El Desvío: Reflexiones en confinamiento II.

Decía Albert Camus que si la vida fuese clara, no existiría el arte. Puede que esa sea una de las virtudes del artista: transformar el absurdo caos de la vida en una obra que aporte opciones a través de las cuales caminar los senderos del dolor, la rabia, la ausencia, la memoria, la incertidumbre… Siempre habrá una situación espinosa para la cual querremos una respuesta rápida y certera que nos alivie. Querremos el mapa para tomar el camino más corto. El arte no es tan simple, no es una calculadora que te da soluciones matemáticas, sino un espejo que te invita u obliga a mirarte en profundidad, considerar las alternativas y elegir un camino. La solución está en nosotros mismos y, en muchas ocasiones, llegaremos sólo tras una demolición de nuestros propios prejuicios, planes, ideales… No todo el software que la cultura nos ha colocado en la cabeza y el cuerpo desde la infancia es sano, ni positivo, sino simplemente un pegamento de hermandad entre los miembros de esta especie humana. Por eso muchos vamos haciendo tantas preguntas; porque algunos nos despegamos para mirar qué otras formas hay de ser y hacer.

Chiclana de la Frontera, 16 de julio de 2020.

La última de esas preguntas que parecen actuar como disolvente del pegamento cultural que me he hecho tiene que ver con el absurdo de la muerte repentina de una persona, en principio, sana y joven. Al shock se le suma un ritual de unas cuarenta y ocho horas en un tanatorio, en las que no dejamos de compartir nuestro dolor. Es nuestra cultura y así es como lo hacemos. El sentimiento de comunidad en la pérdida y de dignidad hacia la persona que fallece es lo que se alimenta con esta tradición. O eso supongo. Y mi pregunta es si no es en exceso violento. Si no es una tortura que pudiera ser reemplazada por otro tipo de ritual.

Aquí estamos, a mitad del 2020, preguntándonos si todo puede tener menos sentido. Es mejor no preguntar, porque este annus horribilis siempre puede ir a peor.

Y, si esa es virtud de artistas, ¿qué ocurre cuando es el artista el que se ve abrumado por el absurdo? Siento la falta de modestia, al llamarme aquí artista, pero llevo tiempo escuchando a algunas personas reclamando que poco me hago valer, que poco me reivindico, que sentirse una impostora -mucho antes de que fuese un síndrome de moda- por mi parte es ridículo. Así que me permito presentarme con la acreditación suprema -que sigo sin creerme- que no me pongo yo si no me la piden otros antes. Nótese que, a pesar de mi defensa del áurea mediócritas, no para todo tengo punto medio.

¿Qué ocurre cuando es el artista el que se ve abrumado por el absurdo? Aún no tengo respuesta más certera que la de acercarse a otros artistas para valerse de sus miradas más limpias, menos viciadas del sinsentido particular. Pero seamos realistas. Este 2020 está consiguiendo que toda persona, sea de ciencias o letras, sea de campo o de artes, pierda la perspectiva dentro de un desconcierto global. No he vivido un año más absurdo, más injusto ni más violento. Nunca me he sentido tan sola sin estarlo. Sabía que estaba poniéndome de acuerdo con todos mis compatriotas para una causa común, lo que significa que nunca he estado acompañada de tanta gente, mientras que a nivel personal me volví consciente de que tener compañía es que la persona que tienes delante entienda lo que le dices. La soledad de la millennial frente a los boomers. Abismal.

Tengo la sensación de que creemos que, como artistas, algo estamos procesando, escribiendo historias o canciones sobre la pandemia. Me resulta incluso ingenuo. No sé el resto, pero yo confieso que no soy capaz de crear como antes, porque cada día soy más consciente de que mi razón no abarca parte suficiente de la situación como para ofrecer nada. Llevo meses sin escribir. No sólo porque por motivos personales lloré cada noche de febrero, marzo y abril, sino porque sólo tenía mi encierro para desahogarme. Un oxímoron cualquiera, que durante meses me ha quitado hasta mi percepción de mí misma, del que sólo me ha salvado tener un objetivo laboral en forma de oposición.

Hay mucho de resignación en el ejercicio de aceptar que la sociedad nunca toma la sinceridad por otra cosa que estupidez, que la sinceridad no se devuelve sin motivo y que de todo, hasta del amor, se puede desprender uno si el embuste tiene más papeletas para hacerte ganar que la sinceridad. Me han llamado cándida e ingenua por limitarme a amar sin filtros, aun viendo las vueltas en círculo, y por escribir historias de personajes entre los cuales no se encuentra ninguno con fondo inexcusablemente oscuro. Mi ejercicio de resignación consiste en empezar, poco a poco, a dejar de creer que el amor es correspondido cuando a la otra persona le brillan los ojos al verte o te besa como si fueses agua fresca en medio del desierto -me dicen que cómo puedo ser tan crédula, que eso no es nada, que el amor es ir juntos de compras al Ikea para amueblar una casa- y en convertir a la que iba a ser mi próxima heroína literaria en una mujer mala -no burdamente mala; la transformación hacia el mal es más interesante, de lo contrario nadie tendría ni dos segundos para Satán o Darth Vader-. Cuando sea capaz de volver a escribir y a besar, tendré todo esto en cuenta.

Hay mentiras que no me puedo permitir. No puedo fingir que no me gusta algo o alguien que me enloquece, ni al contrario. ¿Por qué aquel día puse en bucle aquella nueva canción? Porque me hizo sentir viva, y es justo ese el único sentido que le veo a vivir. ¿Por qué dejé ese libro al cuarto capítulo? Porque no se diferenciaba del anterior libro del mismo autor, que me aburrió soberanamente y que todo el mundo decía que era tan bueno. ¿Por qué decidí salir de la sala de cine en mitad de la película? Porque, aunque la película estaba bien, yo no estaba para la película, lo que no significa que dentro de un tiempo no pueda darle otra oportunidad y que la conexión sea inmediata.

Una vez, una persona a la que quiero muchísimo me dijo “yo soy feliz”. Estoy segura de que no me dijo la verdad; lo estuve en ese mismo momento. No me miró a los ojos al decírmelo. Pero le concedí que nadie podía saberlo mejor que él mismo.

Yo no soy feliz, lo que soy es consciente de la suerte que tengo de haber nacido donde y cuando nací. En el reparto de la fortuna, estoy en las tablas lejanas a la miseria, aunque la riqueza no sea capaz de verla ni a catalejo -creo que ésta la tengo aún más lejos que la miseria, pero me conformo con no ver a una mientras no termine de caer en la otra-. Es sólo que, en pocas palabras, no soy feliz. Lo era de niña, pero los deseos, los objetivos y las oportunidades cambian, se complican y escasean. Estoy peleando con todas mis fuerzas para obtener una calma que sea la base, el papel en blanco, sobre la que empezar poco a poco a sentirme más satisfecha. Aunque sé que el 2020 todavía no ha dicho la última palabra. Soy consciente de que decir que una no es feliz sólo ayuda a que la gente se aleje, aunque no más que decir que me quiero mucho. Quizás sean las últimas verdades que diga voluntariamente. Aunque seguramente no, porque aún estoy aprendiendo.

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