El Desvío: Tiempo paralelo.

Caños de Meca, 4 de julio de 2019.

Sueño con un tiempo paralelo, donde una vida más generosa nos habría encontrado antes y hasta la eternidad. Habría una playa gaditana, seguramente con un faro, donde todo el año pareciese verano al menos una hora al día. En el sueño, vivimos del comercio antiguo, de la artesanía, del buche y del espectáculo; todo casero, con sabores y colores que nadie querría perderse. Hubiese mucha o poca gente para comer, habría olido bien, a guiso o a tortilla de patatas, o a paella, o a sardinas a la brasa…, y tus cervezas y mis zumos, agua dulce para beber y salada para nadar. La vida sería más sencilla, que no más simple. Mi piel tendría mejor color, dormiríamos a otro ritmo, nuestras redes sociales no conocerían la censura, ni nuestra complicidad los límites. Nos secaríamos al sol, con la música de la caravana del vecino a lo lejos. Y no me iba a cansar de escuchar tus teorías sobre la vida y la suerte del bueno, del feo y del hijo de puta, ni de besarte al final de cada lección; enredarme a ti y besarte hasta perder la noción de la hora y el día, sin reparar en si tenemos o no tenemos una toalla que nos evite acabar revueltos en arena. Sólo tendría que mirar a mi lado cada vez que echase de menos esos ojos, para comprobar que me siguen mirando como aquel día en San Fernando.

El vecino tendría buen gusto; pondría a sonar a Los Delinqüentes para el mediodía y algo de Triana al atardecer, porque sabría perfectamente que se me entrega preso el corazón. A la hora de la siesta, con la brisa de mayo o el calor de agosto, nos refugiaríamos en una caravana de ventanas venecianas pintadas a mano. Echaríamos un estor que calmase la luz, y me reservaría toda la tarde para ti. Algunos días se juntaría el postre con el orgasmo, de no podernos esperar, y otros te haría dormir a carias y te devoraría al despertar. Una ducha, un poquito de maquillaje sobre la piel dorada al sol, sandalias a juego con ese vestido que tanto te gustó desde la primera vez que me lo viste y que acabó en el suelo, como todo lo demás. Tocaría volver al trabajo polifacético de hacer olvidar a los demás, con la música del vecino y los cócteles de coco y limón -que la gente es generosa cuando no tiene problemas en los que pensar-. Más aún si a lo lejos prenden las hogueras de San Juan. No sería un negocio para hacerse rico, porque el rico nace, no se hace; nace rico el que necesita poco, y se muere pobre el que no sabe lo que quiere. Si me preguntan: mi bombón y mi costa gaditana, con todo el tiempo del mundo y la intención de frente.

Dos días de descanso, entre visitas del amigo y del familiar, entre libros, fotografías, bailes y escapadas en moto a la pequeña urbe. Un cine o un teatro a nuestra salud. Un tren y a pasear las calles de tu vida, con tus anécdotas y las mías. Otro tren y al carnaval; el de tu cuerpo contra el mío, donde nos dejasen en paz. Que me cuentes qué has leído, recitándome en voz alta, y que me preguntes qué he terminado de escribir. Esto, para ti. Y bésame otra vez, que esto se acaba.

Qué difícil es mirarte en la distancia, carita de niño moreno con ojos de caramelo, y no desear que hubieses sido más valiente.

Qué difícil es soñar con una playa rendida a mis pies, sin imaginarte susurrándome al oído que me quede allí contigo.

Qué difícil es escuchar a Triana y no llorar, deseando volver a abrazarte, si fuese otra la realidad.

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