El Desvío: El comunicólogo. Capítulo 2.

La comunicación es un arte, una ciencia y una tecnología. Todo a la vez. Es un arte escrito y audiovisual, es una ciencia que encierra antropología, lingüística, psicología, sociología, a menudo teología, historia…, y es una tecnología puesto que facilita, mediante el progreso y la invención, la vida de los seres humanos.

El lenguaje, todos los lenguajes, deben cumplir con una misión primigenia y última: la comunicación efectiva entre emisor y receptor. El comunicólogo es, en definitiva, el experto que sabe qué teclas tocar para que esa comunicación sea lo más certera y sencilla posible, abarcando cualquier grado de complejidad. Dado que la Comunicación Audiovisual está enmarcada dentro de las Ciencias de la Información y que muchos científicos se ofenden por ello, quiero decirles a esos científicos que ni siquiera me parece una actitud purista, que lo único que se evidencia cuando se quejan de la terminología empleada en este caso es pura ignorancia, como ya he justificado en el primer párrafo de este artículo. Por si les ha sorprendido que incluya la teología, les diré que, como comunicóloga, considero imprescindible el estudio de las grandes religiones como auténticos titanes de la comunicación, la propaganda y el marketing, lo cual las ha llevado a ser las empresas más rentables de la historia de la humanidad.

Una de las grandes desventajas de que la carrera de Comunicación Audiovisual sea una gran desconocida es que a los comunicólogos nos cuesta sudor y lágrimas hacernos respetar como lo que somos, una suerte de cirujanos del mensaje, y que, a menudo la gente de a pie no nos cree cuando señalamos elementos que hemos estudiado durante años -cino en mi caso, que soy de licenciatura-. Cuando estoy en casa, viendo la televisión, y alguien pone un reality, o un programa con las motivaciones culturales como las de “Mujeres y hombres y viceversa”, suelo matar el aburrimiento y la incapacidad de cambiar de canal analizando cada detalle: la cadencia, los tiempos y los tonos del presentador, el montaje de realización, la elección de la música de fondo, la elección de las palabras, la ropa que llevan unos y otros, la posición de cada elemento y protagonista en el plató, la disposición del público, qué dicen y cómo lo dicen los letreros que van saliendo en pantalla, porque absolutamente nada es casual. Todo, desde la luz en plató hasta los cortes de publicidad, está escrupulosamente controlado y elegido para crear una emoción y una reacción en el espectador. Una emoción y una reacción que, sin duda, buscan contentar a las empresas que van a anunciarle sus productos durante el calculadísimo corte de publicidad. Lo más complicado es argumentar que no sólo eso está preparado, sino que todas las intervenciones de los participantes del reality están guionizadas y que la producción del programa tiene un poder de persuasión sobre el público que el público desconoce por completo. Eso sí, las audiencias manejan cada día más los misterios del lenguaje audiovisual, por lo que hay que esforzarse un poco más -no mucho más- para manipularlas. En mi casa, por más que yo argumentase lo contrario, me aseguraban una y otra vez que las intervenciones de “Mujeres y hombres y viceversa” no tienen guión. No sé qué está más guionizado, si el plató o los encuentros que se graban, pero me hacía sentir muy impotente que alguien de mi entorno pudiera creer que hay algo de espontaneidad en programas de ese corte. Cuando mi médico me diga que no tengo pierna porque me la ha cortado, le llevaré también la contraria.

Pues bien, dicho esto, la parte más oscura de la historia de la comunicación, a mi entender, y siempre dejando aparte las grandes religiones -que son la Champions League de la comunicación de masas-, se dio por parte del bando nazi, durante la Segunda Guerra Mundial. Seríamos mucho más libres y juiciosos con respecto a esa marabunta de bulos y noticias falsas, que aprovechan la rapidez y virulencia -“viralidad” decimos incorrectamente- de internet para invadirnos, si leyésemos, al menos una vez en la vida, un libro sobre la historia de la propaganda. Alguien tendría que hablarnos de cómo afectó a la historia de la humanidad la invención de la escritura, la de la imprenta, la de internet… Y que no se salten a Goebbles. Joseph Goebbles se estudia en la carrera de Comunicación Audiovisual, y no era otro que el flamante Ministro para la Ilustración Pública y Propaganda de Hitler. Ojo a eso de la “Ilustración pública”, que es de lo más revelador, porque ese era su cometido: meterse en la cabeza de la gente y hacerles pensar -ilustración- sobre lo que él quería, con la opinión que a él le convenía, cuando él lo decidía. Los políticos de hoy en día copian descarada y muy torpemente a las mentes de la propaganda nazi y soviética… Muy torpemente y con una clara despreocupación por la sensibilidad e inteligencia del pueblo, como cuando Esperanza Aguirre hizo aquel cartel en el que se la veía abrazando a una mujer negra de avanzada edad, con una sonrisa inmensa en la cara de ambas, que no tengo del todo claro a quién pudo engatusar. Goebbles hilaba más fino porque era perverso pero tenía una mente privilegiada, tristemente al servicio de la maldad, y perfeccionó la técnica y los resultados. Aun así, nos podemos ir más atrás en el tiempo y llegar a la Antigua Roma, donde el populacho se distraía en el Coliseo, viendo cómo los gladiadores se enfrentaban a las fieras, mientras ellos comían pan que les regalaba el político de turno por acudir al espectáculo como espectador, y, cómo no, ejercían las votaciones en directo para salvar o no al concursante… Y, lo quiera el público o no, producción -a menudo bajo los hilos de anunciantes y accionistas- siempre tiene la última palabra. Pan y circo. Tan viejo y tan actual.

Marcar la agenda “ilustrada” pública es algo que hoy en día hacen absolutamente todos y cada uno de los medios de comunicación de masas: cadenas que deciden que de la corrupción de la Corona no se habla, que de lo que ha robado tal o cual político no se habla, que del problema vergonzante de los desahucios y los suicidios no se habla, cuando son temas que darían material nuevo cada día y nadie lo aborda porque esa no puede ser la agenda ilustrada de un pueblo amansado. Otra manera de “ilustrarnos” que tienen los medios es eligiendo al personal, porque que los tertulianos de Intereconomía que se hacían virales por soltar barrabasadas debían participar de los programas de tertulias de cadenas mayoritarias, no fue una decisión casual. Esas barrabasadas son morbo, el morbo es audiencia y la audiencia es dinero; sacar a los monstruos de la gruta también les vale, porque les da dinero. Además, ¿para qué te voy a hablar de desahucios y de jóvenes que no cobran después de encadenar siete contratos de becario? ¿Para qué vas a pensar en las personas que por decenas y cientos mueren en el mar que baña nuestras playas cada día? Para qué, si hoy y mañana y pasado y el otro vamos a estar requetebién distraídos con el rescate de un niño de dos años -no vamos a decir que es el cuerpo o cadáver de un niño de dos años, que se pierde juego y morbo, aunque hasta la más optimista de las teorías así lo indique-, el sufrimiento de la familia -porque esto es una película para el público, no información, esto es entretenimiento- y una excavadora en plano fijo durante horas en tu pantalla -para que el sensacionalismo no decaiga y el espectador sepa que en cualquier momento estamos de vuelta con un nuevo episodio de “Carroñeros por el mundo”-. Vergüenza pura de los periodistas y comunicólogos que se han meado en la profesión como lo han hecho este primer mes de 2019. Porque el público, que se cree soberano, a lo mejor no tiene las armas para distinguir el trabajo periodístico del oportunismo cínico, pero los que hemos visto, sin paños calientes, lo que habéis hecho, y la sangre fría que habéis tenido para hacerlo, seguimos aquí porque la vergüenza no mata. Hipócritas, inhumanos, indignos de tener en vuestras zarpas el cuarto poder.

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