El Desvío: Un par de huevos.

Ayer, en clase de interpretación, hablamos de una emoción concreta: el miedo.

Reflexionamos hasta concluir que existe un más que poderosísimo miedo a confesar la infelicidad.

En esta sociedad, sin apenas momentos de silencio en los que escucharse a uno mismo -premisa terrorífica para muchos-, nos exigimos continua satisfacción momentánea, como el efecto de cualquier droga o vicio sucedáneo -como la comida confort, por ejemplo-. Y si no la tenemos, la fingimos. La satisfacción y la felicidad son fáciles de fingir, porque esa máscara que te pones es un mecanismo de defensa que la sociedad va a recibir de tu parte sin hacer preguntas. Al contrario, de hecho; te premiará con likes y retwitts. Y esos likes y rettwits activan los opiáceos cerebrales que libera cualquier droga. Por eso hay personas que se enganchan sin remedio y comienza a ser vox populi que está fingiendo su vida de felicidad el que la comparte con demasiada euforia.

Somos la primera generación con Instagram y demás redes sociales, así que se podrían matizar toda una escala de grises: la persona que se engancha al morbo de que otra le cuente su vida -real o ficticia- sin usar su propia cuenta para nada más y teniéndola completamente vacía, o la persona que necesita la adulación constante y que no deja pasar un día sin publicar una foto -eligiendo bien la foto, para estar al nivel-, pudiendo sacar incluso beneficio económico a su imagen y actividad -y acabar esclavizado por ello, que el capitalismo no es menos agresivo desde la red-, o la persona que necesita contarles a los demás que es feliz y que tiene una vida deseable, simplemente para que los demás le den likes y le comenten “¡Oh, qué genial!, ¡oh, qué envidia!, ¡oh, qué suerte!” y apuntalen, fervorosamente, toda duda interna que pueda tener esa persona sobre su vida -que no le satisface, evidentemente, pero que se mantiene intacta en el momento en el que los demás le dan el visto bueno, como si su vida fuese una democracia-. Este último, creo yo, es el grupo mayoritario entre las personas que nacieron y maduraron antes de la llegada masiva de internet. De hecho, es muy de pueblo cerrado eso de hacer algo de tal o cual manera para que los vecinos digan o no digan. El qué dirán. La gente insegura y su esclavismo hacia el qué dirán…

 

Pues, en fin, ayer estábamos en clase de interpretación y nuestro profesor nos contó que es interesante charlar con amigos que se dedican profesionalmente a la psicología. Para un actor deben de ser charlas muy útiles, además de interesantes. Nos habló de un paciente, en particular, que acudía a la consulta de uno de sus amigos. Historia verídica. Este paciente, llamémosle Antonio, se sentía muy culpable. Se sentía absolutamente culpable por no ser feliz, por vivir amargado, cuando, desde su punto de vista, no tenía ningún derecho a quejarse de la vida que tenía. Es decir, que sentía que era su obligación moral ser feliz con su vida porque era la que todo el mundo, según su creencia, desearía. La vida de Antonio se podría resumir en un enorme éxito profesional como abogado admiradísimo por sus colegas y al que le salen los billetes por las orejas, tres maravillosos chalets en propiedad, prestigio a reventar, un matrimonio de muchos años y dos hijos.

Antonio decide acudir al psicólogo, que ya es un acto de valientes. Acudir al médico de la mente está terriblemente estigmatizado, a pesar de que la sociedad en la que vivimos mejoraría una barbaridad, desde nuestras propias relaciones a cualquier nivel, si las revisiones fuesen periódicas, como lo son las del médico de familia. Deberíamos cuidar nuestra mente como cuidamos nuestro cuerpo, pero el simple hecho de acudir a la consulta del psicólogo, al parecer, ya nos convierte en unos locos. Y Antonio sabe, como cualquiera, que la gente es así de imbécil, pero le echa valor. Asume que necesita la ayuda de un profesional, como lo necesitaría la inmensísima mayoría, y se planta en la consulta.

Como decía, Antonio sufre de cargo de conciencia. ¿Cómo es posible que, teniendo todo lo que cualquier hombre con instinto puede desear, no sea feliz? Habría que sopesar, quizás, dos opciones.

La primera, muy común, es que Antonio sufra de insatisfacción crónica. Cuando la ambición de la persona en cuestión funciona como un síndrome de abstinencia, primero quiere una calada de éxito -en cualquier esfera y plano de la vida, ya sea laboral, sentimental, social…-, pero se le pasa pronto el efecto. Lo que ha conseguido no tiene realmente el valor que la persona le suponía antes de conseguirlo, por lo que la respuesta inmediata es “no es suficiente, necesito más”. Y toma más, pero eso que toma también pierde valor en el momento en el que lo consigue. Necesita otro chute, pero este más cargado, a ver si llega así el orgasmo del éxito. Y no llega. Llega un cosquilleo, quizás un subidón que todo tu entorno pueda celebrar contigo, pero no ha conseguido saciar la ambición y llevarte al estado calmo de la satisfacción personal. Y es que estás buscando fuera algo que está dentro.

Sin embargo, y conociendo cómo acaba la historia, la opción segunda es la que casa con Antonio. Antonio no busca fuera algo que está dentro, no. Antonio no busca nada porque hace mucho que lo encontró. Antonio, simplemente, no se atreve a escucharse. Ha encontrado, de sobra, la clave de su felicidad, pero no se atreve a usarla, porque admitir que lo que más desea en esta vida es volver al pueblito de sus padres y montar una churrería suena tan ridículo… Peor aún, suena a traición a su entorno. Antonio sueña con venderlo todo, donar la mitad de su fortuna a una ONG, repartir su herencia en vida y ser apenas el churrero de su pueblo. Pero eso significa dejar de trabajar para clientes que cuentan con él, dejar sin su mejor alfil al bufete de abogados donde entró siendo pobre y que le vio hacerse rico, significa dejar de engrosar las cuentas de la familia con miles y miles de euros mensuales… Es una decisión que afecta a su entorno más cercano. Y su entorno no se va a quedar callado, Antonio lo sabe. Le van a decir que cómo se le ocurre, que en qué puñetas está pensando, que se ha vuelto absolutamente loco… Y, por supuesto, el muy temido “te vas a arrepentir”.

Antonio fue a la consulta del psicólogo sabiendo lo que le haría feliz, pero sin valor a admitirlo. Lo que necesitaba era alguien que le ayudase a eliminar el cargo de conciencia. Porque un cargo de conciencia vitalicio es motivo de arrepentimiento, y el arrepentimiento es espantoso. Mejor no admitir la infelicidad, pensaba Antonio, que enfrentar un hipotético arrepentimiento. Además, si Antonio se arrepiente de dar un cambio tan grande en su vida, sufrirá el escarnio por parte de su entorno, una razón más de arrepentimiento: sentirte estúpido y que además te lo recuerden.

 

El psicólogo sabe que vives en una sociedad capitalista donde el dinero es lo que te pone y te quita categoría social. Por eso te llaman loco cuando renuncias a una fortuna que no te deja vivir sin mirar la bolsa de Tokio cada hora y que te rodea de buitres que te llaman “amigo”. Pero el psicólogo va más allá. También sabe que vives en una sociedad con valores y cultura judeo-cristianos y que el sentimiento de culpa está más que arraigado en ella como herramienta de sometimiento y control. Sabe que confundes amor propio con egoísmo desde que comenzó tu crianza. Sabe que te cuesta horrores, a ti y al resto de la sociedad, ser buena persona y mirar por ti al mismo tiempo. Por eso, precisamente, Antonio hizo bien en visitar al psicólogo. Porque, muy probablemente, Antonio no se había parado a mirarlo desde esa perspectiva.

 

El profesor nos cuenta que, efectivamente, Antonio superó su miedo. Donó la mitad de su fortuna a una ONG, entregó su herencia en vida y tiró para su pueblo con un “el que quiera, que me siga” para montar su churrería. Se intuye que no le siguió nadie. Y es el hombre más feliz del mundo.

Al término del relato, desde la primera fila, que es la que me suele gustar en clase, se me escapa un “qué cojones hay que tener para eso”. Me mira el profesor, asintiendo, encantado con mi reacción, y me secunda: “Un par de huevos, vamos”.

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