El Desvío: Lo que sea, pero ya.

“Generoso”, del latín “generosus”, que significa “abundante en nobleza”. ¿Y qué es la nobleza? Según la RAE, hay tres acepciones para esta palabra:

  • Cualidad del noble.
  • Conjunto o cuerpo de los nobles de un Estado o región.
  • Tela de seda, especie de damasco sin labores.

Es curioso que la RAE no recoja la acepción que relaciona la nobleza con la pureza, como en “madera noble”. En cualquier caso, me interesa eso de “cualidad del noble”. Se ve que no es cualidad del vasallo. Sin embargo, me escama una definición tan escueta porque no me queda claro si la generosidad es dar limosna -gran afición de los nobles que no pagan impuestos y luego hacen donaciones bien publicitadas- o es compartir -pagar impuestos, por ejemplo y aportar a tu nivel lo mismo que el pobre al suyo-. Vivimos en un mundo capitalista donde muchos participan sin entender ni darle importancia al hecho de que son dos los ejes fundamentales del capitalismo -y sin interés por enterarse, que se lo cuenten a Uber o Glovo-: el capital invertido por el empresario y el trabajo realizado por el empleado. Uno no es sin el otro, por lo que el empresario, a medida que aumente su capital, debe (1) mejorar proporcionalmente la compensación a sus empleados, (2) ampliar su plantilla y (3) expandir su negocio. Esto haría que toda la economía, y no sólo la del empresario, avanzara y se generase riqueza, pero, como mínimo, uno de esos tres pasos se incumple de manera religiosa, y es el que más se acerca a la generosidad. Si mi feje no me paga bien, mis opciones de consumo se resentirán, la economía no se moverá ni más ni mejor, la incertidumbre nunca se hará a un lado, con lo que los estados de ánimo no se relajarán y seguirá habiendo disputas eternas entre gentes insatisfechas. La serie (1), (2) y (3) falla porque hemos dejado totalmente fuera dos variables, a veces complementarias y a veces individuales, que no podemos ignorar: la avaricia y la maldad. No es lo mismo un avaro que un malvado, aunque a veces se dan ambas facetas en una misma persona.

“Avaricioso”, del latín “avaritia”, que significa “el que anhela, quiere o desea con ansia”. Desde un punto de vista religioso -concretamente católico-, la avaricia es uno de los pecados capitales. Un vicio que trasciende lo lícito y moralmente aceptable. Según la RAE, la palabra “avaricia” tiene una única e inequívoca acepción:

  • Afán desmedido de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas.

Atesorar -es decir, no gastar, no emplear, no dar uso a- riquezas que has reunido desmedidamente tiene poco, por no decir ningún sentido, más allá de la satisfacción de alguna profunda carencia emocional. Y te convierte en el más rico del cementerio, que históricamente ha sido una de las grandes estupideces cometidas por el ser humano: presumir de tumba. La codicia, que es uno de los sinónimos más fieles que tiene la avaricia, viene también del latín “cupiditia”, y, a poco que controle el lector de mitología y reconozca la raíz del nombre de Cupido, poco más se puede decir: “desear vivamente” Es avaricioso el que todo lo quiere para sí, tanto que en nada le importa dejar vacías las manos de los demás. EGO-ista: yo, para mí, por mí, mío. El autofanatismo y el desprecio a aquello que no me ponga a mí por delante. Este es el caso triste, el del ser humano que nunca va a encontrar la satisfacción real ni la felicidad, dado que la naturaleza de nuestra especie es comunal y colectiva, mientras que este individuo busca su propia satisfacción y la de su propia sangre, sin pensar en la del resto, como si estuviesen solos él y su estirpe en el mundo. Para nuestra especie, el aislamiento y la muerte están muy cerca. Luego está el caso terrorífico, que planteo a continuación.

“Malvado”, del latín vulgar, “malifatius”, que significa “señalado por un mal destino o desgraciado”. Así, parece que el malvado es el que sufre el mal, pero la palabra evoluciona hasta dar con su significado actual, que según la RAE, también tiene una sola acepción:

  • Dicho de una persona: Perversa, mal inclinada.

“Perverso”, del latín “perversus”, que significa “muy malo, totalmente contrario a las normas de la sociedad”. Es decir, un sociópata. Un ser humano caracterizado por comportamientos antisociales -anticomunales-: el culmen del individualismo. ¿No es lógico que el porcentaje de sociópatas al mando de empresas, multinacionales, gobiernos…, sea inmenso, cuando estamos en la gran era del individualismo? A mí, confieso, me aterra, pero no me sorprende en absoluto. Rigen el mundo una cantidad importante de narcisistas -necesidad de admiración y poder-, megalómanos -creer que importas más que el resto-, manipuladores -discurso impreciso con lógica oportunista-, egocéntricos -insensibilidad para con los demás-, racistas y clasistas -división entre los míos y los otros-, autoritarios -censura de toda crítica-, prepotentes y arrogantes -desprecio de lo innato en otras personas-, sexistas -valerse del género para adoptar actitud dominante o paternalista-…, y, finalmente, los carentes de toda empatía -ni comprende las emociones y necesidades de los demás, ni hace por ponerse en su piel, ni le importa; de los demás sólo le importa que le sirvan para algo-.

Avariciosa fue, por ejemplo, María Antonieta, como en aquella película en la que se la representaba como si cada día de su vida fuesen veinticuatro horas de clímax pornográfico vital, mientras a las puertas de Versalles “su” pueblo se moría de hambre y miseria a cuenta de los caprichos de su reina. Al final le cortan la cabeza, como todos sabemos, pero… ¿creen que todo el mundo vio la misma película? ¿Creen que todo el mundo encontró igual de lógico el final de la monarquía francesa? Cuánta gente no termina esa película queriendo ser esa reina…

Pongamos que María Antonieta no fuese malvada, sino que simplemente fuese una pija simplísima, sin inquietud alguna por saber cuantísimas vidas anónimas se arruinaban a diario para  que ella tuviese las fiestas, los banquetes, los sirvientes, los vestidos y los Jaguars pagados. ¿Qué es un malvado entonces? El que es consciente de lo que hace, de lo que le cuesta a los demás lo que hace, y no tiene ni la más mínima intención de cambar ni de permitir que algo cambie. Y, como sociópata, satisface sus desequilibrios psicológicos con la sumisión de los demás. Al señorito no le basta con ser rico; necesita comprobar que es mejor que tú, manteniendo su rodilla en tu cuello, asfixiándote en la pobreza. El señorito no consiente que tengas capacidad de decisión o autonomía -a lo que podrías llegar con ahorros, si no te pagase lo justo para sobrevivir-, ni que puedas prescindir de su mano que te da de comer. No es sólo acaparar el dinero y los lujos: es asegurarse de que tú, que viniste al mundo a servirle, no puedas ni olerlos. Que tú los olieras, haría que perdiesen su cualidad de exclusivos, y que el señorito no tuviese manera de distinguirse de ti. Necesita que haya una diferenciación. Que tu sitio es ahí abajo y el suyo es ahí arriba. Lean “Los santos inocentes”, o vean la película, o escuchen la radionovela…, y entiendan que de la ecuación del capitalismo no podemos sacar la variante “avaricia” ni la variante “maldad” si queremos las cuentas bien hechas.

¿Saben cuál es la norma suprema de nuestra sociedad? La Constitución. ¿Saben quién es perverso? Aquel que se afana por no cumplirla, por llevarle la contraria por la vía de la ilegalidad -véase que la propia Constitución permite su modificación por si al conjunto de la sociedad hubiese algo que le chirriase, pero siempre por vías legales, no saltándosela a lo loco, como hacen los criminales-. Una carta magna que dicta que los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social, es atacada por aquel que sí necesita mantener la diferencia del “tú ahí abajo y yo aquí arriba” para sentir que vale algo. La Constitución habla del derecho al honor, pero tenemos una prensa, unos medios de comunicación, que de la ética y la deontología no sacan el dinero que sus dueños quieren atesorar para una buena tumba, además de ayudar así a apuntalar una opinión pública favorable a los poderes fácticos -egoístas, sociópatas- entre los que ellos mismos se encuentran. La Constitución habla del derecho fundamental a la libertad de expresión, sí, y con un límite muy claro: que esa expresión no puede faltar a ninguno de los derechos redactados en la norma suprema, entre ellos, como ya digo, el derecho al honor. Habla del derecho al trabajo, pero no a la explotación: “Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia -tenemos una constitución con puntos muy conservadores, pero en cuanto a los derechos y deberes es muy socialista, precisamente porque no permite la explotación, de ahí que el capitalismo imperante en el país se la pase por el forro-, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por razón de sexo”. Habla del derecho a la vivienda: “Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, REGULANDO la utilización del suelo de acuerdo con el INTERÉS GENERAL -y no particular, que esta es la oración al completo que el ministro José Luís Ábalos se niega a cumplir, lo que demuestra una vez más que la Constitución es infinitamente más socialista que él y que su partido político- para impedir la especulación”. Y, por último, sólo me queda señalar que el artículo 31 de la Constitución dice así: “Todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su CAPACIDAD económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y PROGRESIVIDAD que, en ningún caso, tendrá alcance confiscatorio”. En otras palabras, los impuestos regresivos -los que no tienen en cuenta la capacidad económica del contribuyente, como los peajes o el IVA- son injustos. ¿Se acuerda la gente de que el PP subió el IVA de la cultura en plena crisis (2012) del 8% -que ya era una pasada- en el que estaba al 21%, y que sólo la feroz insistencia del sector y los consumidores consiguió que lo dejasen en el 10%? Al mismo tiempo, regalaba 65.725 millones a los bancos porque había que rescatarlos a ellos y no al pueblo. Al mismo tiempo, se aprueba una amnistía fiscal para que los máximos chorizos del país se acogiesen a una regularización que les perdonaba millones y millones de euros -y que más tarde se declaró inconstitucional-. En fin, que hay que saber ver cuándo se están riendo de ti en tu cara.

¿Por qué creo que la gente, en masa, vota a partidos políticos que les mearon en la cara en la crisis anterior y se definen por ser opacos, instrumentalizadores de las víctimas del terrorismo, corruptos, cómplices de fraude a Hacienda, cómplices de fraudes administrativos…, y, por qué no decirlo, vergonzosamente retrógrados? Prometen bajadas de impuestos -para el sector empresarial, no para el consumidor o para el asalariado-, no protegen la salud pública, hablan de la economía como lo más importante -para el sector empresarial, no para el consumidor o para el asalariado-, y animan a beber cervezas y salir en pandemia. Quizás por eso, porque llevamos un año y medio encerrados, cohibidos, sin sentir esa falsa libertad que tanto nos gusta. Porque queremos volver a la normalidad, como sea, con toda su mierda, con todos sus corruptos, pero la queremos de vuelta y la queremos ya.

No será que lo que más nos desestabiliza es que vivimos entre yonkis…

Porque, en el fondo, no somos capaces de pasar cinco minutos sin mirar el móvil, o dos días sin pisar una tienda, o dejar de coleccionar cosas no por necesidad sino por la satisfacción que nos produce saber que existe y que lo vamos a tener en cuanto lo compremos -chapas, muñecos, blu-rays, zapatos, coches de lujo, da igual, cada cual colecciona lo que puede-. La publicidad se dedica justo a eso: no crea una necesidad, no tienes necesidad de llenar tu casa de blu-rays, pero te convierte en el gato de Schrödinger y consigue que busques ansiosamente ese momento en el que tienes el producto que sea en la mano y puedes pasar tu tarjeta, recibir el ticket de compra, dar las gracias y pirarte. El resto da igual, tu colección se ha ampliado pero lo que estás deseando es volver a repetir la secuencia al pasar por caja. Si te regalan algo, lo agradeces, pero no es comparable al placer de pasar por caja. La gente que te ve cogiendo algo en la tienda y te dice “pero si ya tienes veinte camisetas, pero si ya tienes un montón de esto, pero si en casa ya hay de lo otro…, ¡pero si esta peli la tienes en Netflix, qué haces comprándola!” pueden parecer unos aguafiestas, porque no responden a un patrón emocional sino lógico, pero en el fondo son los peores enemigos de la gran era del consumismo en la que vivimos. Y, mientras podamos consumir, aunque tengamos dos duros, ellos que roben lo que les dé la gana, porque, además, Pablo Iglesias me cae fatal.

Consumismo, inmediatez e individualismo. Esa es la era en la que algunos viven y otros malvivimos. ¿Cómo no van a ganar los partidos que prometen que -criatura más importante que las demás- vas a poder decidir, hoy, aquello por lo que quieres pagar sin más demora? Una cerveza en un bar, claro, porque para una mariscada en Mallorca no te da tu sueldo de 1.500€ -sueldo medio de las mujeres en España, 2021-, con el cual tienes que pagar el alquiler de tu “piso” de una habitación, de entre 600 y 1.490€ al mes por 30m2 en Madrid -búsqueda de precios realizada al tiempo que escribo estas palabras-. Pero la cerveza no te la quita ni dios. Además, como ya digo, Pablo Iglesias te cae fatal, lo cual invalida su programa electoral y al resto de personas que vayan en su lista, especialmente a Irene Montero por enchufada -que no se crean que no lo he pensado, porque lo he pensado, pero ¿qué pareja no se enchufa mutuamente en este país? Absolutamente todas, que ya sé que mal de muchos consuelo de tontos, pero hay realidades que ni la más pulcra de las políticas puede disolver-, y seguidamente a Yolanda Díaz por… porque… bueno, no te preocupes, algo te contarán desde la prensa que pueda justificarlo.

Creo que aún estamos por descubrir el lado más oscuro del individualismo. Más de un 40% de la juventud está en paro en este país, y del resto la mayoría sobrevive en precario. Todo el mundo habla de los empresarios que han sufrido pérdidas en estos meses -y pensar que la hostelería es uno de los pozos negros más profundos del fraude fiscal en este país…-pero no se dice ni una palabra de los jóvenes si no es para hablar de las cifras del paro. ¿Qué puede ser más individualista que convertir a varias generaciones en números que en nada importan mientras esto no colapse? Tanto los jóvenes que están en paro como una gran mayoría de los que no pueden depender de su sueldo -porque trabajadores pobres hay a patadas- viven en casa de sus padres. Padres que rondan los 60-70 años o más. Se han parado a preguntarse el gasto que esas familias soportan, por culpa de un mercado laboral esclavista y un improbable acceso a la vivienda, y qué harían todos esos jóvenes -entre los que me incluyo, aunque ya por poco, porque los años pasan- sin esa comunidad… Mis padres tienen siete y nueve hermanos cada uno. Yo sólo tengo una hermana. La red se hace pequeña, aunque por motivos positivos: existen anticonceptivos, la violación dentro del matrimonio -sigue siendo un gran tabú- se reduce gracias al divorcio, a la educación sexual y al feminismo, hay una ley del aborto, la mujer se incorpora al mercado laboral, la planificación familiar entra en la cotidianeidad de la sociedad… Todo es positivo. El problema social llega cuando el capitalista exprime sin devolver beneficios en proporción al trabajo realizado, cuando no da de alta, cuando paga en negro, cuando firma contratos que no le cuesta ni dos duros romper…, y tienes a una generación -ahora son dos- en la calle, más preparada que la generación de sus padres, sin presente y sin futuro. Las familias cuidan de nosotros, pero nosotros no podremos cuidar a una familia. Sin el tejido de la familia, estaríamos completamente desamparados, por eso nos comemos años en casa de nuestros padres, soportando una brecha generacional que, en ocasiones, hace muy difícil la convivencia. Se aísla a la juventud de la participación real en la sociedad, no se le permite tener propiedades, ni siquiera salud mental -la incertidumbre es un enorme estresor de la ansiedad-. Y ese aislamiento es una lastimosa muerte en vida.

A veces pienso que pasamos tanto tiempo en redes sociales porque es una forma de evasión barata y bastante más meritocrática que la realidad, pero no olvidemos que tener muchos seguidores no tiene por qué traducirse en tener nada más ni en ser algo bueno en particular. También las usamos huyendo de los canales de información tradicionales, que han demostrado ser deficientes en cuanto a transparencia, objetividad y contraste de las noticias. Si un político miente en la cara del entrevistador, no se le baila el agua ni se le da voz con la excusa de la libertad de expresión, ni se toma una opinión por un hecho: se le dice que está mientiendo y se le ponen por delante las pruebas de que miente. A no ser, claro, que la mentira del político te venga de perlas como empresario de la comunicación que eres. Cuarto poder, qué viejo puto barato has sido siempre…

¿Cuál es el plan para ayudar a esa juventud que no levanta cabeza? Me parece estupendo que en el telediario salga quejándose el del restaurante y el del hotel, pero no pregunto por ellos. Pregunto por los licenciados y graduados con idiomas que trabajan para ellos por dos duros -que no les permiten emanciparse- y con contratos por obra y servicio cuando ocupan un puesto que no es temporal. El plan, si le preguntas al liberal, es el siguiente: que el joven de turno se tatúen alguna frase de Mr. Wonderful y se convenzan de que si quieren ser felices, sólo tienen que ser felices porque el estado de ánimo, como todo en el mundo liberal, depende del empeño que le pongas. En el mundo liberal de Mr. Wonderful no hay ni avariciosos ni malvados, solo muchas sonrisas inquietantes, mucho analfabeto y mucho anestesiado.

Miren, me alegro de que la ministra de trabajo y vicepresidenta tercera sea Yolanda Díaz. Creo que es la primera vez en la historia de la democracia española que un titular del Ministerio de Trabajo EMPATIZA con el trabajador, sabe lo que tiene que hacer para que el capitalismo en el que vivimos se obligue a reinvertir beneficios en los propios trabajadores -que, no olvidemos son fuerza motora del mismo- y además -y esta es obviamente la diferencia- quiere hacerlo. Yo nunca he tomado cerveza, debo decirlo porque parece que es relevante, lo que sí que he hecho es matarme a estudiar durante toda mi vida y obtener como resultado sueldos paupérrimos, en puestos que requerían una formación infinitamente inferior a la que me he trabajado durante años, el robo descarado de mi tiempo y mi salud, la poquísima educación de las personas que me han contratado o que me han puesto a trabajar sin contrato, e incluso el amargor de las discusiones con unos padres a los que ya te gustaría poder decirles que te has comprado un piso. No quiero una cerveza. Quiero un presente que me he ganado y un futuro que algunos egoístas y malvados se niegan a devolverme.

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