El Desvío: Reflexiones en confinamiento.

Mediodía, 19 de abril de 2020.

¿Han probado a ir al cine durante la Semana Santa? Pero no a la matinal, no. A la hora de las procesiones, cuando toda la ciudad está en la calle, en masa, luchando a favor o en contra de la corriente -se lucha igualmente- para ver mejor lo mismo de cada año, que cada año es único. Cuando toda la pasión, la devoción y el folclore están rugiendo ahí fuera, ¿han optado por refugiarse en una sala de cine, oscura y con escasa o nula afluencia?

La primera vez que tuve esa ocurrencia fue el Jueves Santo del año 2007. Esa tarde, preferí cambiar el negro enlutado de los trajes de mantilla por la penumbra entre las butacas. Además, fui a ver a un demonio, nada menos. Un musical con el que Tim Burton adaptaba un relato clásico de los Penny Dreadful británicos. Casualmente, en aquella ocasión, dentro o fuera del cine,  se podía disfrutar o sufrir un espectáculo de música y sangre.

Recuerdo esa sala, completamente vacía, en un pequeño centro comercial no muy alejado de mi casa. Aquel multicines terminó cerrando con la crisis económica que arrasó la ya por entonces maltrecha situación de deuda millonaria en Jerez. En mi ciudad eran dos las multisalas; una al norte y otra al sur. La crisis acabó con las dos. A finales de ese 2007, llegó un nuevo multicines, arropado, eso sí, por un gran centro comercial que se veía perfectamente desde la ventana de mi habitación y que terminó por darle el golpe de gracia al centro de la ciudad, cuyas calles lucían desiertas porque todo el que buscaba tiendas y ocio se empezó a decidir por la nueva y flamante oferta. Nos quedamos con ese gigante y cerraron los demás. Si sabe mal que cierren los cines a los que ibas en tu adolescencia, cuando estos tenían la personalidad escasa de las franquicias y cadenas, no me quiero ni imaginar lo tristísimo que tiene que haber sido para las generaciones anteriores ver cómo se consumían hasta la extinción esos hermosísimos templos con solera, sabor y personalidad propia que eran los cines “de toda la vida”. El capitalismo es cualquier cosa menos romántico y no respeta el valor de la nostalgia.

Una muestra, como otra cualquiera, de que nunca salimos de aquella crisis criminal en este país, la encontramos en la famosa Alameda de Hércules de la ciudad de Sevilla. La sempiterna capital andaluza, por su belleza e importancia, ha sido apaleada por la especulación en los alquileres y cada vez pertenece menos a los sevillanos. Los grandes clásicos desaparecen en favor de los hoteles y el turismo salvaje que destrozan el corazón y demás vísceras de las ciudades, alejando por segundos la opción de que sean los ciudadanos nacidos en ellas los que ocupen los espacios vitales de sus centros. La noticia es que, entre todos los pequeños y grandes templos de la vida social sevillana que han tenido que rendirse ante la impotencia de no poder asumir unos alquileres desorbitados, se halla el Multicines Alameda. Y este Domingo de Ramos de 2020, que todos hemos pasado encerrados a la fuerza, he hecho memoria.

En mi autobiografía habrá un sitio especial para la única vez que asistí a los cines Alameda, el Domingo de Ramos del año 2016. Me encontré un espacio que no se fusionaba con un centro comercial, aunque agrupase varias salas, sino que bebía del ambiente de la Alameda, lo que le daba un aire propio y desfasado en comparación con los cines en cadena que yo conocía. Sólo en Londres disfruté de verdad de cines antiguos que existían por sí mismos, hasta que un par de años después, también en Sevilla, descubrí el cine Cervantes. Por ello, visitar aquel rincón de la Alameda fue como disfrutar de una receta casera preparada por las manos más anárquicas. Por supuesto, también ayudó a crear esa sensación la elección de la cinta, con la firma notablísima de Gonzalo García Pelayo.

Fui sola, mientras el resto de la ciudad se agolpaba entre las procesiones. En aquella sesión había tres personas más de las que pronto me olvidé. Al salir, el taquillero me preguntó qué me había parecido la película, cosa que jamás en mi vida me había pasado, siendo yo gran consumidora del cine en salas. Le dije la verdad: que había sido una experiencia que disfruté muchísimo. Y el sitio la hacía completa. Esa extraña sensación que te queda al salir del cine y volver a la realidad es tremenda cuando sales a un mundo enchaquetado y echado a la calle para ver procesiones de Semana Santa. Eso hice, en cuanto me reencontré con mis amigos en aquella tumultuosa Sevilla sobre la que, ya hacía un rato, había caído la noche. Bienvenido sea el buen cóctel de emociones.

Confinada por el Coronavirus llevo ya un mes, y me pregunto cuándo será la próxima vez que pueda pisar un cine. Y lo que es más, me pregunto qué clase de cine echo de menos pisar. Y qué triste es recordar que nos cambian los Multicines Alameda por un hotel más que se coma las entrañas de la ciudad. Desearía un cambio de paradigma tras esta pandemia. Uno que fuese más romántico y que respetase el valor de la nostalgia.

2 respuestas a «El Desvío: Reflexiones en confinamiento.»

  1. Estupenda reflexión, siempre he pensado que lo que ha pasado en Sevilla con los cines daba para un post e incluso para un corto documental. En estos días en los que tantas vueltas se le está dando al concepto «primera necesidad» me hace gracia (una triste guasa como decimos aquí) pensar en que todos los cines de mi infancia se terminaron convirtiendo en supermercados. Nombres tan románticos como Regina, Rialto, Azul, Alcázar, Becquer, Delicias…hoy se llaman LIDL, IFA, MAS…
    Peor suerte corrieron el Florida que se convirtió en un parque infantil y terminó cerrando o el Andalucía junto a su cine de verano que mutaron en bingo y parking de bingo respectivamente, hace tanto tiempo de aquello que parece que siempre fue así.

    No recuerdo cual fue la última película que vi en el Alameda pero seré incapaz de olvidar aquel invento de la «sesión golfa» que incluía película y lata de Pepsi por 300 ptas. en una sesión a las 12 de la noche, ¡cuánto cine me dio! El nombre, brutal, aunque hoy lo políticamente correcto haría que fuera «sesión de vida disoluta» que regalasen una bebida no azucarada y por supuesto, no tendría un precio de 1,80 €

    Lo de ir solo al cine solo, recuerdo haberlo hecho dos veces. En Madrid para ver «Vampiros de Marte» de Carpenter y en Almería «16 calles» de Richard Donner. La primera porque no encontré a nadie que quisiera verla y en Almería me pilló de rodaje. En mi grupo de amigos siempre teníamos la coña cuando veíamos a alguien solo en el cine «¿solo y sin palomitas? seguro que es un crítico»

    1. Muchas gracias, Fidel.
      Yo fui sola por primera vez cuando quise ir a ver «Sin city», el verano de 2005. Estaba en Chiclana, de vacaciones en nuestra casa de campo, que está desoladoramente aislada del resto del mundo desde siempre -lo de hacer amigos en verano es una fantasía que no he conocido; empecé a escribir a mis 11 años y porque los veranos se me hacían eternos-, y no era una película que llamase la atención de mi madre o mi hermana pequeña. Así que me fui a los multicines Salinas y me lo pasé genial yo sola.
      A partir de entonces, he ido sola tantísimas veces al cine -muchas más que acompañada-, que he perdido la cuenta. Y al teatro ni te cuento…
      No te digo que no disfrute de la buena compañía, pero casi ni pierdo el tiempo en preguntar quién se viene porque no tengo grandes cinéfilos ni amantes del teatro en mi entorno más cercano -no sé de dónde me viene la afición, aunque manejo alguna teoría-. Así que ir al cine sola es lo más natural del mundo para mí, y un disfrute siempre que la película no sea un espanto.

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