El Desvío: Veintiuno más diez.

Hay una faceta de mi vida con respecto a la que puedo decir que he tenido buenísima suerte, viendo el percal: mi sexualidad.

Escucho a los demás y me siento afortunada, y mucho, porque no he tenido conflictos con mi cuerpo, nunca he deseado que fuese diferente, no he tenido miedo ni cortapisas cuando he sentido que quería explorarme y conocerme, y mi par de “complejos” no me acomplejan. No he tenido la terrible y malísima suerte de que un adulto abusase sexualmente de mí siendo niña, ni me he visto en una situación similar siendo adulta. Me ha tocado un rol sencillo porque soy cis hetero, pero el hecho de ser mujer conlleva necesariamente una personalidad de hierro para que te dé absolutamente igual lo que la sociedad espera de ti y de tu sexualidad. La única putada fue que la regla me vino a los 11 años -que ya podría haberse esperado un poquito más- y que con la edad y las responsabilidades adultas, que te ponen delante de la cruda realidad, lloro, como mínimo, una vez al mes porque mis hormonas necesitan que yo así lo procese…

Afortunadamente, como ya digo, sí tengo una personalidad de la que siempre he estado muy orgullosa. Me he gustado mucho siempre, me he atendido, me he cuidado y me que querido siempre. Esto, en resumen, ayuda a mandar a paseo la presión social -y la educación católica, que es casi lo mismo-.

Tengo tres o cuatro experiencias que habría preferido no vivir, y que quizás habrían sido más influyentes en mi forma de ser si mi personalidad hubiese sido otra: cuando tenía 7 años, un chico que era un año mayor que yo quiso tener jugueteos sexuales conmigo, a lo que no me negué -nos conocíamos perfectamente y confianza había, amén de un desconocimiento absoluto del tema por parte de ambos- hasta que me desagradó lo que me proponía y le dije que no me interesaba. Me respondió que le daba igual, que él tenía una novia en el cole que sí quería, y como yo sólo tenía siete años me pareció estupendo. Ahora sé que él estaba frustrado y que aquello era un chantaje barato, pero la cuestión es que se jugó hasta que yo quise y ni un segundo más. Cuando tenía unos 9 ó 10 años, solía salir por las tardes a jugar con mis vecinos. Los chicos de la calle me caían bien. Un día, tres de ellos y yo nos metimos en una de las casas de la calle que estaban deshabitadas. Cuando estuve dentro del patio de la entrada de la casa, uno de ellos se subió a la cancela y la cerró, dejándome encerrada con los otros dos, que empezaron a hacer el amago de darme patadas -y yo a esquivarlas todo lo que podía-. Uno de ellos -que, a mi juicio, tenía más pluma que un nórdico-, mientras me intimidaba a patadas, me dijo «te dejamos salir si nos das un beso» -sería bisexual, además de gilipollas-. Les dije que se estuviesen quietos, besé mi mano y toqué con ella sus mejillas. Lo dieron por bueno y el de la cancela dijo que a él también. Me dejaron irme, volví a mi casa y no salí a jugar nunca más a la calle porque, evidentemente, no había nada bueno para mí ahí fuera. Esto no afectó, por ejemplo, a que todos los domingos iba encantada de la vida a jugar con mis primos, que jamás se portaron conmigo peor que maravillosamente bien. Siento mucha lástima por la educación tan pobre en materia de igualdad y sexualidad que han podido recibir tantos y tantos niños como esos, y que les deja sin herramientas reales para tratar a las mujeres en condiciones. Es que menuda masculinidad de mierda…

Las otras dos experiencias desagradables, por qué no contarlo, me las han hecho pasar dos mujeres. Y digo mujeres porque éramos todas adultas. Una fue durante mi viaje de fin de carrera, cuando una de mis compañeras de clase -con la que me llevaba genial, por cierto-, decidió que yo era lesbiana y que me podía besar y morder el cuello, seguirme a mi camarote -era un crucero- cuando quise zafarme, excusándome en que tenía que ducharme -sola-, y quedarse ahí mirándome y tomándome de las manos porque yo estaba tan bloqueada que no quería ser una absoluta borde con una amiga y mandarla a la mierda para que se muriese de vergüenza. Se fue porque se lo pedí dos veces seguidas, pero luego me pilló en un ascensor -no íbamos solas- y también hizo el intento de tocarme más de la cuenta. Ahí sí, le hice un gesto feo, porque la diplomacia no estaba sirviendo para nada. Lo fuerte es que unas semanas después le dijo a mi compañera de piso que me notaba distante y que si ella sabía si yo tenía algún problema con ella. Obviamente, mi compañera lo sabía todo, pero le tocó disimular y hacer como que no sabía. Es que llega a ser un tío el que me mete cuello o me mete mano así y yo no sé la que le lío… Y, bueno, la segunda ocasión desagradable con una mujer fue no hace mucho, trabajando, en uno de estos curros que nos salen a las gentes en paro y que duran una jornada. Me pusieron una compañera con la que se me ocurrió ser amable -me dio la mano, noté que estaba helada y se lo dije, a lo que ella aprovechó y apretó las mías porque estaban calentitas-. A partir de ese momento se arrimó todo lo que pudo a mí, quería fotos, mi número de teléfono, me lanzaba miradas muy raras y ya, al final, viendo que no le daba ni las gracias por venir, se sentó justo a mi lado en un autobús desde el que nos devolvían del curro a casa y, mientras yo cerraba los ojos y me relajaba, agotada, ella cogió y se puso a acariciarme. Paró cuando no vio respuesta positiva por mi parte. Los hombres adultos no han llegado conmigo a las manos sin mi permiso en la vida, afortunadamente. Por supuesto he tenido profesores de universidad que me han subido nota por un escote, pero de esa neurona haciendo eco en el cráneo de un viejo verde ya hablaré en otra ocasión.

Ninguna de estas cuatro situaciones ha repercutido en mi forma de ser o de actuar, más allá del corte de relación más o menos total con las personas implicadas. Como decía, he sido muy afortunada con mi sexualidad y con mi forma libre de vivirla, sin tabús ni dudas sin resolver. Siempre fui una niña muy lectora, muy cuidadosa de mi propia formación. Siempre sentí que no había una sola manera de hacer las cosas, que cada persona es un mundo y que a mí me tocaba entenderme con el mío antes de mezclarlo con el de nadie más. Y todo esto lo comento, a modo de reflexión, porque ayer me encontré un twitt que me parece que hay que comentar:

Cuando vivía en Inglaterra, supe de la existencia de una señora llamada Caitlin Moran. Una periodista que iba -y, por lo visto, todavía va- de madre de todas las feministas. El feminismo práctico no se estila nada en Inglaterra, pero el teórico está por todas partes haciendo dinero, y esta mujer no es una excepción. Si el feminismo es igualdad, no puede brotar de manera natural en un país clasista de mujeres clasistas. De hecho, a mí me sigue sorprendiendo que consiguiesen el voto femenino para todas las mujeres y no sólo para las hijas o esposas de hombres poderosos. En fin, en uno de sus artículos -el único que he leído firmado por ella-, esta periodista humillaba a algunas mujeres por su manera de adorar a cierto actor inglés que, a la sazón, estaba de moda. Olía mal porque ella misma era muy groupie del artista y cualquiera diría que se trataba del artículo de una niña celosa -un grave problema de las pijipis casadas de clase media que nacieron antes de los 80: suelen ser niñas caprichosas, en cuerpos adultos, y votantes potenciales de Ciudadanos, idkw-. Básicamente, lo que venía a decir la señora en el artículo era que el rollo fan desatada que le llora y le grita a su amor platónico, después de hacer cola durante dos días para verlo le daba mucha vergüenza y las hacía parecer patéticas. Sólo que, curiosamente, luego siempre acababas encontrándote a esta señora, en el escenario que fuese, junto a él, babeando igual o peor, y que en vez de usar la palabra “patéticas” usó lo que ella consideraría un sinónimo ocurrente: “vírgenes”.

Hay que ser zorra, la verdad -no he buscado sinónimos para esto-. Las adultas tenemos que tener un poquito más de conciencia sobre nosotras mismas y sobre las demás, sobre todo si tenemos el más mínimo altavoz mediático.

Tuve mi primer orgasmo a los 17 años. Lo tuve sola y sin saber que esa sensación se podía experimentar. Todo el mundo a esa edad -los chicos de forma más exteriorizada, para qué lo vamos a negar- hablaba de follar, aunque muy poco del orgasmo. Yo sólo sabía lo que era la atracción; no sabía que hubiese manera -y menos tan clara- de diferenciar la atracción del orgasmo. Vamos, que la primera vez lo tuve de rebote total, pero de todo se aprende. Por supuesto, la sexualidad propia es amplia y ni empieza ni acaba en el orgasmo, así que es una muy buena idea conocerla y ejercerla, especialmente si tenemos intención de compartirla con los demás. Es un detalle que, si invitas a alguien a tu cama, puedas decirle qué y cómo te gusta y qué y cómo no te gusta. 

Me he encontrado gente -mujeres, concretamente- que le tenía pánico a la idea de explorarse con 20 años, que perdía la virginidad a los 26 y, cuando te lo contaba, no era capaz de decirte si había tenido o no un orgasmo esa primera vez -si no eres capaz de discernir si has tenido o no un orgasmo, la probabilidad de que nunca hayas tenido uno es del 100%-. Es muy recomendable haber tenido un orgasmo antes de acostarte con alguien. Por ir orientada. También me he encontrado con chicos de 22 años, con la misma pareja desde la adolescencia, que te preguntan, como amiga, si crees que proponerle una felación a su novia es de ser un pervertido, porque es sacar el tema y que se líe la de San Quintín -sabiendo que él sí le practicaba a ella sexo oral por gusto-. Esa pareja no tenía futuro por muchos otros motivos, pero si llevas tantos años con una persona y algo tan básico como hablar de lo que os gusta en la cama -que no obliga a hacer nada- es un tabú y de ahí no hay quien lo mueva, hay que entender que la compañía no es la adecuada para tener relaciones sexuales mínimamente gratificantes. Todo el mundo debería madurar y quererse antes de meterse en una relación, pero esto no es todo lo común que debería ser, así que está bien ser capaces de detectarlo antes de perder tiempo y salud.

Luego lees que tal libro ha sido un éxito porque una señora de treinta y tantos años, casada y con tres hijos, ha volcado en él su experiencia súper frustrante de haber parido tres veces sin saber, mientras escribía, lo que era un orgasmo, porque su vida sexual y marital era un cúmulo gordo de inercias sin autoconocimiento alguno. El libro fue un éxito porque millones de mujeres se identificaban. Y, hostias, es que tienes que sentirte afortunada conociendo estas realidades… Está mejor ser virgen y tener una vida sexual plena que haber parido tres veces sin conocer el orgasmo. Y esta es mi opinión sin haber parido ni tener planes de parir.

Te sientes afortunada porque te llega toda esta información y tú estás en la universidad, con 20 años, a poco de licenciarte, y te sientes en consonancia total con tu sexualidad, reconoces y quieres tu cuerpo, tu forma de desear, tus fantasías…, te satisfaces como y cuando te apetece. Y todas las historias que se complican con esto te suenan absurdas.

Entonces ocurre que te ves en un coche, aparcado junto a la facultad. Tú de copiloto, tu amiga al volante. Esperáis a otra compañera y, mientras, habláis de la vida. Y te suelta el comentario fatal: «Tía, tengo que perder la virginidad antes de los 21». Ese día me sentí decepcionada porque hacía a mi amiga mucho más poderosa que esa puta mierda de comentario retrógrado, ignorante y peligroso. Es que, si me llega a decir «tía, ese de Secretaría está que te cagas; antes de que acabe el curso me lo he follado», me habría preocupado entre cero y nada, pero, ¿en serio…? ¿Tienes, te ves obligada, a perder la virginidad? ¿Antes de tu próximo cumpleaños? ¿Qué pasa?, ¿te han echado un hechizo y, si no follas antes de los 21, dormirás eternamente? Pero si no te gusta nadie… 

A todo esto, yo tenía la misma edad y no sólo era virgen, es que le daba el 0% de importancia que le he dado toda la vida y no tenía, ni por asomo, plan de tirarme a cualquiera para dejar de serlo. Me habría tirado a cualquiera si Don Cualquiera me hubiese puesto a cien, pero es que Don Cualquiera que me pusiera a cien no se había cruzado conmigo. El comentario me pareció nefasto, por triste y por peligroso. De hecho, se tiró a un redomado subnormal, con el que empezó a salir, y por el que dejamos de ser amigas, ya que la trataba fatal y yo no lo soportaba -y ella no lo iba a dejar, por mucho que yo le indicase que era un zopenco, machista, feo y maleducado-.

Yo sé que decir «soy virgen», más allá de los 18, no suena a tener poderío, sino a estar empanado, pero eso es un problema que tiene el imaginario social, no tú. No tú, persona que eres virgen, tengas la edad que tengas, y que lo mismo llevas años teniendo orgasmos y vida sexual plena, por poco que la compartas -no como la señora con hijos a la que sus relaciones con su marido no le habían puesto los ojos en blanco en la vida-.

Te digo más: mi primera vez en compañía fue una delicia, y lo fue porque ni yo ni él estábamos ahí por nada que no fuesen las ganas que teníamos de estar ahí; él conmigo y yo con él. Y fue “tardísimo”, pero éramos dos adultos que sabían perfectamente lo que les gustaba y que iban a disfrutarse con la persona a la que más deseaban en el mundo -no era su primera vez, pero sí la mía, y, en serio, yo era bastante mayor-. Y ni la edad ni ser o no ser virgen es importante en absoluto. Lo importante es que, si llegas a la otra persona, que sea habiendo pasado antes por ti misma y que sea porque quieres estar con esa persona. Por un calentón, o porque es el amor de tu vida; el rango es amplio, pero que sea porque quieres estar ahí, con esa compañía, no porque llegan tus 21 años, sin haberte compartido con nadie, y eso no pueda ser. Eso es una mierda fundamentada en la presión social y en el machismo -que afecta también a los chicos, como todos los machismos-.

Avancemos, por favor.

El Desvío: El formato importa.

Foto: Pablo Cappa.

El pasado diez de septiembre fui a Sevilla, a realizar una localización técnica para el cortometraje que estoy dirigiendo junto a mi compañero Juan Albarca. Se titula “Carrusel” y habla sobre la desesperación que provoca la precariedad. Es un tema que me ha tocado de cerca, y que ha tocado de cerca a todo mi equipo, ya que formamos parte de esa a la que llaman “la generación más preparada de la Historia”. Nadie ha contado lo que nos pasa. La crisis socioeconómica es un crisol, hay muchas facetas a tratar: el rescate a los bancos en lugar de a las personas, los desahucios… Se podría contar cómo la precariedad, al igual que en la Alemania de los años 30, empuja al obrero al populismo fascista; el auge de la extrema derecha, siempre en el caldo de cultivo del cabreo y la frustración, y el retroceso de derechos sociales que eso provoca. Se podría contar el descalabro de las convicciones de la clase obrera desde la realidad de los sindicatos, apaleados por una reforma laboral salvaje y por sus propios errores y escándalos, y cómo eso deja a la clase trabajadora absolutamente vendida.

Yo he querido contar que los hijos de los obreros y de la clase media, que hicieron las cosas bien, se han encontrado con la nada. Quiero que alguien hable de esos padres asustados que crecieron en una dictadura y que se casaron durante la transición, para intentar criar a sus hijos en un mundo libre y justo que ellos no sólo no conocían, sino del que recelaban. Es casi imposible encontrar una madre de los 80 que sea totalmente feminista, casi imposible encontrar un padre de los 80 que no sea parcialmente homófobo… Lacras arrastraban, inevitablemente, pero lo intentaron. Con todo lo que suponía, lo intentaron. Mi generación es infinitamente más feminista y tolerante, infinitamente más europea y moderna que la de mis padres. Y se agradece. Quería contar que una formación completísima y una educación en condiciones no sirven para medrar en un país que ha avanzado en casi todo. Si los cimientos de la sociedad están minados de fascistas ricos, cuyas fortunas engordaron a base de robar propiedades durante cuarenta años y de explotar a prisioneros de guerra como mano de obra esclava, este país no puede avanzar de verdad, porque el que manda siempre estará en ese club en el que todos los corruptos de este país se protegen desde los poderes del Estado: reyes que se fugan por ladrones, jueces y Fuerzas del Estado vergonzosamente escorados hacia la extrema derecha, un Parlamento por el que, con permiso de un Tribunal Constitucional bienpagao, se pasean fascistas que tendrían que estar inhabilitados… Y si arriba del todo vemos eso, ¿qué entienden los de abajo? Quiero que alguien cuente que este país da carta blanca al corrupto, al explotador, al chivato, al pelota, al enchufado, al que está ahí sin habérselo ganado, y que el dinero se produce abajo, se lo lleva el de arriba y aquí nadie parece estar tan harto de la situación como para dar un golpe sobre la mesa. Y por eso voy a contar que los nacidos en los 80 somos una generación preparadísima que no está enterita debajo de un puente porque las redes familiares son fuertes y amplias -cosa que no tendrán las futuras generaciones, porque las familias son cada vez más pequeñas y el padre que en su día, con veintiocho años, tenía un trabajo fijo y bien remunerado, ahora, con treinta y cinco, apenas ha cotizado un diez por ciento de lo que ha trabajado, que seguramente habrá sido muy poco y no le haya dado para ahorrar una mierda-. Somos una generación de personas muy capaces, pero absolutamente pobres, sólo que nadie lo nota porque nuestros padres, tíos o incluso abuelos no dejan que se note. Y la generación que nos sigue lleva exactamente el mismo camino. Eso va a ser lo peor que le haya pasado a este país desde la Guerra Civil. Quiero contarlo y estoy haciendo el intento.

Pues bien, estaba localizando, como ya digo. Mientras medíamos el salón donde pretendíamos rodar -en el que, finalmente, unas semanas después, hemos rodado-, se me acerca la dueña de la casa, a la que le tengo un enorme cariño, ya que es la madre de mi mejor amigo, y me pregunta que, ya que estoy empezando con esto de dirigir películas -cortas, pero películas-, que si no me he planteado adaptar al cine mi novela “El baile del escorpión” (PINCHA AQUÍ SI QUIERES ADQUIRIR TU EJEMPLAR. NO COMPRES LA EDICIÓN DE EDITORIAL DALYA, QUE TIENE MI LIBRO SECUESTRADO Y LO VENDE SIN PAGARME, PORQUE, COMO YA HE DICHO, ESPAÑA ESTÁ HECHA PARA ESTOS SINVERGÜENZAS). Está claro que ella iría a verla al cine. Yo sé la respuesta a esa pregunta, pero es larga, así que le respondo que quizás. La respuesta real es que sí me lo he planteado, pero tendría que escribir una historia prácticamente desde cero. Es decir, que no. Porque el formato importa, y “El baile del escorpión” es novela porque tiene que ser novela. Unos días después, mi jefa de vestuario y yo dábamos un paseo por Sevilla, después de almorzar junto a la Torre del Oro, y me preguntó qué haría si me sobrase el dinero para hacer lo que me diese la gana, si convertiría “Carrusel” en un largometraje. Le dije que si me sobrase el dinero, me permitiría un año sabático y me dedicaría a escribir narrativa. Quizás en las islas griegas, pero me lo pasaría escribiendo. Le dije que el cine, en general, sea delante o detrás de las cámaras, no es lo que quiero hacer a modo de profesión, que soy escritora, aunque a veces ejerza de actriz o le eche inconsciencia y dirija el único guión que he escrito en mi vida. De hecho, le dije que sólo dirigiría un guión escrito por mí, y, a día de hoy, no tengo ideas para guiones que me apetezca escribir.

Hay algunas cosas importantes que aprender cuando se es autora, en general, de cualquier pieza mínimamente creativa, porque plasmar una idea -sea más o menos brillante- en papel, en celuloide, en tela, en una receta, en una pared, en la piel humana…, exige una reflexión previa que evite que la idea pierda fuerza y que, a ser posible, le ayude a ganar en poderío. Por ejemplo, todo el mundo quiere rodar un largometraje, entendiéndolo como que todo el mundo quiere jugar en primera división. Y lo entiendo, porque todos queremos poder ganar dinero con lo que hacemos, y tener un beneficio suficientemente alto como para continuar con un nuevo proyecto, nos dediquemos a lo que nos dediquemos. El cortometraje tiene un improbable retorno económico, mientras que el largo puede tener sus opciones. Pero ojo, porque un largometraje necesita una justificación dada, en primer término, por un guión que pida a gritos un largo. Si el guión pide a gritos un corto, y lo pones en práctica con un largo, va a ser como echarle mucha agua a poca harina: algo que no se sostiene, que se derrama por todas partes. Lo mismo pasa con los autores que tratan de meter con calzador el largometraje con el que sueñan en su primer corto; mucha harina para poca agua: les queda un mazacote impracticable que, a menudo, ha tenido que prescindir de escenas y que no se entiende. Es un signo de inteligencia, de respeto a una misma como autora y de consideración con el posible público el tomarme un tiempo razonable para dirimir qué forma debe adoptar la historia, el concepto o la idea que se me ha ocurrido. Yo, por ejemplo, me echo a temblar cuando me doy cuenta de que algo que tengo entre manos no es narrativa, sino poesía, un género que respeto sobremanera y que no manejo sobradamente, pero cuando la idea lo pide hay que hacer la filigrana. Hay historias que saben mejor en relato corto, hay historias que son epistolares, hay historias que se cuentan en trilogía. A cada idea hay que escucharla y apartar el ego para dar con el formato perfecto. Porque lo tiene; la idea tiene su formato perfecto, y no debemos interponer nuestros intereses a él, porque el formato perfecto es nuestro mejor aliado, y, si nos arrimamos a otro por interés, vamos a salir perdiendo.

Por supuesto, más allá del formato perfecto, está la adaptación. Muchas ideas son adaptables, pero cuántas veces no habremos oído eso de que es mejor el libro que la película, sin que la película llegue a ser un horror, o que el cortometraje era muy bueno pero la película es floja. A veces, la película funciona, incluso brillantemente, porque la adaptación, desde el formato perfecto, se ha hecho con esmero. Esto es muy de agradecer, porque, si la idea es buena, merece tener varias ventanas desde las que acercarse a ella, pero también implica una gran responsabilidad y habilidad por parte de quien adapta; si nos encontramos con un ego que no entiende esto, sólo la destrozará.

Concebí “El baile del escorpión” como una novela -concretamente como una novela corta- y funciona a las mil maravillas porque no tiene relleno. No es el tipo de historia que sería interesante ver en una pantalla o recibir desde una narrativa cinematográfica. Lo interesante del libro es la maquinaria psicológica y la expresión sarcástica de la protagonista en absoluta complicidad con el lector -desde la narración en primera persona-. En el cine o la televisión no suelen gustarme las voces en off -alguna excepción habrá, no digo que no-, que me llevan a pensar que el guionista andaba escaso de recursos y que, a veces, son sencillamente insufribles, como en “La casa de papel”, con Tokio susurrando todo el tiempo como si fuese una persona cabal que reflexiona sobre lo que ocurre, aunque sabemos que no lo es. Por eso, “El baile del escorpión” está bien como está. Incluso me han sugerido que escriba una segunda parte. Pero no. Empieza y acaba en sí misma, que ese es otro don: saber cuándo acabar algo que ha salido muy bien, evitando el destrozo, y no caer en la tentación de la segunda parte “ya que la primera ha ido tan bien”.

Una segunda cosa importante que te enseñan los años de escritura y, sobre todo, de lectura, y que es aplicable a todas las artes, es tener mucho cuidado a la hora de tratar un contexto contemporáneo y creer que sabes sobre aquello de lo que no tienes ni idea. Con esto no me refiero a que en cierto punto del proceso creativo no se tenga mucha maña -no hablo de Arturo Pérez Reverte escribiendo una escena erótica, que ya sabemos que no es su fuerte-, sino a la soberbia de abordar un tema sobre el que tu público seguramente sepa mucho más que tú y, aún así, te tires a la piscina sin haber hecho el arduo trabajo previo de documentarte. Puede ser desde un detalle que no afecta a la narración -a mí me pasó al inicio de “El secreto de Caperucita Roja”, porque no es sólo que nunca haya estado en Alemania, sino que no me dio por mirar un mapa y medir unas distancias que en el libro me inventé, sin mayor repercusión- hasta un contexto completo que pretendes recrear sin que lo hayas catado ni de lejos, sin que te hayas visto en situación similar en la vida, sin que te hayas molestado en hablar con alguien que sí lo haya vivido, y dando por hecho cosas que a ti te cuadran pero que son rematadamente absurdas y en absoluto creíbles para los que nos hemos visto ahí. En otras palabras: si la idea era buena, tu pereza o tu arrogancia terminan por echarla a perder. Esto es lo que ocurre con “Carrusel”, que una generación sin posibles no tiene fácil lo de hacer películas que cuenten que existe una generación sin posibles, y, para colmo, la generación anterior, que algo de capacidad económica tiene, se cree que sabe contarlo, pero no.

No, “El baile del escorpión” no va a ser película. Y “Carrusel” no será un largometraje, porque en formato de cortometraje, al menos con el testigo del guión en la mano, ya estoy contando todo lo que quiero contar y como lo quiero contar. Cuento el choque generacional al que padres e hijos están obligados a sobrevivir compartiendo techo, cuento el daño psicológico de la generación más preparada de la historia y la de sus padres, cuento la desigualdad, hablo del país del enchufe, de los medios de comunicación que culpan a la víctima, de la imposibilidad de cumplir 35 años teniendo las llaves de tu propia casa, de la sobrecualificación mal pagada, de la incertidumbre crónica, de la impunidad del explotador y de la muerte en vida.

Creo que sólo me dejo en el tintero un tema: el amor. El amor eterno a cambio de mantener un alquiler y una familia. Mi generación sufre una sociedad pensada para las parejas, es decir, para dos sueldos. El soltero tiene que pagar el piso que pagaría una pareja y, sencillamente, no puede hacerlo -cosa que es anticonstitucional, por cierto-. La pareja acosada por la insatisfacción y la infidelidad no puede separarse a estas alturas, porque caerían ambos en la ruina, y con hijos es aún plato de peor gusto. Pero no soy yo la que tiene que contar esa historia, al meno no ahora, no hoy. Es una historia que sí podrían abordar generaciones anteriores; gente que hace años que no imprime su CV para entregarlo en una entrevista a un puesto de trabajo que nada tiene que ver con su formación, pero que sí saben lo que es firmar una hipoteca con alguien que les ayuda a mantenerse como clase media, sin que eso signifique que no preferirían vivir solos o con otra persona. Eso también es grave y también enlaza con la salud mental, que, afortunadamente, empieza a arrancarse el tabú de encima y empieza a sonar, aunque sea lejanamente, en los planes de los políticos. Otro temazo maravilloso que podría abordarse, en libros, películas o lo que sea, dado que este país tiene un trauma gordísimo que ningún terapeuta ha tratado, desde 1936 hasta el presente, y que se esconde bajo la alfombra del Ministerio del Interior, afectando a la formación intelectual y emocional de toda la población.

Elijan con mucho cuidado el formato de su idea. No fuercen. Y tómense su tiempo en realizar el trabajo previo a plasmar una historia que les sea ajena. No hace falta vivir algo para contarlo, pero hace falta trabajar mucho para hacerlo bien.

El Desvío: A gusto del trabajador.

Leo un twitt de @LadyFuet, una cuenta que no conozco, convenientemente retwitteado por mi muy admirado y querido Edu -vocalista de Space Surimi, grupo que deberían ustedes conocer-. El twitt reza una especie de refrán postmoderno: “Trabaja de lo que te gusta y acabarás odiando lo que te gusta”. La breve publicación no tiene ni medio día de vida, casi mil retweets, y pasa con creces de los cuatro mil likes. El primer comentario que encuentro, cuando me paro a leerlos, reza: “Es como poner tu canción favorita de alarma del despertador”. Es complicado saber si el twitt original habla con propiedad, porque nunca he trabajado -con contrato y sueldo- de lo que me gusta, pero el comentario tiene toda la razón del mundo; es un error que muchos hemos cometido, usar una canción que amamos para un acto de violencia. A mí me ha pasado con canciones como “You’ll be mine”, de The Pierces, o con “Masterpiece”, de Madonna… que sólo tienen culpa de haberme acompañado en los despertares más duros de mis años en el extranjero, cuando no me daban los descansos mínimos de doce horas tras hacer jornadas y jornadas de estrés y duración infinitas en bares y restaurantes, cuando mi cuerpo estaba ya agotado de mandarme banderas rojas. He tardado años en poder volver a escucharlas sin que me provoquen un poco de ansiedad, con lo bellísimas que son. Desde aquí, si no las habéis escuchado, os las recomiendo -y si domináis el inglés, ni que decir tiene que las letras son preciosísimas-.

No son las únicas canciones que me acompañaron en mis despertares en Inglaterra, y no lo son porque en cuatro años tuve que cambiarlas varias veces, precisamente por eso: porque estaba aborreciendo sus primeros segundos, de tanto relacionarlos con el inicio de una tortura diaria. Las otras dos canciones elegidas no eran tan románticas: la versión adagio del “Sobreviviré” de Mónica Naranjo, y la maravillosa “Skyfall” de Adele. Las tuve menos tiempo que las otras dos, quizás porque aprendí la lección, aunque aún me dan escalofríos incómodos los dos primeros segundos.

En los cinco años y pico que llevo de vuelta en España, sólo he permitido que me pase con una canción: “Million reasons”, de Lady Gaga. Una preciosidad de inicio muy suave; funcionaba tan bien, que me costó mucho soltarla, pero debía hacerlo si no quería rechazarla como a las demás.

Me suele gustar más que me canten las chicas que los chicos, aunque es cierto que también me ha despertado el “Un pobre con dinero” de SFDK, o el “Mala mujer” de C. Tangana. No terminan de ser esas canciones favoritas que pones en el cadalso. En cualquier caso, las chicas ganan por goleada. Y, haciendo este repaso, me doy cuenta de que al final vuelves a todas ellas, las escuchas enteras y compruebas que te gustan tanto como siempre, ahora que no implican que comience el sufrimiento.

La gran pregunta aquí es: ¿Ocurre lo mismo si trabajas de lo que te gusta? ¿Empieza nuestro cerebro a relacionar nuestro trabajo con una tortura, a pesar de que lo dedicamos a aquello que nos gusta?

Verán que mi conclusión final es que niego la mayor, y que, realmente, la inmensa mayoría de la gente no puede trabajar haciendo lo que le gusta, incluso cuando trabaja de aquello para lo que se ha preparado y ha elegido libremente. Pero, antes de eso…

Quizás habría que preguntarse un sinfín de cosas más. Si trabajas solo, con gente que te cae bien y te responde, o con gente a la que tienes que aguantar porque te va el puesto de trabajo en ello. En los tres casos, dedicándote a lo que te gusta, puedes obtener una experiencia entre magnífica y nefasta. Si es nefasta y se repite, es insoportable. Incluso si fluctúa entre lo magnífico y lo nefasto, es muy probable que termines quemándote si no eres un adicto al trabajo. Vaya por delante que los adictos al trabajo, como todos los adictos, algo tendrán que solucionar con su vida o con ellos mismos -siendo el trabajo la vía de escape- y no necesariamente aman lo que hacen, por mucho que lo puedan aparentar.

Una vez vi una entrevista que le hicieron a Danny Boyle, el director de Trainspotting, en la que decía, sin el más mínimo atisbo de duda, que ser director de cine de manera continuada era tan difícil que sólo lo son aquellos que están locos, aquellos que están abiertamente obsesionados con estar ahí y serlo, porque ni la industria es noble ni el resultado es matemático. En otras palabras: porque las vas a pasar putas. A mí me da la sensación de que, en el mundo en el que nos ha tocado vivir, esta reflexión se puede extender sin pudor ni miedo a absolutamente todos y cada uno de los oficios del ámbito artístico y científico. No hay que estar loco para querer ser concejal, camarero, gestor, recepcionista, abogado, telefonista, aparcacoches, reponedor o miembro del servicio de limpieza; quien crea que esa es su pasión y quiera dedicarse a ello a tiempo completo, ha venido al país adecuado. Pero hay que estar rematadamente loco para tomar la decisión de vivir únicamente de ser ilustrador, investigador, periodista, gimnasta… Si tu plan es comer, necesitas toneladas de suerte -ojalá bastase con el talento-, contactos adecuados y tragaderas indolentes para mantenerte gracias a ese tipo de vocaciones; si te falta la suerte, los contactos o las tragaderas, ya puedes tener el talento más inaudito, que si alguna vez te valoran quizás sea cuando ya estés muerto. O eso, o eres la fabulosa casualidad del uno entre un millón -casualidad muy necesaria para hacer de zanahoria en un palo y que los demás crean ir por el mismo camino, no se tiren en masa por un puente viendo la realidad-. Aunque aquí tengo que decir que, no sé en vuestras casas, en la mía querer ser científico de postín es aspirar a mucho y ser artista es tener pájaros en la cabeza. No sé qué carencia mental es esa que nos hace despreciar las artes, pero ojalá la desterremos del todo con un poquito de educación.

Lo que yo saco en limpio es que, la mayoría de las veces, la gente que habla de “hacer lo que te gusta” confunde estar en el sector o la industria con lo que es su ocupación real.

Estar en el sector al que aspirabas puede conllevar un puesto para el que llevas mucho tiempo preparándote. O no. Pero pongamos que sí. ¿Y ahora qué? Si te embarcas en un proyecto increíble, pero lo tienes que dejar a la mitad porque ya no hay fondos para lo que querías hacer, o tus compañeros y tú tenéis una jefa insoportable, o tenéis un compañero que es igual de talentoso pero un tremendo gilipollas que os amarga la existencia y es sobrino del dueño, o resulta que para que os dejen llevar a cabo el proyecto con el que soñáis, tenéis que chuparos diez años haciendo cosas que os motivan en un cero por ciento… Quizás eres un fuera de serie como ilustrador, pero nunca haces los dibujos que quieres porque los encargos no son libres y tienes que doblegarte a lo que te diga el cliente, que ni de ilustración ni de diseño de imagen entiende media palabra. Y que, además, si te paga, te va a dejar claro que “oye, eres carillo, eh? Si bajases los precios, trabajarías más”.

Apenas unos meses antes de la cuarentena del 2020, una noche de verano, hablaba a solas en un balcón con un talento al que admiro. Le dije que tenía claro que quería opositar, aunque me fueran a destinar azarosamente a cualquier rincón del país, incluido el norte -a su modo de ver, no estaba mal, aunque me dijo que evitase el País Vasco; no he estado, y seguro que visitarlo está genial, pero imagino que el modo de vida varía bastante del de Cádiz-, porque era la única manera de poder tener sueldo fijo y tiempo libre de calidad, sabiendo que eso de trabajar “en lo que yo quiero” no es algo que haya estado siquiera cerca de ocurrirme en los diez años que hace que salí de la universidad. Difícil olvidar el gesto que hizo entonces él, negando con la cabeza y repitiendo esa frase “dedicarte a lo que te gusta”, con un tono que decía que eso no existía, y remató: “a lo que te gusta no te vas a dedicar”. Yo sabía que él llevaba años y años dedicándose a lo que eligió, a aquello para lo que se formó; acababa de preguntarle por su último trabajo, y la experiencia no había sido grata en absoluto, pero tengo la convicción de que es un testarudo que aguantaría diez años de deriva por celebrar un avistamiento. Seguramente no le guste nada la deriva, pero el ratito del avistamiento le da sentido a esa paciencia estoicamente ejercida. Y, luego muy probablemente, de vuelta a la deriva, a seguir oteando el horizonte. Si un genio andante, que se mueve en el sector en el que se quiere mover desde hace años, admite que el dedicarse a lo que uno quiere no es una probabilidad real, no es un estado constante… entonces opositar no era ninguna tontería. No tengo planes de volverme loca, como sugiere Danny Boyle, por dejarme la salud física y mental en el empeño de convertir en mi oficio lo que perfectamente puede ser mi pasatiempo.

“¿Has pensado en dejar de escribir?” o “¿sigues escribiendo?” son preguntas que me hacen a menudo, y la respuesta es tan obvia… Señora, no podría dejarlo ni aunque quisiera, es mi manera de entender el mundo y de dejar que el mundo me entienda, si quiere entenderme.

Decía una famosa canción de Alejandro Sanz: “…esta es mi manera de decir las cosas; no es que sea mi trabajo, es que es mi idioma”. Sólo el lector que paga por un libro que no sea un encargo está, verdaderamente, pagando por mi idioma sin adulterar. Todo lo demás sería poner el talento o la experiencia adquirida tras años de ejercer mi idioma, mi pasatiempo preferido, mi válvula de escape, al servicio de un producto de alguna menara adulterado. O los plazos me han obligado a escribir cuando no me apetecía, o el tema me ha obligado a fingir un interés que no tengo, o -incluso en el caso de la escritura- he tenido que aguantar las ridículas opiniones de señores que no sólo no tenían ni idea de lo que decían, sino que al final han terminado por descubrirse como estafadores que no pensaban -ni piensan- pagar en este siglo… En fin, que no, eso no es precisamente lo que me gusta.

Lo que nos gusta tiene nuestras propias reglas y las de nadie más.

Al tiempo que escribo estas líneas, me encuentro otro twitt, de un tal @josepopinion que reza: “Cuando tienes la suerte de trabajar en algo que te gusta y que es tu pasión, y que además bebe de la actualidad, de lo inmediato, no tienes horario. Si la prioridad no es tu trabajo, deja que lo haga otro que esté dispuesto a hacerlo bien. Porque tú no lo estás haciendo”. Respiración obligada para no perder la paciencia y la elegancia mediante, tengo que decir que para eso están las horas extras -pagadas como tal y acordadas por contrato- y que no tener horario, como él dice, es algo que pocos empresarios puedes exigirles a sus empleados porque tener la disponibilidad completa de un ser humano debe de ser CARÍSIMO. Pero, afortunadamente, otra usuaria de Twitter, @nofsys, comenta al aire lo siguiente: “Que trabajes en lo que te gusta y sea tu pasión no quiere decir que no tengas que tener derechos laborales, por dios”. Entre otras cosas, porque que te guste o no, que sea tu pasión o no, no puede ser una excusa para la discriminación -amén de que lo más probable es que tu implicación sea mayor, que tendría bemoles que encima te repercutiese para mal-. Y porque los derechos laborales son Derechos Humanos. Pero de esto entienden poco los liberales súper capitalistas -no me detengo más en esto, pueden ampliarlo leyendo la anterior entrega de El Desvío: “Lo que sea, pero ya”-. La cuestión es que, aunque tu gusto por la actividad a la que te dedicas te haga llevadero el trabajo, nunca ejercerás el trabajo con la libertad con la que ejerces un hobby. Y, en fin, eso también te lo deben compensar económica y socialmente.

Difícilmente todos y cada uno de los trabajos que enfrentes desde el puesto para el que te has preparado sea de tu agrado. A menudo tendrás que echarle unos niveles de diplomacia que nadie te ha incluido en el sueldo. Con suerte, algún proyecto bueno habrá, algún grupo de trabajo que merezca la pena habrá. Aunque sea uno de cada cien.

Y ojo con esa conclusión tan plana de “Bueno, pero si ningún trabajo es ideal, al menos lo suavizaré haciendo algo que -sin aditivos- me gusta”. Creo que dedicarte a tu vocación con más pasión de la cuenta tiene la desventaja de que siempre, siempre, siempre te llevas el trabajo a casa, y eso incluye los dolores de cabeza, porque la implicación es muchísimo más fuerte que si estás emocionalmente desvinculado. ¿Eso es terrible? No, puede que haya gente que entienda así la felicidad, pero no es el paradigma que persigue todo el mundo. Ni que decir tiene que uno de los dichos más sabios de este país es aquel de “donde tengas la olla, no metas la polla”; craso error es que tu relación de pareja condicione tu situación laboral y viceversa, pues no puedes mover una sin cargarte la otra, y eso, en mi tierra, es estar prisionera. Yo soy partidaria de dejar lo que me gusta a mi gusto y en mi tiempo libre y de pelearme con el mercado laboral por un puesto en el que no me exploten -que ya es mucho pedir; casi es más fácil encontrar algo que te guste en lo que termines explotado que encontrar algo sin mucho misterio pero que te reporte un salario en condiciones y tiempo libre de calidad-. No perdamos de vista que el trabajo no es aquello que da sentido a mi vida ni a mi tiempo. Hay muchas otras cosas que para mí son prioritarias y que deben gustarme muchísimo en mi vida, algunas incluso deben hacerme muy feliz o no ser en absoluto. Mis amistades, que son pocas y de calidad gourmet, estar cómoda en la ciudad en la que vivo, que mi pareja y yo nos queramos con locura y de verdad de la buena, que mis vacaciones sean las que a mí me salgan del moño… No, mi trabajo nunca tendrá que aportarme la felicidad que corresponde a todas esas facetas, me basta con que cumpla de manera justa con su cometido. No necesito que sea creativo, hay múltiples facetas en mi vida en las que puedo explorar la creatividad, lo que necesito es que no me maltrate física ni psicológicamente y que sea el intercambio de beneficios que se supone que es. La gente que termina odiando aquello que le gusta porque se dedica a ello, no odia lo que le gusta, odia la manera en la que le obligan las circunstancias a relacionarse con aquello que le gusta. Como cuando te pones de despertador tu canción favorita.

El Desvío: Lo que sea, pero ya.

“Generoso”, del latín “generosus”, que significa “abundante en nobleza”. ¿Y qué es la nobleza? Según la RAE, hay tres acepciones para esta palabra:

  • Cualidad del noble.
  • Conjunto o cuerpo de los nobles de un Estado o región.
  • Tela de seda, especie de damasco sin labores.

Es curioso que la RAE no recoja la acepción que relaciona la nobleza con la pureza, como en “madera noble”. En cualquier caso, me interesa eso de “cualidad del noble”. Se ve que no es cualidad del vasallo. Sin embargo, me escama una definición tan escueta porque no me queda claro si la generosidad es dar limosna -gran afición de los nobles que no pagan impuestos y luego hacen donaciones bien publicitadas- o es compartir -pagar impuestos, por ejemplo y aportar a tu nivel lo mismo que el pobre al suyo-. Vivimos en un mundo capitalista donde muchos participan sin entender ni darle importancia al hecho de que son dos los ejes fundamentales del capitalismo -y sin interés por enterarse, que se lo cuenten a Uber o Glovo-: el capital invertido por el empresario y el trabajo realizado por el empleado. Uno no es sin el otro, por lo que el empresario, a medida que aumente su capital, debe (1) mejorar proporcionalmente la compensación a sus empleados, (2) ampliar su plantilla y (3) expandir su negocio. Esto haría que toda la economía, y no sólo la del empresario, avanzara y se generase riqueza, pero, como mínimo, uno de esos tres pasos se incumple de manera religiosa, y es el que más se acerca a la generosidad. Si mi feje no me paga bien, mis opciones de consumo se resentirán, la economía no se moverá ni más ni mejor, la incertidumbre nunca se hará a un lado, con lo que los estados de ánimo no se relajarán y seguirá habiendo disputas eternas entre gentes insatisfechas. La serie (1), (2) y (3) falla porque hemos dejado totalmente fuera dos variables, a veces complementarias y a veces individuales, que no podemos ignorar: la avaricia y la maldad. No es lo mismo un avaro que un malvado, aunque a veces se dan ambas facetas en una misma persona.

“Avaricioso”, del latín “avaritia”, que significa “el que anhela, quiere o desea con ansia”. Desde un punto de vista religioso -concretamente católico-, la avaricia es uno de los pecados capitales. Un vicio que trasciende lo lícito y moralmente aceptable. Según la RAE, la palabra “avaricia” tiene una única e inequívoca acepción:

  • Afán desmedido de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas.

Atesorar -es decir, no gastar, no emplear, no dar uso a- riquezas que has reunido desmedidamente tiene poco, por no decir ningún sentido, más allá de la satisfacción de alguna profunda carencia emocional. Y te convierte en el más rico del cementerio, que históricamente ha sido una de las grandes estupideces cometidas por el ser humano: presumir de tumba. La codicia, que es uno de los sinónimos más fieles que tiene la avaricia, viene también del latín “cupiditia”, y, a poco que controle el lector de mitología y reconozca la raíz del nombre de Cupido, poco más se puede decir: “desear vivamente” Es avaricioso el que todo lo quiere para sí, tanto que en nada le importa dejar vacías las manos de los demás. EGO-ista: yo, para mí, por mí, mío. El autofanatismo y el desprecio a aquello que no me ponga a mí por delante. Este es el caso triste, el del ser humano que nunca va a encontrar la satisfacción real ni la felicidad, dado que la naturaleza de nuestra especie es comunal y colectiva, mientras que este individuo busca su propia satisfacción y la de su propia sangre, sin pensar en la del resto, como si estuviesen solos él y su estirpe en el mundo. Para nuestra especie, el aislamiento y la muerte están muy cerca. Luego está el caso terrorífico, que planteo a continuación.

“Malvado”, del latín vulgar, “malifatius”, que significa “señalado por un mal destino o desgraciado”. Así, parece que el malvado es el que sufre el mal, pero la palabra evoluciona hasta dar con su significado actual, que según la RAE, también tiene una sola acepción:

  • Dicho de una persona: Perversa, mal inclinada.

“Perverso”, del latín “perversus”, que significa “muy malo, totalmente contrario a las normas de la sociedad”. Es decir, un sociópata. Un ser humano caracterizado por comportamientos antisociales -anticomunales-: el culmen del individualismo. ¿No es lógico que el porcentaje de sociópatas al mando de empresas, multinacionales, gobiernos…, sea inmenso, cuando estamos en la gran era del individualismo? A mí, confieso, me aterra, pero no me sorprende en absoluto. Rigen el mundo una cantidad importante de narcisistas -necesidad de admiración y poder-, megalómanos -creer que importas más que el resto-, manipuladores -discurso impreciso con lógica oportunista-, egocéntricos -insensibilidad para con los demás-, racistas y clasistas -división entre los míos y los otros-, autoritarios -censura de toda crítica-, prepotentes y arrogantes -desprecio de lo innato en otras personas-, sexistas -valerse del género para adoptar actitud dominante o paternalista-…, y, finalmente, los carentes de toda empatía -ni comprende las emociones y necesidades de los demás, ni hace por ponerse en su piel, ni le importa; de los demás sólo le importa que le sirvan para algo-.

Avariciosa fue, por ejemplo, María Antonieta, como en aquella película en la que se la representaba como si cada día de su vida fuesen veinticuatro horas de clímax pornográfico vital, mientras a las puertas de Versalles “su” pueblo se moría de hambre y miseria a cuenta de los caprichos de su reina. Al final le cortan la cabeza, como todos sabemos, pero… ¿creen que todo el mundo vio la misma película? ¿Creen que todo el mundo encontró igual de lógico el final de la monarquía francesa? Cuánta gente no termina esa película queriendo ser esa reina…

Pongamos que María Antonieta no fuese malvada, sino que simplemente fuese una pija simplísima, sin inquietud alguna por saber cuantísimas vidas anónimas se arruinaban a diario para  que ella tuviese las fiestas, los banquetes, los sirvientes, los vestidos y los Jaguars pagados. ¿Qué es un malvado entonces? El que es consciente de lo que hace, de lo que le cuesta a los demás lo que hace, y no tiene ni la más mínima intención de cambar ni de permitir que algo cambie. Y, como sociópata, satisface sus desequilibrios psicológicos con la sumisión de los demás. Al señorito no le basta con ser rico; necesita comprobar que es mejor que tú, manteniendo su rodilla en tu cuello, asfixiándote en la pobreza. El señorito no consiente que tengas capacidad de decisión o autonomía -a lo que podrías llegar con ahorros, si no te pagase lo justo para sobrevivir-, ni que puedas prescindir de su mano que te da de comer. No es sólo acaparar el dinero y los lujos: es asegurarse de que tú, que viniste al mundo a servirle, no puedas ni olerlos. Que tú los olieras, haría que perdiesen su cualidad de exclusivos, y que el señorito no tuviese manera de distinguirse de ti. Necesita que haya una diferenciación. Que tu sitio es ahí abajo y el suyo es ahí arriba. Lean “Los santos inocentes”, o vean la película, o escuchen la radionovela…, y entiendan que de la ecuación del capitalismo no podemos sacar la variante “avaricia” ni la variante “maldad” si queremos las cuentas bien hechas.

¿Saben cuál es la norma suprema de nuestra sociedad? La Constitución. ¿Saben quién es perverso? Aquel que se afana por no cumplirla, por llevarle la contraria por la vía de la ilegalidad -véase que la propia Constitución permite su modificación por si al conjunto de la sociedad hubiese algo que le chirriase, pero siempre por vías legales, no saltándosela a lo loco, como hacen los criminales-. Una carta magna que dicta que los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social, es atacada por aquel que sí necesita mantener la diferencia del “tú ahí abajo y yo aquí arriba” para sentir que vale algo. La Constitución habla del derecho al honor, pero tenemos una prensa, unos medios de comunicación, que de la ética y la deontología no sacan el dinero que sus dueños quieren atesorar para una buena tumba, además de ayudar así a apuntalar una opinión pública favorable a los poderes fácticos -egoístas, sociópatas- entre los que ellos mismos se encuentran. La Constitución habla del derecho fundamental a la libertad de expresión, sí, y con un límite muy claro: que esa expresión no puede faltar a ninguno de los derechos redactados en la norma suprema, entre ellos, como ya digo, el derecho al honor. Habla del derecho al trabajo, pero no a la explotación: “Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia -tenemos una constitución con puntos muy conservadores, pero en cuanto a los derechos y deberes es muy socialista, precisamente porque no permite la explotación, de ahí que el capitalismo imperante en el país se la pase por el forro-, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por razón de sexo”. Habla del derecho a la vivienda: “Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, REGULANDO la utilización del suelo de acuerdo con el INTERÉS GENERAL -y no particular, que esta es la oración al completo que el ministro José Luís Ábalos se niega a cumplir, lo que demuestra una vez más que la Constitución es infinitamente más socialista que él y que su partido político- para impedir la especulación”. Y, por último, sólo me queda señalar que el artículo 31 de la Constitución dice así: “Todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su CAPACIDAD económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y PROGRESIVIDAD que, en ningún caso, tendrá alcance confiscatorio”. En otras palabras, los impuestos regresivos -los que no tienen en cuenta la capacidad económica del contribuyente, como los peajes o el IVA- son injustos. ¿Se acuerda la gente de que el PP subió el IVA de la cultura en plena crisis (2012) del 8% -que ya era una pasada- en el que estaba al 21%, y que sólo la feroz insistencia del sector y los consumidores consiguió que lo dejasen en el 10%? Al mismo tiempo, regalaba 65.725 millones a los bancos porque había que rescatarlos a ellos y no al pueblo. Al mismo tiempo, se aprueba una amnistía fiscal para que los máximos chorizos del país se acogiesen a una regularización que les perdonaba millones y millones de euros -y que más tarde se declaró inconstitucional-. En fin, que hay que saber ver cuándo se están riendo de ti en tu cara.

¿Por qué creo que la gente, en masa, vota a partidos políticos que les mearon en la cara en la crisis anterior y se definen por ser opacos, instrumentalizadores de las víctimas del terrorismo, corruptos, cómplices de fraude a Hacienda, cómplices de fraudes administrativos…, y, por qué no decirlo, vergonzosamente retrógrados? Prometen bajadas de impuestos -para el sector empresarial, no para el consumidor o para el asalariado-, no protegen la salud pública, hablan de la economía como lo más importante -para el sector empresarial, no para el consumidor o para el asalariado-, y animan a beber cervezas y salir en pandemia. Quizás por eso, porque llevamos un año y medio encerrados, cohibidos, sin sentir esa falsa libertad que tanto nos gusta. Porque queremos volver a la normalidad, como sea, con toda su mierda, con todos sus corruptos, pero la queremos de vuelta y la queremos ya.

No será que lo que más nos desestabiliza es que vivimos entre yonkis…

Porque, en el fondo, no somos capaces de pasar cinco minutos sin mirar el móvil, o dos días sin pisar una tienda, o dejar de coleccionar cosas no por necesidad sino por la satisfacción que nos produce saber que existe y que lo vamos a tener en cuanto lo compremos -chapas, muñecos, blu-rays, zapatos, coches de lujo, da igual, cada cual colecciona lo que puede-. La publicidad se dedica justo a eso: no crea una necesidad, no tienes necesidad de llenar tu casa de blu-rays, pero te convierte en el gato de Schrödinger y consigue que busques ansiosamente ese momento en el que tienes el producto que sea en la mano y puedes pasar tu tarjeta, recibir el ticket de compra, dar las gracias y pirarte. El resto da igual, tu colección se ha ampliado pero lo que estás deseando es volver a repetir la secuencia al pasar por caja. Si te regalan algo, lo agradeces, pero no es comparable al placer de pasar por caja. La gente que te ve cogiendo algo en la tienda y te dice “pero si ya tienes veinte camisetas, pero si ya tienes un montón de esto, pero si en casa ya hay de lo otro…, ¡pero si esta peli la tienes en Netflix, qué haces comprándola!” pueden parecer unos aguafiestas, porque no responden a un patrón emocional sino lógico, pero en el fondo son los peores enemigos de la gran era del consumismo en la que vivimos. Y, mientras podamos consumir, aunque tengamos dos duros, ellos que roben lo que les dé la gana, porque, además, Pablo Iglesias me cae fatal.

Consumismo, inmediatez e individualismo. Esa es la era en la que algunos viven y otros malvivimos. ¿Cómo no van a ganar los partidos que prometen que -criatura más importante que las demás- vas a poder decidir, hoy, aquello por lo que quieres pagar sin más demora? Una cerveza en un bar, claro, porque para una mariscada en Mallorca no te da tu sueldo de 1.500€ -sueldo medio de las mujeres en España, 2021-, con el cual tienes que pagar el alquiler de tu “piso” de una habitación, de entre 600 y 1.490€ al mes por 30m2 en Madrid -búsqueda de precios realizada al tiempo que escribo estas palabras-. Pero la cerveza no te la quita ni dios. Además, como ya digo, Pablo Iglesias te cae fatal, lo cual invalida su programa electoral y al resto de personas que vayan en su lista, especialmente a Irene Montero por enchufada -que no se crean que no lo he pensado, porque lo he pensado, pero ¿qué pareja no se enchufa mutuamente en este país? Absolutamente todas, que ya sé que mal de muchos consuelo de tontos, pero hay realidades que ni la más pulcra de las políticas puede disolver-, y seguidamente a Yolanda Díaz por… porque… bueno, no te preocupes, algo te contarán desde la prensa que pueda justificarlo.

Creo que aún estamos por descubrir el lado más oscuro del individualismo. Más de un 40% de la juventud está en paro en este país, y del resto la mayoría sobrevive en precario. Todo el mundo habla de los empresarios que han sufrido pérdidas en estos meses -y pensar que la hostelería es uno de los pozos negros más profundos del fraude fiscal en este país…-pero no se dice ni una palabra de los jóvenes si no es para hablar de las cifras del paro. ¿Qué puede ser más individualista que convertir a varias generaciones en números que en nada importan mientras esto no colapse? Tanto los jóvenes que están en paro como una gran mayoría de los que no pueden depender de su sueldo -porque trabajadores pobres hay a patadas- viven en casa de sus padres. Padres que rondan los 60-70 años o más. Se han parado a preguntarse el gasto que esas familias soportan, por culpa de un mercado laboral esclavista y un improbable acceso a la vivienda, y qué harían todos esos jóvenes -entre los que me incluyo, aunque ya por poco, porque los años pasan- sin esa comunidad… Mis padres tienen siete y nueve hermanos cada uno. Yo sólo tengo una hermana. La red se hace pequeña, aunque por motivos positivos: existen anticonceptivos, la violación dentro del matrimonio -sigue siendo un gran tabú- se reduce gracias al divorcio, a la educación sexual y al feminismo, hay una ley del aborto, la mujer se incorpora al mercado laboral, la planificación familiar entra en la cotidianeidad de la sociedad… Todo es positivo. El problema social llega cuando el capitalista exprime sin devolver beneficios en proporción al trabajo realizado, cuando no da de alta, cuando paga en negro, cuando firma contratos que no le cuesta ni dos duros romper…, y tienes a una generación -ahora son dos- en la calle, más preparada que la generación de sus padres, sin presente y sin futuro. Las familias cuidan de nosotros, pero nosotros no podremos cuidar a una familia. Sin el tejido de la familia, estaríamos completamente desamparados, por eso nos comemos años en casa de nuestros padres, soportando una brecha generacional que, en ocasiones, hace muy difícil la convivencia. Se aísla a la juventud de la participación real en la sociedad, no se le permite tener propiedades, ni siquiera salud mental -la incertidumbre es un enorme estresor de la ansiedad-. Y ese aislamiento es una lastimosa muerte en vida.

A veces pienso que pasamos tanto tiempo en redes sociales porque es una forma de evasión barata y bastante más meritocrática que la realidad, pero no olvidemos que tener muchos seguidores no tiene por qué traducirse en tener nada más ni en ser algo bueno en particular. También las usamos huyendo de los canales de información tradicionales, que han demostrado ser deficientes en cuanto a transparencia, objetividad y contraste de las noticias. Si un político miente en la cara del entrevistador, no se le baila el agua ni se le da voz con la excusa de la libertad de expresión, ni se toma una opinión por un hecho: se le dice que está mientiendo y se le ponen por delante las pruebas de que miente. A no ser, claro, que la mentira del político te venga de perlas como empresario de la comunicación que eres. Cuarto poder, qué viejo puto barato has sido siempre…

¿Cuál es el plan para ayudar a esa juventud que no levanta cabeza? Me parece estupendo que en el telediario salga quejándose el del restaurante y el del hotel, pero no pregunto por ellos. Pregunto por los licenciados y graduados con idiomas que trabajan para ellos por dos duros -que no les permiten emanciparse- y con contratos por obra y servicio cuando ocupan un puesto que no es temporal. El plan, si le preguntas al liberal, es el siguiente: que el joven de turno se tatúen alguna frase de Mr. Wonderful y se convenzan de que si quieren ser felices, sólo tienen que ser felices porque el estado de ánimo, como todo en el mundo liberal, depende del empeño que le pongas. En el mundo liberal de Mr. Wonderful no hay ni avariciosos ni malvados, solo muchas sonrisas inquietantes, mucho analfabeto y mucho anestesiado.

Miren, me alegro de que la ministra de trabajo y vicepresidenta tercera sea Yolanda Díaz. Creo que es la primera vez en la historia de la democracia española que un titular del Ministerio de Trabajo EMPATIZA con el trabajador, sabe lo que tiene que hacer para que el capitalismo en el que vivimos se obligue a reinvertir beneficios en los propios trabajadores -que, no olvidemos son fuerza motora del mismo- y además -y esta es obviamente la diferencia- quiere hacerlo. Yo nunca he tomado cerveza, debo decirlo porque parece que es relevante, lo que sí que he hecho es matarme a estudiar durante toda mi vida y obtener como resultado sueldos paupérrimos, en puestos que requerían una formación infinitamente inferior a la que me he trabajado durante años, el robo descarado de mi tiempo y mi salud, la poquísima educación de las personas que me han contratado o que me han puesto a trabajar sin contrato, e incluso el amargor de las discusiones con unos padres a los que ya te gustaría poder decirles que te has comprado un piso. No quiero una cerveza. Quiero un presente que me he ganado y un futuro que algunos egoístas y malvados se niegan a devolverme.

El Desvío: Como dijo Valle.

Ramón María del Valle-Inclán.

En el año 2011 salió a la venta mi libro “El secreto de Caperucita Roja”, me licencié en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Sevilla y, además de ir a curso por año, conseguí aprobar los exámenes para mi certificado de Inglés C1. Ese verano, justo en el mes de septiembre, tras entregar mi justificante de prácticas, terminé mi carrera sin saber qué haría a continuación y sin tener ninguna especialidad. Muy a mi pesar, mi paso por la universidad no me había enseñado ni remotamente a escribir, pre-producir, producir, dirigir, interpretar, post-producir ni distribuir cine, que era para lo que yo, ingenuamente, me había matriculado. Empecé un Máster de Dirección Cinematográfica, a distancia, con la Universidad Camilo José Cela -la de Madrid-, sin embargo, el país entero se sumía en una “crisis” en la que me vi sin opciones de trabajar mientras lo cursaba. Pongo “crisis” entre comillas porque, depende de cómo te pille, una crisis te afecta para mal o para bien. Años antes tuve una crisis de fe que me sentó maravillosamente, pero una crisis económica no me iba a venir tan bien. A mí, que era clase obrera recién licenciada y con experiencia paupérrima -con decir que mis prácticas de la universidad las realicé en Onda Jerez, cadena local que sigue anclada en el pleistoceno de la tecnología y cuyo responsable principal (el ayuntamiento) no se interesa por modernizar ni técnica ni humanamente…-, una crisis económica me condenaba al ostracismo a pesar de mis ganas de trabajar. Cuando me mudé a Londres en enero de 2012, huyendo del páramo en el que se había convertido España, y más aún con una mayoría absoluta de M. Rajoy, una reforma laboral criminal, una Ley Mordaza propia de otros tiempos…, me vi sola en la vorágine de una ciudad inmensísima que no iba a mirar por mí. Aquel no era un viaje de placer ni de autoconocimiento, se trataba de sobrevivir y de dejarte explotar para poder pagar una habitación en el barrio donde Cristo perdió el mechero, compartiendo baño y cocina con otras tantas personas de edad y razas muy dispares. Por si fuese poco, tuve que pelear desde allí porque el mal llamado editor de “El secreto de Caperucita Roja” y de mi anterior publicación, “El último pecado capital”, dejase de robarnos a mí y al resto de autoras que escribíamos para él. Conseguí cancelar mis contratos editoriales, y el tipo me pagó 1.600€, cuando yo calculaba que posiblemente me debía unos 15.000€. Esos 1.600€ ni los olí, porque era el dinero que les debía a mis padres -me lo habían adelantado para alquilar una habitación en Londres y para la manutención, con la condición de devolverlo desde mi primera nómina-. No tuve tiempo ni fuerzas para seguir con el máster a distancia; renuncié a él y a volver a casa en el año o año y medio que, en principio, yo había pronosticado. Pasé allí 4 años, viendo que, inevitablemente, cada año llegaban más y más españoles a copar las calles, el metro y los trabajos más precarios de Londres. España se estaba vaciando de gente capaz, desesperada por no tener ni una entrevista de trabajo. Durante mi estancia en Londres, escribí para un periódico local en español que no pagaba por ello, asistí durante 3 años a las clases de interpretación que organizaba una compañía de teatro española allí -pagadas con mi sueldo de camarera durante el primer año y medio, y con la totalidad de la herencia de mi abuelo los últimos meses-, escribí “La Señora de Montesco” y “En mi otra vida” y asistí a unos pocos rodajes en los que participé como figurante, cobrando mejor que nunca en mi vida -lástima que esto último era cosa esporádica-. Londres ya no me iba a ofrecer nada más, o yo no estaba dispuesta a tomar nada más a cambio de mi sumisión y la entrega absoluta de mi tiempo lejos de casa. Me llevaba mucho conocimiento, dos amigos y ningún ahorro. Recuerdo que tomé el avión de vuelta con más ganas que nunca de ver a mi familia y a mis amigos. También recuerdo que me estaba enamorando y que ese amor estaba en Andalucía y no en otra parte.

Hace 5 años y 5 meses que volví de Inglaterra. Hoy llevo toda la mañana con la burocracia de acceso a un examen de oposición en la UCA. Entre otros papeles, están mi informe de vida laboral -española- y el certificado de demanda de empleo. Según los papeles, he estado en paro 3 años y 4 meses desde que llegué, lo que significa que he trabajado menos de la mitad de lo que, en una circunstancia normal, una persona joven, formada y sana debería haber trabajado durante este periodo. Por supuesto, las altas y las bajas han llegado a mi vida laboral de forma intermitente, y eso sin contar los trabajos por los que he cobrado mal y por los que no se me ha dado de alta en más que un mínimo porcentaje de las horas reales que he echado. Me puse en contacto con varios medios de comunicación, buscando una entrevista de trabajo, y no me respondió ninguno. Bueno, uno sí, para el que me decidí a colaborar, sabiendo que sería sin ningún tipo de cotización y gratis.

En cuanto vi que acumulaba 1 año sin cotizar, entre trabajo de mierda y trabajo de mierda, tomé la decisión de ponerme a opositar. Una decisión durísima a la que llegué después de mucho mirarme al espejo, ver las heridas y preguntarme si merecía la pena mantener un rumbo aterrador que no tenía un destino ni por asomo tan prometedor como el de una oposición. Entendí que mi necesidad era sencilla, pero doble: necesitaba acabar con la incertidumbre económica, pero únicamente me iba a valer si lo hacía por mí misma, sin una solución externa, sin que otra persona apuntalase mi suerte. No quería depender ni de mis padres, ni de mis amigos, ni de mi hermana, ni de una pareja, ni de los caprichos de un jefe. Quería ser yo la que tuviese el control, ganándome algo que nadie me pudiese quitar.

Fue una decisión muy dura porque lo que se me da bien es contar historias y, hasta entonces, no entendí que no porque algo se te dé bien va a darte de comer. No me refiero a la interpretación, porque tengo claro que no soy buena actriz ni me apasiona tanto como para dedicarme por entero a ello. Me refiero a los libros, a los relatos, novelas, incluso a las columnas en los periódicos locales… Los libros se venden a cuentagotas cuando no tienes tiempo y dinero que invertir en su promoción, y las columnas en periódicos locales no te las paga nadie. Si la alternativa es aguantar a encargados y clientes chulos y amargados en un bar, un restaurante, una tienda, una casa de encuestas telefónicas o un hotel -que todo lo he catado ya y están cortados todos por el mismo patrón-, mientras cotizo menos de la mitad de lo que trabajo, sabiendo a la hora que entro pero no a la que salgo, cobrando una miseria que jamás me ayudará a salir de casa de mis padres, con ninguna garantía de que el contrato de tres meses te lo vayan a renovar más de tres veces antes de echarte, prefiero trabajar en una oficina de la administración pública ocho horas, sabiendo mi horario de entrada y de salida, mis vacaciones, mis pagas extras, mis permisos, mis deberes y mis derechos para con mis superiores, contando con un salario que no se pasa mi cotización ni el salario mínimo interprofesional por el forro. Si eso me permite tener mi propia casa, mi ocio de calidad y escribir tranquila en mi tiempo libre, no pido más y estoy dispuesta a visualizarme haciéndolo el resto de mi vida. Se puede olvidar, eso sí, la demografía española de contar conmigo para perpetuar la especie, porque tengo nulo interés.

Hoy llevo 2 años y 5 meses estudiando, al principio desubicada, variando hasta tres veces de oposición porque no tenía claro cuál era la adecuada para mí. Los últimos 19 meses me he centrado en la definitiva. No es para la que preparo la burocracia, pero nunca pierdo la oportunidad de presentarme a exámenes que me pillen cerca de casa y con temarios parecidos; pienso que no pierdo nada por intentarlo, aunque aprobar exámenes de oposición que en gran parte no has estudiado es improbable.

En estos 5 años y 5 meses he seguido formándome, estuviese trabajando o no, en escritura de guión cinematográfico. Me ha enriquecido muchísimo como creadora de ficción, y ahora me siento orgullosa de todos los cursos a los que he acudido para mejorar. Rafael Cobos, David Sainz, José F. Ortuño, Elena Serra, Paco Cabezas, Dany Campos… Espero que siempre haya uno más. Hace unos días tuve el último con la maravillosa Rocío Sepúlveda y en unas semanas espero poder asistir a otro con Isa Sánchez. En fin, que vengan todos los posibles, incluso aunque el saber pueda darme problemas. Distinguir un buen guión de uno malo es lo mínimo que se le pide a un productor que tenga consideración por su público. Y, por si no lo saben ya, cuando opinen en voz alta que tal o cual guión es nefasto y perjudica a toda la película -por argumentada tras horas de formación y escritura que esté esa opinión-, puede haber quien no lo valore ni lo perdone. ¿Recuerdan ustedes que les comentaba que volví de Londres comenzando a enamorarme? Fue una bonita -preciosa- historia de amor de 5 años y varios meses que murió de un disparo a bocajarro… al parecer, en pago a una opinión negativa que expresé sobre un guión -opinión que, más allá de transformarme en un ser despreciable para el amor de mi vida, no tuvo repercusión alguna-. Tardé en enterarme porque ni siquiera se paró a decirme «estoy cabreado/decepcionado contigo por esto», simplemente me retiró la palabra y la mirada sin decirme por qué. Lo supe al par de semanas, y al principio no me lo creía porque era de una desproporción impensable, pero sí, así de triste, absurdo y surrealista ha sido. Vamos, que me río por no llorar. Conste, eso sí, que la raíz de este episodio lamentable es una película, que he recomendado varias veces, y que la opinión que siempre he dado de ella ha sido positiva, en algunos aspectos concretos llegando a la admiración -excepto al hablar del guión, que, lamentablemente en este caso, es el corazón de una película y lo que, en mi humilde opinión, falla estrepitosamente-, en un contexto de, por así llamarlo y para que se entienda, un examen deontológico -que no es lo mismo que recomendarla para echar el rato; es un contexto mucho más exigente-. En otras palabras, que está bien como desconexión ligera, aunque considero que no satisface mayores aspiraciones. Imagino que, dependiendo del baremo emocional de cada persona, esto se puede llegar a entender como una traición o un ataque, lo cual está muy lejos del baremo que manejo yo, pero lo que no me entra en la cabeza de ninguna forma es cómo se ha gestionado ese sentimiento. Me cuesta horrores entender que alguien a quien llevas años adorando no tenga dos segundos para considerarte como persona de una mínima validez, no te tenga el cariño o respeto suficiente como para decirte «me pasa esto contigo porque me han contado que has dicho tal» y no escuche lo que sea que tengas que decir, sea una explicación o directamente una disculpa. Yo siempre le he deseado y le desearé muchísimo éxito -si es con buenos guiones, mejor, que ha demostrado ser muy capaz de ello-, y es todo lo que puedo decir con respecto a esto.

En estos 5 años y 5 meses he escrito más libros y he denunciado a otro editor de pacotilla, pisando, por primera vez en mi vida, unos juzgados de lo penal. También he escrito poemarios y relatos, porque se podrán imaginar ustedes cómo de prolífica es una escritora enamorada. Y, por supuesto, he colaborado con cada compañero que me lo ha pedido… Todo esto sin salir de la crisis económica, que deriva en crisis vital, que deriva en crisis emocional. Estos años han sido, y hasta el día de hoy, como ir en el Titanic, sabiendo que se hunde y que tienes que fabricar tu propio bote salvavidas con madera podrida.

Fue empezar a estudiar oposiciones y, con la crisis, la precariedad, la corrupción política y la desesperación en mi cabeza, ponerme a escribir el guión de “Carrusel”. Y ahora, dos años después, hemos iniciado la pre-producción del que va a ser mi primer cortometraje como guionista, productora ejecutiva y co-directora. Nada de esto me lo enseñó la universidad, ni lo puedo financiar sola. Quizás sea la última pieza audiovisual que firme, dado que tampoco siento pasión por lo que la industria puede ofrecerme; calculo que lo más sonado que el cine te puede aportar, en el mejor de los casos, es una cuenta bancaria rimbombante y un Óscar. Si lo primero no termina de fascinarme, imagínense lo segundo. Aun así, voy a rodar la historia que he escrito y espero que llegue a todas las personas a las que verla les pueda ayudar de alguna manera, como a mí me ayuda contarla. Y si a alguien le parece una mierda seca, que se exprese libremente, especialmente si ese alguien es mi amigo -en cuyo caso prestaré incluso atención-. Va a ser mi respuesta natural a todas esas gilipolleces de las que llevan años hablando los medios generalistas: que si coliving, que si nesting, minijob, trabacaciones… No sé cuál de todas me toca más el coño, pero estoy deseando que los medios dejen de sugerir que la precariedad es moderna o romántica y empiecen a señalar que la Justicia en este país está atiborrada a barbitúricos y por eso se escapan los corruptos y los miles de millones de euros con ellos, sinvergüenzas de sangre azul y acólitos incluidos.

Estoy agotada física y mentalmente, incluso sin contar con el corazón partío. Llevo diez años peleando contra una maquinaria monstruosa, haciendo méritos para nada excepto para ver la tragedia desde un palco más privilegiado -a mayor conciencia de clase, más dolor de tripas-. Voy a firmar ese cortometraje, voy a sacarme una plaza de funcionaria y que le vayan dando a eso de buscar en este país una compensación en proporción a los esfuerzos y al talento, una meritocracia real o una Justicia en condiciones. Cada día tengo más claro que cuanto más mediocre seas, más te van a regalar el puesto y el sueldo. Ya lo dijo Valle-Inclán, y no le vamos a quitar la razón por mucho que nos empeñemos: “En España, el mérito no se premia. Se premia el robar y el ser sinvergüenza. En España se premia todo lo malo”.

El Desvío: Receta musical.

Querido Doctor:

Me tomo la libertad de agradecerle tan entusiasmada recomendación por el Día de la Televisión. Como pieza artística, la considero de valía extraordinaria. Sobre todo sabiendo de mi debilidad por el género musical. Nunca abuso de él, pues como los perfumes es intenso. Los degusto de a poco y de cuando en cuando. Tengo mis preferidos, y en esta obra parece que miman de sobra mi favorito; he podido canturrear entre dientes de vez en cuando. Agradezco las pizcas de cultura y de sabiduría histórica que se pueden rescatar de ella. La visión del mundo del espectáculo que aquí se ofrece no me cuenta nada nuevo, aunque siempre es de admirar que haya quien modernice cualquier aspecto de cualquier arte o industria. Pero con el mundo del espectáculo siempre acabamos con la manida cuestión de «¿a qué precio?». La pregunta ya cansa, y la respuesta no sorprende, pero vamos a hacérnosla otra vez.

Sólo espero, mi querido doctor, que hayamos hecho una lectura más o menos similar del contenido, además de admirar el continente. Es de una violencia pasmosa.

Un adicto a las drogas ilegales, a las drogas legales, a las drogas por receta, al sexo y al trabajo. Obsesionado con la muerte y traumatizado por una infancia con el cariño justo, una necesidad constante de darse a valer por encima de una competencia omnipresente, una violación durante la pubertad y una evidente falta de amor propio achacable a todo lo anterior. Un adicto que posee un talento considerable para el baile y la puesta en escena, pero brillante si se ve sumado a la gestión de su tercera esposa. No olvidemos que su segunda esposa también era una figura de renombre que le ayudó a asentarse a su llegada a Hollywood. El tipo elige de manera verdaderamente práctica con quién asociarse mediante el matrimonio.

Su tercera esposa es una mujer en cuya primera juventud destaca una maternidad adolescente -producto de una violación-, la obligación de casarse con su violador y la decisión posterior de divorciarse y dejar a su bebé en manos de sus propios padres, al nivel de desentenderse por completo, para seguir con su vida y desarrollar su espectacular talento como bailarina. Ganadora del Tony y estrella de Broadway antes de conocer al que será su segundo marido, tras una aventura a espaldas de la segunda mujer de éste -ya enferma terminal-. Una estrella emergente que pronto entiende que los roles de sus sueños se los puede dar su nuevo marido, mientras ella aguante todo lo que conlleva convivir con un adicto. Al mismo tiempo, él asume como una dependencia más a sumar a su lista el hecho de que su esposa hace brillante su trabajo, que de otra manera sufriría de cojera. En otras palabras, ambos entienden que para el éxito se necesitan mutuamente, y también es esa la opinión de los grandes productores y críticos, que empiezan a preferirles en pack antes que por separado.

Visto desde este punto de partida, sólo queda esperar una romantización descarada de una relación venenosamente dependiente, disfuncional y altamente perjudicial para la salud. Y es lo que una obtiene de ver esta pieza. Con un envoltorio espectacular que nadie debería perderse, por supuesto.

Asistimos a un esperpento. Una asociación empresarial de la que se valen dos yonkis egoístas, centrados en sí mismos, para darle sentido a sus vidas -algo que necesitan desesperadamente- mediante el éxito y la admiración de la crítica y el público. Una empresa que no les satisface por igual en el plano emocional, sexual ni social. Son dos desgraciados, cada uno cuidando de tener localizado y controlado al otro, igual que cada empresario cuida de su más segura inversión, que confunden su necesidad con una idea interesada del cariño. Se admiran, eso se lo supongo, desde una competencia constante y dañina en la que ella, sin lugar a dudas, gana por goleada aunque los premios no lo reflejen. Se admiran, pero apenas se respetan. Por más que la fama y la fortuna les rodee, por mucho que las vitrinas se llenen de Óscars y los periódicos de adulación, nunca tienen suficiente y nunca dejan de pelearse consigo mismos.

Querido doctor, la narrativa, los colores, las luces, la música y la fantasía que se proponen aquí, las compro sin dudarlo. Los intérpretes están sublimes, sobra decirlo. Pero sí, me parece tendencioso ese montaje final que pretende hacer pasar esta relación de intereses y manipulación, tortuosa y tóxica, por un romance épico. Sólo espero que les recete esta medicina a los que busquen saber qué es una exquisita pieza de ficción audiovisual sobre egos, talentos, individualismos, éxitos y fracasos, pero no sobre qué es el amor. Nada más lejos de la realidad.

El Desvío: Desayuno con amantes.

Era la hora perfecta para el desayuno de quien no tiene labores que atender; ni muy tarde, ni muy temprano. Aunque las cortinas estuviesen echadas, la luz dejaba ver la habitación y los detalles de confesión abierta en la piel: máscara de pestañas alrededor de los párpados de ella, restos de un festín sexual en los labios de él. Las diez de la mañana podían ser, quizás. La cama del hotel era enorme, con sábanas blancas y varias almohadas. El aire acondicionado, aun funcionando, parecía ausente por sigiloso y tornaba perfecta la temperatura de aquella mañana de verano.

“El blanco te sienta bien” le dijo él, desnudo y en pie junto al lado izquierdo de la cama, donde ella aún estaba tumbada. Su joven consentida le devolvió una sonrisa. Aquel era el segundo piropo de la mañana, tras alabarle él el buen cutis, seguramente orgulloso de haber colaborado con un sinfín de excitantes estímulos durante la noche. “¿Con algo así, no te sale la vena escritora?”, le preguntó él, que sabía de sobra que sí. “Puede”, respondió ella, sabiendo de sobra que necesitaría tiempo de asimilación, pero sí. Al tiempo de recibir aquella respuesta, escueta como casi todo el verbo que ella le dedicó, por pensar más que hablar, él se tumbó de lado en aquella cama, dejando el peso de su nuca sobre el vientre de su amante y las piernas recogidas ante el vacío. Empezó a cavilar a media voz, mirando al techo, mientras ella le escuchaba y le acariciaba el cabello y el rostro. En aquella suave reflexión improvisada, cupieron varias confirmaciones, como que aquello tenía que pasar porque era insoportable una atracción tan brutal, o que uno hace lo que hace porque quiere y no porque le pongan una pistola en la cabeza…, pero ninguna tan repetida como la exclamación en voz baja de que lo vivido había estado genial. Ella seguía en silencio, escuchando mientras pensaba que a la vida no le pedía más suerte que la de pasar de lo clandestino a lo público y de lo singular a lo común, de poder encontrarlo siempre a su lado al despertar. Le pedía a la vida poder seguir acariciando esas sienes, esa nariz, esas mejillas y ese cabello, y que ese hombre acudiese a su vientre cada día. Él se quedó mirándola a los ojos, entonces, compartiendo su silencio. Sin importar la hora que era, y que apenas hacía un rato que acababan de despertar, aquellas caricias bastaron para hacerle rendir los párpados lentamente y para devolverlo al sueño profundo, cómodo y confiado de quien se sabe mimado y amado. Ella lo vio cerrar los ojos, entregándose a sus cuidados, y no por ello dejó de hacerle caricias. Simplemente continuó mientras su mente se la llevaba de vuelta a la noche anterior, cuando aún no se habían despojado de vestimenta alguna y, sentados ambos en la parte de atrás del coche, camino al hotel, cruzaron la más inútil de las líneas.

El coche iba casi lleno y la madrugada no evitó que el copiloto viese lo que se cocía en la retaguardia. Discreto sí, confidente también, pero ciego no. Las ráfagas de luz provenientes de las farolas fueron suficientes para iluminar los ojos del hombre que, sentado junto a ella, exploraba bajo su vestido e indagaba entre sus piernas cruzadas. Ella lo miró y se encontró con que aquella expresión celebraba las ganas de los dos y la perfecta situación; ávida lectora de esos ojos, encantada con el atrevimiento, descruzó las piernas para él.

¿Qué pensaría el recepcionista, tan solo y aburrido a esas horas? Seguramente acertó.

La breve conversación de rigor apenas se alargó con una cerveza y un vino blanco que les refrescara en la terraza de la habitación. Hablaron de glorias y fracasos, de miedos e ilusiones, de viajes soñados y de escritura. Fuese poco o mucho, era difícil de calcular con las ganas a flor de piel. Lo mismo le daba a ella, porque esa voz llevaba años haciéndole el amor, con o sin él delante. Se habían confesado el uno con el otro desde el primer día, años atrás. Se habían deseado, admirado, buscado, pensado a solas o a la vez durante años. Escondidos entre bambalinas, mensajes y fotografías. Se habían alejado sin querer y perdonado los errores tantas veces… Se habían seducido siempre. Se seducirían toda la vida. Nadie sabe las ganas que tenían de devorarse a besos, ni cómo de amaestrada era aquella compostura previa.

Llegó el momento de tomar la decisión: brindar y marchar, o no terminar la copa y deshacer la cama. Ella sabía lo que quería, no tanto lo que podía tomar. Dejaron la terraza y pasaron a la habitación, con apenas las tenues luces de las mesillas de noche dándoles visión. Él la abrazó por la espalda, para mecerla entre sus brazos y acercar sus cuerpos. Él estaba excitado y deseoso de que ella se lo permitiera, o mejor aún, que se lo pidiera. “¿Quieres que me quede?”, preguntó ella, cerrando los ojos para disfrutar de ese abrazo. “¿Tú te quieres quedar?”, se la devolvió él, sin contestar y dejándole a ella la decisión, “si te quieres quedar, quédate”. Estaba asustado. No quería aparentarlo, quería disfrutarla, ahora que por fin la tenía para él y él estaba para ella y nadie más. Pero tenía miedo de una mujer que no confirma, que no pide… Una mujer que sólo tiene cordura para decir lo bien que hueles, antes de buscar tus labios para besarte como si fueses agua en el desierto. El absurdo se disipó al contacto de la piel, la saliva y la carne.

Se amaron, se comieron, lamieron y besaron en aquella inmensa cama de sábanas blancas. Empezando por ella sentada sobre su boca y terminando con él hundido entre sus piernas. Todos los besos que el mundo conoció y conocerá se regalaron aquella noche. No existía nada más allá de la medida de sus cuerpos. No había palabra o declaración que sus ojos o sus labios no hubiesen superado con creces. Se amaron hasta que les llevó el sueño. “¿Te quedas a dormir?” susurró él, rendido, tras abrazarla como si su vida dependiera de ello. “Claro”, respondió ella, enmarcando esa palabra en caricias. Eran tan felices que no se percataron de que las cortinas seguían abiertas.

Ella despertó unas horas después, cuando sintió que él le acariciaba la cara. Abrió los ojos muy despacio y lo vio a su lado, mirándola con infinita ternura. Las cortinas estaban echadas, porque ya pasaban de las nueve de la mañana, pero a ninguno de los dos le apetecía que hubiese salido el sol. Él había despertado un poco antes, había ido al baño, había cerrado las cortinas para camuflar la hora, se había vuelto a tumbar en la cama, había revisado brevemente su teléfono y había devuelto todo su interés a mirar a su amante durmiendo junto a él. “Buenos días”, murmuró él, a lo que ella respondió igual.

El desayuno no se quedó en besos. Todavía había tiempo para una delicia más. Él apartó las sábanas para dejar a la vista su cuerpo y ella, deseando volver a saborearle, besó arriba y lamió abajo hasta que un intenso orgasmo invadió al hombre de sus sueños, que se derramó ante sus ojos. El placer de la respiración acelerada que se rinde… podrían haberlo repetido hasta morir.

Sin querer perderse ni un segundo de los que podía disfrutar con ella, él hizo algunos yermos intentos de decidirse por una ducha. Se levantó de la cama, volviendo a tumbarse junto a ella, sin remedio, antes de andar dos pasos hacia el baño. Un intento, y otro, siempre acababan devolviéndolo a la cama y a la boca de esa mujer. Finalmente, tras volver a salir de la cama una última vez y caminar hasta sentarse en el borde contrario, se tumbó sobre el vientre de ella y se dejó acariciar hasta el sueño.

Tras rememorarlo todo, ella notó que él volvía despertar. Celebró haberse quedado dormido profundamente con esas caricias, como lo celebraría un niño pequeño. Tomo la mano izquierda de ella, se la llevó a los labios y la besó, cerrando los ojos. Ella supo que, si no era la primera en salir de la cama, él no se movería de allí. Se levantó y rescató del suelo su ropa esparcida, recibiendo de él más cumplidos mientras lo hacía. Él le hablaba de cómo le gustaba el cuerpo de ella, mientras que ella lo amaba y lo deseaba tanto a él que ni expresarlo podía. “Esto es una despedida, ¿lo sabes?” susurró él, al verla vestida de nuevo. Y no, no lo sabía, ni se lo había esperado, ni entendía por qué, pero sí sabía que bastaba con que uno de los dos quisiera despedirse para que ambos tuvieran que hacerlo. Por respeto y por amor. Así que no protestó. Quien la quisiera para siempre, no se despediría, pensaba ella. Y él seguro que también conocía esa fórmula tan sencilla. Sin embargo, algún fleco suelto tenía aquel plan, ya que él se despedía sin dejar de acordar próximos puntos de encuentro. Podían engañarse a sí mismos y decirse adiós, sabiendo que, aunque pasasen los días, los meses, e incluso los años, volverían a mirarse a los ojos. Y que eso iba a tener exactamente el mismo efecto de siempre.

Él seguía en la cama cuando ella tomó su bolso. Uno que no iba a juego con el resto de la ropa. Y, tras desearle lo mejor, se dirigió hacia la puerta. Ya había salido de la vista de él, cuando aquella voz le frenó. Él salió de la cama, fue hacia ella y, pronunciando su nombre, le dio las gracias hasta desgastar la palabra. Y así llegaron los últimos besos para ambos y el misterio de qué pasaría después.

El Desvío: A rey muerto, rey traspuesto.

Lo que me cabrea, de verdad, de la política de este país es lo fácil que lo tiene el político de turno o el monarca de turno para engañar a mi madre. Me pillo una mala hostia… que me llevan los demonios, porque me la veo defendiendo a gritos aquello que va totalmente en contra de sus propios intereses. No lee libros de Historia, ni ve documentales sobre la monarquía, la guerra, la transición… No conoce nada que no le hayan contado otros, muy interesados en hacer de ella parte del rebaño. A su abuelo -mi bisabuelo-, un hombre de campo, lo mataron por rojo sindicalista -sinceramente, dudo mucho que el pobre hombre tuviese ideología alguna, ni sé a ciencia cierta si era sindicalista-, su padre -mi abuelo- no hablaba sobre la guerra ni la dictadura porque vivió acojonado hasta los noventa y seis años. Lo que sí que mi abuelo les dejó claro a sus hijos -por lo menos a mi madre- fue que Franco era un criminal y que el PSOE era un partido al que había que votar -según mi abuelo, para que volviese la República-. Mi madre debe de manejar ese par de conceptos y lo que le pudieran comer la cabeza en el colegio de monjas. Eso es tierra abonada para sembrar según conveniencia y lo demás son tonterías.

Avenida de la Constitución, Tarifa. 29 de julio, 2020.

Mi madre era una niña de 15 años a la que le cuentan que el dictador ha muerto. Y su padre, en casa, lo celebra tomándose un buen vino de Jerez. Mi abuelo, capataz de bodegas, de esto sabía más que de política internacional, evidentemente. España había sido una cueva de fascistas durante cuarenta años y, de pronto, la cueva se volvió descapotable, aunque los fascistas siguieran ahí. Me sigue dando mucho que pensar esa expresión de ganadores y perdedores de la guerra. Franco ganó una guerra civil, pero ¿saben quién ganó la guerra?, la guerra de verdad, la gorda, fue la Segunda Guerra Mundial, y, señores… la ganaron los americanos. Y, a partir de ese momento, con la muerte de Hitler y de Mussolini, y con los juicios de Núremberg, los americanos tomaron decisiones que afectaban a toda Europa, incluida España. Años de política delicada, eso sí, teniendo en cuenta que la victoria de los Estados Unidos fue compartida con la Unión Soviética. Creo que lo que muchos españoles a día de hoy ni siquiera se paran a pensar es que, igual que se acabó con Hitler y con Mussolini, los americanos podrían haber asfixiado a Franco si hubiesen querido. Si hubiesen querido. Lo repito para los despistados: si hubiesen querido. La cuestión es ¿me meto en otra guerra, en territorio europeo, después de la paliza que llevo encima, sabiendo que los españoles han pasado por una guerra civil y que Franco no tiene intención de invadir a nadie como lo hacía Hitler? Uf, qué perezote… Mira, Franco, prefiero dejarte ahí, como resquicio fascista, por si acaso. No sea que la Unión Soviética se me ponga tonta. Además, firmamos los Pactos de Madrid para que tú me dejes unas pocas bases militares en territorio español y yo me porto bien contigo, que ya sabes que por las sanciones de la ONU no te tienes que preocupar mientras me tengas contento. Apunta por ahí: también me abres el tránsito de turistas, que tienes buenas playas, y así te vas acostumbrando a depender del turismo para siempre y no aspirar a otra cosa que a ponerme la alfombra cuando llego, que ya sabes que nos tienes que tener como reyes. Uy, y hablando de reyes… me vas a nombrar un heredero de tu régimen, pero como Estados Unidos es la tierra de las oportunidades y las libertades, queda feo que apuntalemos una dictadura, así que tú nombras un sucesor monárquico, para que la dictadura muera contigo, y nosotros dejamos que te mueras de viejo.

Mi abuelo sabía mucho más de vinos que de relaciones internacionales, eso os lo puedo asegurar. También os puedo asegurar que a los americanos les importa un pimiento cómo se subdesarrollase la democracia española a partir del trato.

A la vuelta de la dictadura, instaurada tras una terrible guerra, propiciada por un alzamiento ilegal, en lugar de recuperar la república, nos impusieron una monarquía. Y al rey elegido por Franco, con quien Juan Carlos tenía un trato familiar -no sólo jamás condenó el franquismo y sus crímenes, sino que Juan Carlos ha soltado perlas del tipo «para mí, Franco es un ejemplo», «le tengo mucho afecto y admiración»-. Difícilmente se puede ser demócrata cuando tu poder te lo otorga un dictador y los que te apoyan lo hacen porque el dictador así lo ha dejado dicho. No, claro que no eres demócrata. Tú no crees en la igualdad de todos los españoles, porque tú mismo te consideras superior y tus vasallos te dan la razón. Eres inviolable según la ley, lo que supone que puedes hacer lo que te salga de las reales pelotas sin dar ni la más mínima explicación. Igual, igual, igual al resto no eres. Por lo tanto, tampoco debes de abogar demasiado por una democracia igualitaria. La cuestión es que España es un país herido, mutilado, cuando Juan Carlos accede al trono tras la muerte de Franco, y un país, una sociedad, nunca -a lo largo de la Historia de la Humanidad- ha sido capaz de avanzar sin tener un punto en común, algo que uniese a todos sus componentes. Las personas necesitan creer en las mismas cosas para avanzar en la sociedad. Los humanos, como especie, sólo se han identificado y entendido los unos con los otros, aunque los separasen kilómetros de distancia, por creencias comunes: creencia en el dinero, por ejemplo, en que una pieza redonda de metal con la cara o el símbolo del poder al dorso, a cambio de leche de vaca, me daba la capacidad de comprar otra cosa. A nivel global, creemos en el dinero, incluso cuando no existe y son números en una pantalla. Lo mismo pasa con las religiones. Hombres que no se conocían de nada, ni compartían experiencias vitales, marchaban a luchar en Guerra Santa por el mismo dios, y así nacían, se ampliaban y se defendían imperios.

¿Cómo unir a los españoles, tras décadas de un trauma deshumanizador, como son la guerra y la dictadura? Está claro, hay que unirlos en la creencia común. Los republicanos nunca van a querer una monarquía. Pero es que la creencia común no va a ser la Corona, sino el propio Juan Carlos. ¡Brillante! ¿Cuántos republicanos no han soltado por la boca eso de “yo no soy monárquico, soy juancarlista”? ¡Pero cómo no, si fue el plan perfecto!

Adolfo Suárez sabía -y está grabado- que si hacía un referéndum en la calle preguntando si la gente prefería monarquía o república, ganaría la república, y por eso decidió no hacerlo nunca. Había que conseguir que Juan Carlos conquistase el corazón de los españoles que no lo querían en el poder. ¿Cómo hacer que la gente se olvide de que eres un rey legitimado por un dictador y sus seguidores? Convirtiéndote en un héroe nacional, evitando un golpe de estado. Y aquí la pregunta políticamente incorrecta sería ¿estuvo amañado el ataque de Tejero al Parlamento, para que Juan Carlos pudiese quedar bien delante de todos los que dudaban de él?, ¿no era fácil pensar que, con el miedo inmenso que tenía la izquierda a la vuelta a la dictadura, estarían deseando abrazar a un líder que demostrase que no lo iba a permitir?, ¿fue un montaje? Y luego estaría la pregunta berlanguiana, ¿pudo ser todo espontáneo, real y más oportuno para el problemón de legitimidad de Juan Carlos, que quedó solucionado en poco más de 24h? Se queda una sin palabras.

Unidos todos los españoles bajo la capa de superhéroe de Juan Carlos de Borbón, llegaron los paripés varios de bonanza y libertad: lo primero que hay que señalar es que mientras ETA no dejó de atentar, en este país ni había paz y libertad, ni se las esperaba, y da mucha vergüenza ajena ver cómo el bipartidismo profundo que ha habido durante cuarenta años en este país se ha tirado -y se sigue tirando, que no se puede ser más inútil- los atentados y las negociaciones con la banda terrorista a la cabeza. Pero había más paripés. Quince años de gobierno de Felipe González, que, en mi humilde opinión, ha perdido la vergüenza y es la corrupción moral en persona. Quince años gobernando en un país, no olvidemos, minado de fascistas y de gente muy pobre que apenas sabía leer -mi abuela materna era analfabeta y mi abuelo, del que ya he hablado, fue al colegio sólo durante tres años; todo deja poso en la generación inmediatamente posterior-. Supongo que beneficiaba muchísimo a la imagen exterior de España tener un presidente “socialista” que no lo era tanto. Mi abuelo siempre lo votó, esperando ansioso por una república que a González jamás se le habría ocurrido reclamar. No sé si mi abuelo llegó a ver la foto del puro en el yate, espero que se muriera sin verla, igual que González se morirá sin pisar un juzgado por la guerra sucia de los GAL -curiosamente, fue el gobierno de Aznar en el 96 el que se negó a dar información clasificada al Tribunal Supremo para la investigación, lo cual apesta a chanchullo con el ejecutivo anterior, el gobierno de González-. ¿Cuántas veces no se habrán protegido PP y PSOE, mientras robaban y saqueaban, pasándose la Justicia por el forro, mientras de cara a la galería eran feroces rivales? Pues, si me preguntan a mí, cuarenta años de “democracia”. Pero no se veía nada, porque España estaba en lo más bucólico de su historia, con el bienestar por las nubes, el destape, el rock, la movida, la natalidad a tope, Marbella, Paquirri y la Pantoja, Martes y Trece, la Expo 92, la boda de Elena de Borbón con el tipo ese y de Cristina con aquel, las olimpiadas de Barcelona… La generación de mi abuelo y de mis padres se comió una propaganda salvaje de país puntero con política modernísima. ¿A quién podía importarle cómo, cuándo y dónde se pulía los millones ese rey que heredó de Franco y que ya hizo todo lo que tenía que hacer aquel 23 de febrero? Que haga lo que quiera, que somos juancarlistas. ¿Y al niño? Al niño lo estamos financiando entre todos para que tenga la mejor preparación de la historia de la monarquía española, para tener al futuro rey más “preparao” de todos -luego se verá que a la hora de enfrentar una falta de respeto al orden constitucional por parte de algunos independentistas catalanes no tendrá ni idea de gestión emocional y comunicativa, pero para todo lo demás está preparao-. Qué ilusión mantener a esta familia de nobles que da esplendor.

Con la llegada del descalabro de la economía a finales de la primera década del nuevo milenio, las costuras que no queríamos ver, reventaron y nos vimos pasando frío y hambre. Siento ser yo quien lo diga, pero no es verdad que en algún momento saliésemos de la “crisis” de 2008. Una polarización tremenda aumentó las grandes fortunas y terminó de exprimir al resto, arrasando con la clase media. Para los de arriba puede, pero para los de abajo la crisis se hizo crónica. ¿Saben quiénes estaban preparados, además del heredero del rey? Los hijos de sus vasallos. Muy preparados, mucho más que sus padres, pero con todas y cada una de las puertas cerradas. No tenemos el miedo que paralizaba a nuestros padres y abuelos, ni tenemos la ira en la sangre. No pueden ni imaginarse lo progresista que soy y cómo de subnormal me parece cualquiera que haya asesinado a religiosos o quemado una iglesia. No se lo pueden imaginar. Ni moriría ni mataría a nadie por mis ideas. Ni quiero vivir en otro país que en este, que es el paraíso en la tierra. He leído y viajado suficiente como para entender que mi abuelo estaba manipulado por el miedo y la ignorancia. No voto a un partido como quien apoya a su equipo de fútbol. He leído, entendido y asumido la Constitución del 78, lo que es un paso básico para entender el altísimo porcentaje de mentiras que se sueltan en el Parlamento. La Constitución es una herramienta sencilla y eficaz para entender que el reinado de Juan Carlos formaba parte del paripé y del proceso de limpieza de imagen al exterior. Felipe no sólo no aporta nada como rey, sino que la Casa Real en su conjunto supone un gasto inútil. Díganme una cosa, sólo una cosa que sea imprescindible, que aporte el monarca y que Francia y Alemania a día de hoy no hayan sabido solventar en sus repúblicas. Una cosa. Y no me salgan con el paternalismo simplón de que los españoles son unos ignorantes que no pueden gobernarse a sí mismos, porque, de hecho, es lo que hacemos, aunque lo hagamos mal, porque el rey ni pincha ni corta en ese asunto. También queda claro en la Constitución. Y, por añadir un detalle minúsculo, sólo recordar que, si nos vimos en la Segunda República no fue porque tuviésemos cultura de la democracia -de la que seguimos careciendo, como es evidente- sino porque estábamos hasta el moño de que los monarcas nos robaran.

Ayer se hizo público un comunicado de la Casa Real en el que se comparte con la plebe una carta de Juan Carlos de Borbón a su hijo y heredero, Felipe. Sí, Felipe, el que dice que renuncia a la herencia de su padre pero se olvida oportunamente de que la corona es hereditaria y que, por lo tanto, habrá renunciado a parte de la herencia, pero desde luego no a toda. En fin, todo muy oficial y muy del medievo.

Me incomoda que Juan Carlos se refiera a supuestas tramas de corrupción con chanchullos bancarios como “acontecimientos pasados de mi vida privada”. Oiga, que no estamos hablando de que sea usted más guarro que una mano, o que la reina tenga que agachar la cabeza para entrar por la puerta. Que nos importa menos que nada lo mujeriego que haya sido usted. Estamos hablando de robar millones de euros a manos llenas cuando este país las está pasando perras para seguir adelante. Hablamos de hipocresía y delincuencia sistemáticas. Sabe perfectamente que no nos escandalizan sus líos de faldas, sino sus supuestas ganancias millonarias a espaldas de la ley. Ganancias conseguidas, supuestamente, valiéndose de la posición privilegiadísima que le otorga la Constitución Española. No se puede tener menos vergüenza que insinuar otra cosa en la dichosa carta, que parece que nos escandalizamos por puritanos. Váyase a pastar.

Y, hablando de la Constitución, efectivamente es muy difícil, más bien improbable, que se pueda llegar al tipo de acuerdo que requiere una reforma en el título de la Corona. Obviamente, a la hora de redactarlo, se fijó como casi imposible que nada ni nadie le tosiese a Juan Carlos y a sus herederos. Pero, hostias, la dignidad de los españoles bien vale un intento.

El Desvío: Reflexiones en confinamiento II.

Decía Albert Camus que si la vida fuese clara, no existiría el arte. Puede que esa sea una de las virtudes del artista: transformar el absurdo caos de la vida en una obra que aporte opciones a través de las cuales caminar los senderos del dolor, la rabia, la ausencia, la memoria, la incertidumbre… Siempre habrá una situación espinosa para la cual querremos una respuesta rápida y certera que nos alivie. Querremos el mapa para tomar el camino más corto. El arte no es tan simple, no es una calculadora que te da soluciones matemáticas, sino un espejo que te invita u obliga a mirarte en profundidad, considerar las alternativas y elegir un camino. La solución está en nosotros mismos y, en muchas ocasiones, llegaremos sólo tras una demolición de nuestros propios prejuicios, planes, ideales… No todo el software que la cultura nos ha colocado en la cabeza y el cuerpo desde la infancia es sano, ni positivo, sino simplemente un pegamento de hermandad entre los miembros de esta especie humana. Por eso muchos vamos haciendo tantas preguntas; porque algunos nos despegamos para mirar qué otras formas hay de ser y hacer.

Chiclana de la Frontera, 16 de julio de 2020.

La última de esas preguntas que parecen actuar como disolvente del pegamento cultural que me he hecho tiene que ver con el absurdo de la muerte repentina de una persona, en principio, sana y joven. Al shock se le suma un ritual de unas cuarenta y ocho horas en un tanatorio, en las que no dejamos de compartir nuestro dolor. Es nuestra cultura y así es como lo hacemos. El sentimiento de comunidad en la pérdida y de dignidad hacia la persona que fallece es lo que se alimenta con esta tradición. O eso supongo. Y mi pregunta es si no es en exceso violento. Si no es una tortura que pudiera ser reemplazada por otro tipo de ritual.

Aquí estamos, a mitad del 2020, preguntándonos si todo puede tener menos sentido. Es mejor no preguntar, porque este annus horribilis siempre puede ir a peor.

Y, si esa es virtud de artistas, ¿qué ocurre cuando es el artista el que se ve abrumado por el absurdo? Siento la falta de modestia, al llamarme aquí artista, pero llevo tiempo escuchando a algunas personas reclamando que poco me hago valer, que poco me reivindico, que sentirse una impostora -mucho antes de que fuese un síndrome de moda- por mi parte es ridículo. Así que me permito presentarme con la acreditación suprema -que sigo sin creerme- que no me pongo yo si no me la piden otros antes. Nótese que, a pesar de mi defensa del áurea mediócritas, no para todo tengo punto medio.

¿Qué ocurre cuando es el artista el que se ve abrumado por el absurdo? Aún no tengo respuesta más certera que la de acercarse a otros artistas para valerse de sus miradas más limpias, menos viciadas del sinsentido particular. Pero seamos realistas. Este 2020 está consiguiendo que toda persona, sea de ciencias o letras, sea de campo o de artes, pierda la perspectiva dentro de un desconcierto global. No he vivido un año más absurdo, más injusto ni más violento. Nunca me he sentido tan sola sin estarlo. Sabía que estaba poniéndome de acuerdo con todos mis compatriotas para una causa común, lo que significa que nunca he estado acompañada de tanta gente, mientras que a nivel personal me volví consciente de que tener compañía es que la persona que tienes delante entienda lo que le dices. La soledad de la millennial frente a los boomers. Abismal.

Tengo la sensación de que creemos que, como artistas, algo estamos procesando, escribiendo historias o canciones sobre la pandemia. Me resulta incluso ingenuo. No sé el resto, pero yo confieso que no soy capaz de crear como antes, porque cada día soy más consciente de que mi razón no abarca parte suficiente de la situación como para ofrecer nada. Llevo meses sin escribir. No sólo porque por motivos personales lloré cada noche de febrero, marzo y abril, sino porque sólo tenía mi encierro para desahogarme. Un oxímoron cualquiera, que durante meses me ha quitado hasta mi percepción de mí misma, del que sólo me ha salvado tener un objetivo laboral en forma de oposición.

Hay mucho de resignación en el ejercicio de aceptar que la sociedad nunca toma la sinceridad por otra cosa que estupidez, que la sinceridad no se devuelve sin motivo y que de todo, hasta del amor, se puede desprender uno si el embuste tiene más papeletas para hacerte ganar que la sinceridad. Me han llamado cándida e ingenua por limitarme a amar sin filtros, aun viendo las vueltas en círculo, y por escribir historias de personajes entre los cuales no se encuentra ninguno con fondo inexcusablemente oscuro. Mi ejercicio de resignación consiste en empezar, poco a poco, a dejar de creer que el amor es correspondido cuando a la otra persona le brillan los ojos al verte o te besa como si fueses agua fresca en medio del desierto -me dicen que cómo puedo ser tan crédula, que eso no es nada, que el amor es ir juntos de compras al Ikea para amueblar una casa- y en convertir a la que iba a ser mi próxima heroína literaria en una mujer mala -no burdamente mala; la transformación hacia el mal es más interesante, de lo contrario nadie tendría ni dos segundos para Satán o Darth Vader-. Cuando sea capaz de volver a escribir y a besar, tendré todo esto en cuenta.

Hay mentiras que no me puedo permitir. No puedo fingir que no me gusta algo o alguien que me enloquece, ni al contrario. ¿Por qué aquel día puse en bucle aquella nueva canción? Porque me hizo sentir viva, y es justo ese el único sentido que le veo a vivir. ¿Por qué dejé ese libro al cuarto capítulo? Porque no se diferenciaba del anterior libro del mismo autor, que me aburrió soberanamente y que todo el mundo decía que era tan bueno. ¿Por qué decidí salir de la sala de cine en mitad de la película? Porque, aunque la película estaba bien, yo no estaba para la película, lo que no significa que dentro de un tiempo no pueda darle otra oportunidad y que la conexión sea inmediata.

Una vez, una persona a la que quiero muchísimo me dijo “yo soy feliz”. Estoy segura de que no me dijo la verdad; lo estuve en ese mismo momento. No me miró a los ojos al decírmelo. Pero le concedí que nadie podía saberlo mejor que él mismo.

Yo no soy feliz, lo que soy es consciente de la suerte que tengo de haber nacido donde y cuando nací. En el reparto de la fortuna, estoy en las tablas lejanas a la miseria, aunque la riqueza no sea capaz de verla ni a catalejo -creo que ésta la tengo aún más lejos que la miseria, pero me conformo con no ver a una mientras no termine de caer en la otra-. Es sólo que, en pocas palabras, no soy feliz. Lo era de niña, pero los deseos, los objetivos y las oportunidades cambian, se complican y escasean. Estoy peleando con todas mis fuerzas para obtener una calma que sea la base, el papel en blanco, sobre la que empezar poco a poco a sentirme más satisfecha. Aunque sé que el 2020 todavía no ha dicho la última palabra. Soy consciente de que decir que una no es feliz sólo ayuda a que la gente se aleje, aunque no más que decir que me quiero mucho. Quizás sean las últimas verdades que diga voluntariamente. Aunque seguramente no, porque aún estoy aprendiendo.

El Desvío: Requisitos.

Jerez de la Frontera, 5 de mayo de 2020.

Todos los acuerdos tienen sus términos. Si un término se desactualiza, la firma se invalida y el acuerdo pierde su vigencia. Esta es una plantilla, a cumplir por ambas partes en igualdad, sometida a revisión constante.

REQUISITOS PARA CONQUISTARME:
1. Tener el talento de llamar inconscientemente mi atención desde la distancia. Primero observo cómo eres y luego descubro si me gustas o no, sin que tú fuerces nada. Si te acercas a mí antes de darme ese margen, mi tendencia siempre será negativa.
2. Debes tener claro lo que quieres de mí y exponerlo desde el principio.
3. Debes estar soltero o en proceso de separación.
4. Debes quererte a ti mismo.
5. Debes entender la diferencia entre lealtad y fidelidad. La fidelidad sólo es real si es producto de la lealtad a uno mismo. En caso contrario son una farsa, destrozan el punto 4, y no me sirven.
6. Debes tener y demostrar genuino interés por mí, mi historia, mis gustos y mis intereses.
7. Debes ser capaz de provocarme admiración a nivel intelectual. 
8. Te ayudará tener una voz bonita.
9. Te ayudará tener unos ojos bonitos.
10. Si el punto número 2 varía, pondrás en orden tus ideas y volverás a exponer qué quieres de mí, antes de mentirme a mí o de mentirte a ti mismo.

REQUISITOS PARA NO PERDERME:
1. Mi relación contigo es cerrada. No la abras antes de hacerme saber que quieres una relación distinta.
2. Cuando te enfades conmigo, no me perderás el respeto ni física ni verbalmente.
3. Serás la persona que demuestre más ganas de hacerme feliz en este mundo.
4. Serás comunicativo conmigo, para lo bueno y para lo malo.
5. Cuidarás de mí, esté yo delante o ausente.
6. Serás muy paciente y cariñoso conmigo.
7. Si tienes buenas o malas noticias que dar, me enteraré por ti, con preferencia con respecto al resto del mundo. A no ser que prefieras darme una sorpresa, lo cual sólo aplica para las buenas noticias.
8. Tu tiempo es oro para mí y mi tiempo debe ser oro para ti. 
9. Te ayudará cocinar bien.
10. Te ayudará besar bien.

REQUISITOS PARA RECONQUISTARME:
1. Infórmate, con alguna fuente fiable, sobre si te echo de menos. Si te dicen que no, desiste. Si te dicen que sí, se están refiriendo a ti, no a la situación en la que nos encontrábamos. Puedo volver a las personas, nunca a las situaciones.
2. Revisa los puntos de los REQUISITOS PARA NO PERDERME, averigua cuáles descuidaste y corrígelos antes de buscar una segunda oportunidad.
4. Discúlpate de forma expresa.
5. Si me quisiste mucho pero mal, empieza a cuidarme y a quererme mucho y bien, que sabré valorarlo. Si me quisiste poco y mal, en el punto 1 te dijeron que no.