El Desvío: La sinceridad es hormonal.

Tengo las hormonas liándome la de San Quintín. Porque llevo un mes y medio encerrada, pasando las horas de «ocio» en el mismo espacio que acoge mis inextinguibles horas de estudio; porque el amor sale o no sale; porque preparar una oposición estatal en medio de un escenario de quiebra vital absoluta ya provoca un estrés suficientemente agresivo durante semestres y más semestres; porque el encierro me ha tocado en un ambiente que lleva siendo disfuncional toda la puta vida…

Esta es la primera vez que tengo la regla dos veces el mismo mes, siendo yo un reloj suizo, desde que me estrené a los 11 años. El dolor de cabeza es infame, la falta de concentración absoluta, mi aspecto horrible, mi buen humor -que jamás se vio antes afectado por la menstruación- es inexistente. Esto significa que mis hormonas no saben en qué día viven, y mi autocontrol se resiente enormemente. Siendo rabia, tristeza, odio, necesidad de revancha…, nada bueno, excepto, inexplicablemente, esperanza.

No tengo ganas de nada. No quiero pasar el día tumbada en la cama, pero es lo que menos trabajo me cuesta. Mi cuerpo se deja engullir en este catre en el que no consigo pegar ojo, y mis miembros se sienten pesados como si fuesen de cemento. Siento cada milímetro de mi cuerpo alerta, día tras día y noche tras noche. Taquicardia en lugar de un despertador. Estrés por abuso de la tristeza, de camino a la ansiedad.

El humor castrado y los ánimos variables. Volver a Twitter, después de ocho meses, para vomitar con toda esa gentecilla insignificante -verificada o no, con el millón de seguidores o con ninguno, la insignificancia es la misma- creyéndose que ladrar mucho no les retrata como simples perros, o que publicar una o dos frases sesudas y sibilinas no les hace exactamente igual de prescindibles. Qué pereza me dan los que reparten carnets de intelectual, carnets de patriota o carnets de víctima. Señores, son todos ustedes un puto coñazo. Y dejen de besarse el culo buscando trabajo, que pierden la perspectiva en cuanto pueden arrimarse al enchufe de otros. La fama y la fortuna, sobre todo la del vecino, no les van a servir para nada.

De vez en cuando, día sí y día no, recuerdo que debería grabarme a hierro candente en zona blanda y en comic sans: deja de darle a la gente cosas que no se ha ganado, porque jamás las valorará, por mucha ilusión que te haga, hija de la gran puta, que me tienes en ruinas.

No sé, no llevo la cuenta de cuántas veces he llorado desde enero. Llevaba un 2020 de mierda antes que el resto del planeta -recuerdo haberles felicitado el Año Nuevo a dos personas, sabiendo que para mí estaban suponiendo unas navidades tristísimas- y, por supuesto, el encierro es un agravante impiadoso. Lloro a mares en la cama, antes de -no- dormir; en medio de cualquier tramo del temario de la oposición, porque se te cruzan imágenes que no corresponden en absoluto a los estudios y tienes que soltar el bolígrafo, quitarte las gafas y ceder hasta que la mierda salga y te deje en paz hasta la próxima. O durante los más sencillos ejercicios de respiración que he empezado a realizar para relajarme -aún sin mucho éxito-… Todo esto, por supuesto, sin permitir que mi entorno -encerradísimo conmigo- lo vea. 

Y, por si todo esto fuese poco, ahora viene el plato fuerte. Estoy desarrollando, o he desarrollado ya de sobra, frialdad absoluta con respecto a la vida o la muerte de gente que considero antipática. Si no es hormonal, no entiendo nada. No es que me alegre de la muerte de nadie, es que no siento pena por la maldad que encuentra su fin eterno, cuando nunca debió iniciar su andanza limitada. La cuestión es que en mi casa no hay muerto malo y no mostrar respeto, aunque sea con el silencio, es sacrilegio. Y lo entiendo, pero es un detalle que empiezo a perder sin complejos cuando se trata de la muerte de hijos de puta. Que luego siempre se nos van los mejores y no nos queda consuelo. Sigo diciendo que hablan las hormonas, el encierro y el desgaste por el sinsabor de situación de atasco vital profundo, o eso quiero creer. Te sientes vacía, al tiempo que te entristece la sensación de que poco o nada puede herirte. La insensibilidad te invade y te preguntas si alguna vez probarás el sabor de la felicidad y serás capaz de disfrutarlo.

Hace unos días, en medio del encierro, una buena amiga me dijo que la gente nunca es sincera del todo, que cada cual selecciona siempre lo que elige exponer, y que si yo soy completamente sincera cometo un gran error. Sin embargo, no me aterra la idea de inmolarme a base de verdades -las que me duelen a mí y las que ponen nerviosos a los demás-. Menos mal que estoy aprendiendo. Este año he aprendido a no sincerarme, aunque aún no lo he puesto en práctica. También he aprendido que hay quien nunca va a dejar de mirarte por encima del hombro si no ejerces violencia, muy a tu propio pesar.

A todo esto, sigo escribiendo. No cada día. Someter a mi cabeza a una charla profunda conmigo misma, arrojarme a la sinceridad más dolorosa y sacar valor para plasmarla es agotador. Y no compensa. Lo he comprobado hasta la saciedad.

No lo hago porque compense. Lo hago porque todos necesitamos un vicio para evadirnos y el mío siempre ha sido escribir. Escribir mi verdad.

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