritura, la de la imprenta, la de internet… Y que no se salten a Goebbles. Joseph Goebbles se estudia en la carrera de Comunicación Audiovisual, y no era otro que el flamante Ministro para la Ilustración Pública y Propaganda de Hitler. Ojo a eso de la “Ilustración pública”, que es de lo más revelador, porque ese era su cometido: meterse en la cabeza de la gente y hacerles pensar -ilustración- sobre lo que él quería, con la opinión que a él le convenía, cuando él lo decidía. Los políticos de hoy en día copian descarada y muy torpemente a las mentes de la propaganda nazi y soviética… Muy torpemente y con una clara despreocupación por la sensibilidad e inteligencia del pueblo, como cuando Esperanza Aguirre hizo aquel cartel en el que se la veía abrazando a una mujer negra de avanzada edad, con una sonrisa inmensa en la cara de ambas, que no tengo del todo claro a quién pudo engatusar. Goebbles hilaba más fino porque era perverso pero tenía una mente privilegiada, tristemente al servicio de la maldad, y perfeccionó la técnica y los resultados. Aun así, nos podemos ir más atrás en el tiempo y llegar a la Antigua Roma, donde el populacho se distraía en el Coliseo, viendo cómo los gladiadores se enfrentaban a las fieras, mientras ellos comían pan que les regalaba el político de turno por acudir al espectáculo como espectador, y, cómo no, ejercían las votaciones en directo para salvar o no al concursante… Y, lo quiera el público o no, producción -a menudo bajo los hilos de anunciantes y accionistas- siempre tiene la última palabra. Pan y circo. Tan viejo y tan actual.

Marcar la agenda “ilustrada” pública es algo que hoy en día hacen absolutamente todos y cada uno de los medios de comunicación de masas: cadenas que deciden que de la corrupción de la Corona no se habla, que de lo que ha robado tal o cual político no se habla, que del problema vergonzante de los desahucios y los suicidios no se habla, cuando son temas que darían material nuevo cada día y nadie lo aborda porque esa no puede ser la agenda ilustrada de un pueblo amansado. Otra manera de “ilustrarnos” que tienen los medios es eligiendo al personal, porque que los tertulianos de Intereconomía que se hacían virales por soltar barrabasadas debían participar de los programas de tertulias de cadenas mayoritarias, no fue una decisión casual. Esas barrabasadas son morbo, el morbo es audiencia y la audiencia es dinero; sacar a los monstruos de la gruta también les vale, porque les da dinero. Además, ¿para qué te voy a hablar de desahucios y de jóvenes que no cobran después de encadenar siete contratos de becario? ¿Para qué vas a pensar en las personas que por decenas y cientos mueren en el mar que baña nuestras playas cada día? Para qué, si hoy y mañana y pasado y el otro vamos a estar requetebién distraídos con el rescate de un niño de dos años -no vamos a decir que es el cuerpo o cadáver de un niño de dos años, que se pierde juego y morbo, aunque hasta la más optimista de las teorías así lo indique-, el sufrimiento de la familia -porque esto es una película para el público, no información, esto es entretenimiento- y una excavadora en plano fijo durante horas en tu pantalla -para que el sensacionalismo no decaiga y el espectador sepa que en cualquier momento estamos de vuelta con un nuevo episodio de “Carroñeros por el mundo”-. Vergüenza pura de los periodistas y comunicólogos que se han meado en la profesión como lo han hecho este primer mes de 2019. Porque el público, que se cree soberano, a lo mejor no tiene las armas para distinguir el trabajo periodístico del oportunismo cínico, pero los que hemos visto, sin paños calientes, lo que habéis hecho, y la sangre fría que habéis tenido para hacerlo, seguimos aquí porque la vergüenza no mata. Hipócritas, inhumanos, indignos de tener en vuestras zarpas el cuarto poder.

El Desvío: El comunicólogo. Capítulo 1.

Quien me conoce sabe que, si mi escritura me diese para vivir, no exploraría otras artes desde una perspectiva laboral. Pero mi caprichosísima fortuna sólo me ha traído contratos incumplidos por parte de las editoriales, hasta el momento, con lo que, de hecho, escribir me está costando el dinero que le pago a mi abogado y el tiempo que paso promocionando libros de cuya venta no saco beneficio económico.

Mercado laboral español durante la última década.

A la espera, siempre paciente, animosa y optimista -no quiero creer que ingenua- de que la escritura se convierta en mi profesión y sustento, pruebo otras áreas. Estudié Comunicación Audiovisual. Es una carrera con un gravísimo problema de novedad. Nadie sabe qué hace un comunicólogo, excepto el propio sujeto. Pues bien, lo que hacemos es comunicar -no confundir con informar; la comunicación siempre implica un mensaje, una información, pero no siempre es noticiosa-, preferentemente desde los medios de comunicación tradicionales: radio, prensa, tv… Pero los comunicólogos también podemos proyectar, desde el departamento de comunicación de cualquier empresa o entidad, cómo vamos a llegar al cliente o al público, mediante qué slogan o premisa, con qué colores y voces, qué días y horas, usando qué tono, desde qué plataformas, por qué razón, cuán a menudo… Y nuestros contratante puede ser una cadena de televisión, exactamente igual que puede ser una marca de lentillas, una ONG, una aplicación móvil, un grupo político, un gimnasio…, absolutamente cualquiera que quiera hacer llegar un mensaje certero a un receptor. El marketing y la propaganda tienen bastante historia detrás, pero hay una vergonzosa cantidad de gente que espera que este trabajo se lo hagan gratis.

Gente que busca que escribas contenido para su web, sin pagarte, cuando la escritura de un artículo en condiciones requiere unos mínimos conocimientos de lengua española y redacción -créanme, señores empresarios, y créanme porque seguramente ni ustedes mismos lo sepan, pero cuando optan por alguien que no es profesional, se nota un huevo y, además de dar vergüenza ajena; es indignante-. O gente que quiere que le diseñes un cartel, sin intención de pagarte, porque considera que es algo fácil, pero que no sabe que los carteles que no realizan profesionales suelen ser cutres, farragosos, ilegibles y olvidables -es decir, inútiles-. O gente que quiere montar su empresa, que se considera emprendedora, y quiere que todos los cimientos le salgan gratis: el logotipo me lo diseñas gratis, la musiquita me la compones gratis, la web me la montas gratis, la promoción me la haces gratis, las fotos me las retocas gratis…, y un larguísimo etcétera de regalos que ni has cobrado ni vas a cobrar cuando la empresa prospere, si no pincha estrepitosamente porque el dueño y timonel no entienda la diferencia entre tratar a los profesionales como profesionales y hacer el ridículo. El mundo de los negocios no se rige por la norma del “todo gratis al máximo nivel de calidad”, a no ser que tengas alma de empresario corrupto, en cuyo caso estás en el país adecuado. Las cosas que ustedes no sepan, no quieran o no puedan hacer, señores, hay que pagarlas. Si quieren chicos y chicas de práctica en su empresa porque nadie más quiere ocuparse del guardarropa, páguenles un sueldo acorde con sus conocimientos y formación, denles de comer y no esperen que les solucionen marrones estratosféricos o que respondan a horarios que no están ustedes pagando. Si quieren bailarines profesionales en su proyecto, páguenles. Y si no los pueden pagar, bajen al suelo, piensen qué pueden permitirse pagar y reescriban sus expectativas emprendedoras desde ahí.

En otras palabras: si no tienes dinero para montar una empresa que no puedes llevar adelante por tus propios medios, no pringues a los demás. Por otro lado, si el que lee este artículo es el pobre al que han pringado para que trabaje gratis, un consejo: firma un contrato en el que te prometan pagar tu trabajo en cuanto haya beneficios. Seguramente no lo cumplirán, pero tendrás una excusa que darle a tu madre cuando te pregunte si esta vez, por fin, es algo remunerado.

El Desvío: Un par de huevos.

Ayer, en clase de interpretación, hablamos de una emoción concreta: el miedo.

Reflexionamos hasta concluir que existe un más que poderosísimo miedo a confesar la infelicidad.

En esta sociedad, sin apenas momentos de silencio en los que escucharse a uno mismo -premisa terrorífica para muchos-, nos exigimos continua satisfacción momentánea, como el efecto de cualquier droga o vicio sucedáneo -como la comida confort, por ejemplo-. Y si no la tenemos, la fingimos. La satisfacción y la felicidad son fáciles de fingir, porque esa máscara que te pones es un mecanismo de defensa que la sociedad va a recibir de tu parte sin hacer preguntas. Al contrario, de hecho; te premiará con likes y retwitts. Y esos likes y rettwits activan los opiáceos cerebrales que libera cualquier droga. Por eso hay personas que se enganchan sin remedio y comienza a ser vox populi que está fingiendo su vida de felicidad el que la comparte con demasiada euforia.

Somos la primera generación con Instagram y demás redes sociales, así que se podrían matizar toda una escala de grises: la persona que se engancha al morbo de que otra le cuente su vida -real o ficticia- sin usar su propia cuenta para nada más y teniéndola completamente vacía, o la persona que necesita la adulación constante y que no deja pasar un día sin publicar una foto -eligiendo bien la foto, para estar al nivel-, pudiendo sacar incluso beneficio económico a su imagen y actividad -y acabar esclavizado por ello, que el capitalismo no es menos agresivo desde la red-, o la persona que necesita contarles a los demás que es feliz y que tiene una vida deseable, simplemente para que los demás le den likes y le comenten “¡Oh, qué genial!, ¡oh, qué envidia!, ¡oh, qué suerte!” y apuntalen, fervorosamente, toda duda interna que pueda tener esa persona sobre su vida -que no le satisface, evidentemente, pero que se mantiene intacta en el momento en el que los demás le dan el visto bueno, como si su vida fuese una democracia-. Este último, creo yo, es el grupo mayoritario entre las personas que nacieron y maduraron antes de la llegada masiva de internet. De hecho, es muy de pueblo cerrado eso de hacer algo de tal o cual manera para que los vecinos digan o no digan. El qué dirán. La gente insegura y su esclavismo hacia el qué dirán…

Casares, Málaga.

Pues, en fin, ayer estábamos en clase de interpretación y nuestro profesor nos contó que es interesante charlar con amigos que se dedican profesionalmente a la psicología. Para un actor deben de ser charlas muy útiles, además de interesantes. Nos habló de un paciente, en particular, que acudía a la consulta de uno de sus amigos. Historia verídica. Este paciente, llamémosle Antonio, se sentía muy culpable. Se sentía absolutamente culpable por no ser feliz, por vivir amargado, cuando, desde su punto de vista, no tenía ningún derecho a quejarse de la vida que tenía. Es decir, que sentía que era su obligación moral ser feliz con su vida porque era la que todo el mundo, según su creencia, desearía. La vida de Antonio se podría resumir en un enorme éxito profesional como abogado admiradísimo por sus colegas y al que le salen los billetes por las orejas, tres maravillosos chalets en propiedad, prestigio a reventar, un matrimonio de muchos años y dos hijos.

Antonio decide acudir al psicólogo, que ya es un acto de valientes. Acudir al médico de la mente está terriblemente estigmatizado, a pesar de que la sociedad en la que vivimos mejoraría una barbaridad, desde nuestras propias relaciones a cualquier nivel, si las revisiones fuesen periódicas, como lo son las del médico de familia. Deberíamos cuidar nuestra mente como cuidamos nuestro cuerpo, pero el simple hecho de acudir a la consulta del psicólogo, al parecer, ya nos convierte en unos locos. Y Antonio sabe, como cualquiera, que la gente es así de imbécil, pero le echa valor. Asume que necesita la ayuda de un profesional, como lo necesitaría la inmensísima mayoría, y se planta en la consulta.

Como decía, Antonio sufre de cargo de conciencia. ¿Cómo es posible que, teniendo todo lo que cualquier hombre con instinto puede desear, no sea feliz? Habría que sopesar, quizás, dos opciones.

La primera, muy común, es que Antonio sufra de insatisfacción crónica. Cuando la ambición de la persona en cuestión funciona como un síndrome de abstinencia, primero quiere una calada de éxito -en cualquier esfera y plano de la vida, ya sea laboral, sentimental, social…-, pero se le pasa pronto el efecto. Lo que ha conseguido no tiene realmente el valor que la persona le suponía antes de conseguirlo, por lo que la respuesta inmediata es “no es suficiente, necesito más”. Y toma más, pero eso que toma también pierde valor en el momento en el que lo consigue. Necesita otro chute, pero este más cargado, a ver si llega así el orgasmo del éxito. Y no llega. Llega un cosquilleo, quizás un subidón que todo tu entorno pueda celebrar contigo, pero no ha conseguido saciar la ambición y llevarte al estado calmo de la satisfacción personal. Y es que estás buscando fuera algo que está dentro.

Sin embargo, y conociendo cómo acaba la historia, la opción segunda es la que casa con Antonio. Antonio no busca fuera algo que está dentro, no. Antonio no busca nada porque hace mucho que lo encontró. Antonio, simplemente, no se atreve a escucharse. Ha encontrado, de sobra, la clave de su felicidad, pero no se atreve a usarla, porque admitir que lo que más desea en esta vida es volver al pueblito de sus padres y montar una churrería suena tan ridículo… Peor aún, suena a traición a su entorno. Antonio sueña con venderlo todo, donar la mitad de su fortuna a una ONG, repartir su herencia en vida y ser apenas el churrero de su pueblo. Pero eso significa dejar de trabajar para clientes que cuentan con él, dejar sin su mejor alfil al bufete de abogados donde entró siendo pobre y que le vio hacerse rico, significa dejar de engrosar las cuentas de la familia con miles y miles de euros mensuales… Es una decisión que afecta a su entorno más cercano. Y su entorno no se va a quedar callado, Antonio lo sabe. Le van a decir que cómo se le ocurre, que en qué puñetas está pensando, que se ha vuelto absolutamente loco… Y, por supuesto, el muy temido “te vas a arrepentir”.

Antonio fue a la consulta del psicólogo sabiendo lo que le haría feliz, pero sin valor a admitirlo. Lo que necesitaba era alguien que le ayudase a eliminar el cargo de conciencia. Porque un cargo de conciencia vitalicio es motivo de arrepentimiento, y el arrepentimiento es espantoso. Mejor no admitir la infelicidad, pensaba Antonio, que enfrentar un hipotético arrepentimiento. Además, si Antonio se arrepiente de dar un cambio tan grande en su vida, sufrirá el escarnio por parte de su entorno, una razón más de arrepentimiento: sentirte estúpido y que además te lo recuerden.

El psicólogo sabe que vives en una sociedad capitalista donde el dinero es lo que te pone y te quita categoría social. Por eso te llaman loco cuando renuncias a una fortuna que no te deja vivir sin mirar la bolsa de Tokio cada hora y que te rodea de buitres que te llaman “amigo”. Pero el psicólogo va más allá. También sabe que vives en una sociedad con valores y cultura judeo-cristianos y que el sentimiento de culpa está más que arraigado en ella como herramienta de sometimiento y control. Sabe que confundes amor propio con egoísmo desde que comenzó tu crianza. Sabe que te cuesta horrores, a ti y al resto de la sociedad, ser buena persona y mirar por ti al mismo tiempo. Por eso, precisamente, Antonio hizo bien en visitar al psicólogo. Porque, muy probablemente, Antonio no se había parado a mirarlo desde esa perspectiva.

El profesor nos cuenta que, efectivamente, Antonio superó su miedo. Donó la mitad de su fortuna a una ONG, entregó su herencia en vida y tiró para su pueblo con un “el que quiera, que me siga” para montar su churrería. Se intuye que no le siguió nadie. Y es el hombre más feliz del mundo.

Al término del relato, desde la primera fila, que es la que me suele gustar en clase, se me escapa un “qué cojones hay que tener para eso”. Me mira el profesor, asintiendo, encantado con mi reacción, y me secunda: “Un par de huevos, vamos”.

El Desvío: Ser, o no ser. Esa es la cuestión.

Opositores Administración General del Estado.

Ojalá fuese tan fácil de asumir como parece. Ojalá estuviese tan segura como aparento estarlo.

En ocasiones, tomar las riendas es sinónimo de decir «no» a todo el mundo. A todo el mundo, incluidos aquellos a los que más amas y aprecias. Es sinónimo de pasar horas y horas a solas, maquinando un proyecto en el que sólo tú crees… Con suerte, ellos lo entenderán, que no es lo mismo. Exige volverte uraña, esquiva, desaparecer aunque duela. Ante el canto de cisne, sólo queda echar toda la carne en el asador, a riesgo de no poder prestar atención a todas las piezas sobre la barbacoa, a riesgo de que algo de lo poco que tienes se queme.

El consuelo puede parecer estúpido, pero siempre queda la suerte de saber que la persona que cree en ti y que va a pelear por ti, tenga o no razón, será con la que compartas el resto de tu vida y la que más sincera será contigo, si se lo permites: tú misma. Permitírselo siempre será difícil, por cierto. Hay quien teme quedarse a solas un día entero, a riesgo de agonizar bajo sus propios pensamientos.

Pelear a solas te deja exhausta. Y ganar a solas no es necesariamente más satisfactorio que ganar en compañía, pero es reconfortante, que no es poco. Hablo sin haber ganado grandes guerras, apenas pequeñas batallas que casi nunca busqué. No saber hacia dónde vas es agotador, pero lo que deseas es una fantasía que no te va a otorgar este mundo injusto y que tú misma no puedes fabricar, así que la supervivencia te empuja a caminos insípidos, desdibujados, que ni siquiera como placebo servirían.

Ya saben la importancia que se le da a aquello de levantarse rápido cuando la vida golpea, pero en mi vida siempre ha estado muy presente el deporte de resistencia, mucho más que los deportes de fuerza. Y levantarse, antes o después, tras un golpe me resulta poco impresionante, comparado con aguantar una fuerza mayor constante durante días, semanas, meses y años, puede que sin jamás llegar a erguir la espalda ni alzar la mirada todo lo que me gustaría, pero sí plantando mis piernas e hincando mis rodillas sin permitir que mis manos cedan y toquen el suelo.

La única salida es tomar decisiones sinceras y firmes. Ser, o no ser. Esa es la cuestión.