El Desvío: Como dijo Valle.

Ramón María del Valle-Inclán.

En el año 2011 salió a la venta mi libro “El secreto de Caperucita Roja”, me licencié en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Sevilla y, además de ir a curso por año, conseguí aprobar los exámenes para mi certificado de Inglés C1. Ese verano, justo en el mes de septiembre, tras entregar mi justificante de prácticas, terminé mi carrera sin saber qué haría a continuación y sin tener ninguna especialidad. Muy a mi pesar, mi paso por la universidad no me había enseñado ni remotamente a escribir, pre-producir, producir, dirigir, interpretar, post-producir ni distribuir cine, que era para lo que yo, ingenuamente, me había matriculado. Empecé un Máster de Dirección Cinematográfica, a distancia, con la Universidad Camilo José Cela -la de Madrid-, sin embargo, el país entero se sumía en una “crisis” en la que me vi sin opciones de trabajar mientras lo cursaba. Pongo “crisis” entre comillas porque, depende de cómo te pille, una crisis te afecta para mal o para bien. Años antes tuve una crisis de fe que me sentó maravillosamente, pero una crisis económica no me iba a venir tan bien. A mí, que era clase obrera recién licenciada y con experiencia paupérrima -con decir que mis prácticas de la universidad las realicé en Onda Jerez, cadena local que sigue anclada en el pleistoceno de la tecnología y cuyo responsable principal (el ayuntamiento) no se interesa por modernizar ni técnica ni humanamente…-, una crisis económica me condenaba al ostracismo a pesar de mis ganas de trabajar. Cuando me mudé a Londres en enero de 2012, huyendo del páramo en el que se había convertido España, y más aún con una mayoría absoluta de M. Rajoy, una reforma laboral criminal, una Ley Mordaza propia de otros tiempos…, me vi sola en la vorágine de una ciudad inmensísima que no iba a mirar por mí. Aquel no era un viaje de placer ni de autoconocimiento, se trataba de sobrevivir y de dejarte explotar para poder pagar una habitación en el barrio donde Cristo perdió el mechero, compartiendo baño y cocina con otras tantas personas de edad y razas muy dispares. Por si fuese poco, tuve que pelear desde allí porque el mal llamado editor de “El secreto de Caperucita Roja” y de mi anterior publicación, “El último pecado capital”, dejase de robarnos a mí y al resto de autoras que escribíamos para él. Conseguí cancelar mis contratos editoriales, y el tipo me pagó 1.600€, cuando yo calculaba que posiblemente me debía unos 15.000€. Esos 1.600€ ni los olí, porque era el dinero que les debía a mis padres -me lo habían adelantado para alquilar una habitación en Londres y para la manutención, con la condición de devolverlo desde mi primera nómina-. No tuve tiempo ni fuerzas para seguir con el máster a distancia; renuncié a él y a volver a casa en el año o año y medio que, en principio, yo había pronosticado. Pasé allí 4 años, viendo que, inevitablemente, cada año llegaban más y más españoles a copar las calles, el metro y los trabajos más precarios de Londres. España se estaba vaciando de gente capaz, desesperada por no tener ni una entrevista de trabajo. Durante mi estancia en Londres, escribí para un periódico local en español que no pagaba por ello, asistí durante 3 años a las clases de interpretación que organizaba una compañía de teatro española allí -pagadas con mi sueldo de camarera durante el primer año y medio, y con la totalidad de la herencia de mi abuelo los últimos meses-, escribí “La Señora de Montesco” y “En mi otra vida” y asistí a unos pocos rodajes en los que participé como figurante, cobrando mejor que nunca en mi vida -lástima que esto último era cosa esporádica-. Londres ya no me iba a ofrecer nada más, o yo no estaba dispuesta a tomar nada más a cambio de mi sumisión y la entrega absoluta de mi tiempo lejos de casa. Me llevaba mucho conocimiento, dos amigos y ningún ahorro. Recuerdo que tomé el avión de vuelta con más ganas que nunca de ver a mi familia y a mis amigos. También recuerdo que me estaba enamorando y que ese amor estaba en Andalucía y no en otra parte.

Hace 5 años y 5 meses que volví de Inglaterra. Hoy llevo toda la mañana con la burocracia de acceso a un examen de oposición en la UCA. Entre otros papeles, están mi informe de vida laboral -española- y el certificado de demanda de empleo. Según los papeles, he estado en paro 3 años y 4 meses desde que llegué, lo que significa que he trabajado menos de la mitad de lo que, en una circunstancia normal, una persona joven, formada y sana debería haber trabajado durante este periodo. Por supuesto, las altas y las bajas han llegado a mi vida laboral de forma intermitente, y eso sin contar los trabajos por los que he cobrado mal y por los que no se me ha dado de alta en más que un mínimo porcentaje de las horas reales que he echado. Me puse en contacto con varios medios de comunicación, buscando una entrevista de trabajo, y no me respondió ninguno. Bueno, uno sí, para el que me decidí a colaborar, sabiendo que sería sin ningún tipo de cotización y gratis.

En cuanto vi que acumulaba 1 año sin cotizar, entre trabajo de mierda y trabajo de mierda, tomé la decisión de ponerme a opositar. Una decisión durísima a la que llegué después de mucho mirarme al espejo, ver las heridas y preguntarme si merecía la pena mantener un rumbo aterrador que no tenía un destino ni por asomo tan prometedor como el de una oposición. Entendí que mi necesidad era sencilla, pero doble: necesitaba acabar con la incertidumbre económica, pero únicamente me iba a valer si lo hacía por mí misma, sin una solución externa, sin que otra persona apuntalase mi suerte. No quería depender ni de mis padres, ni de mis amigos, ni de mi hermana, ni de una pareja, ni de los caprichos de un jefe. Quería ser yo la que tuviese el control, ganándome algo que nadie me pudiese quitar.

Fue una decisión muy dura porque lo que se me da bien es contar historias y, hasta entonces, no entendí que no porque algo se te dé bien va a darte de comer. No me refiero a la interpretación, porque tengo claro que no soy buena actriz ni me apasiona tanto como para dedicarme por entero a ello. Me refiero a los libros, a los relatos, novelas, incluso a las columnas en los periódicos locales… Los libros se venden a cuentagotas cuando no tienes tiempo y dinero que invertir en su promoción, y las columnas en periódicos locales no te las paga nadie. Si la alternativa es aguantar a encargados y clientes chulos y amargados en un bar, un restaurante, una tienda, una casa de encuestas telefónicas o un hotel -que todo lo he catado ya y están cortados todos por el mismo patrón-, mientras cotizo menos de la mitad de lo que trabajo, sabiendo a la hora que entro pero no a la que salgo, cobrando una miseria que jamás me ayudará a salir de casa de mis padres, con ninguna garantía de que el contrato de tres meses te lo vayan a renovar más de tres veces antes de echarte, prefiero trabajar en una oficina de la administración pública ocho horas, sabiendo mi horario de entrada y de salida, mis vacaciones, mis pagas extras, mis permisos, mis deberes y mis derechos para con mis superiores, contando con un salario que no se pasa mi cotización ni el salario mínimo interprofesional por el forro. Si eso me permite tener mi propia casa, mi ocio de calidad y escribir tranquila en mi tiempo libre, no pido más y estoy dispuesta a visualizarme haciéndolo el resto de mi vida. Se puede olvidar, eso sí, la demografía española de contar conmigo para perpetuar la especie, porque tengo nulo interés.

Hoy llevo 2 años y 5 meses estudiando, al principio desubicada, variando hasta tres veces de oposición porque no tenía claro cuál era la adecuada para mí. Los últimos 19 meses me he centrado en la definitiva. No es para la que preparo la burocracia, pero nunca pierdo la oportunidad de presentarme a exámenes que me pillen cerca de casa y con temarios parecidos; pienso que no pierdo nada por intentarlo, aunque aprobar exámenes de oposición que en gran parte no has estudiado es improbable.

En estos 5 años y 5 meses he seguido formándome, estuviese trabajando o no, en escritura de guión cinematográfico. Me ha enriquecido muchísimo como creadora de ficción, y ahora me siento orgullosa de todos los cursos a los que he acudido para mejorar. Rafael Cobos, David Sainz, José F. Ortuño, Elena Serra, Paco Cabezas, Dany Campos… Espero que siempre haya uno más. Hace unos días tuve el último con la maravillosa Rocío Sepúlveda y en unas semanas espero poder asistir a otro con Isa Sánchez. En fin, que vengan todos los posibles, incluso aunque el saber pueda darme problemas. Distinguir un buen guión de uno malo es lo mínimo que se le pide a un productor que tenga consideración por su público. Y, por si no lo saben ya, cuando opinen en voz alta que tal o cual guión es nefasto y perjudica a toda la película -por argumentada tras horas de formación y escritura que esté esa opinión-, puede haber quien no lo valore ni lo perdone. ¿Recuerdan ustedes que les comentaba que volví de Londres comenzando a enamorarme? Fue una bonita -preciosa- historia de amor de 5 años y varios meses que murió de un disparo a bocajarro… al parecer, en pago a una opinión negativa que expresé sobre un guión -opinión que, más allá de transformarme en un ser despreciable para el amor de mi vida, no tuvo repercusión alguna-. Tardé en enterarme porque ni siquiera se paró a decirme «estoy cabreado/decepcionado contigo por esto», simplemente me retiró la palabra y la mirada sin decirme por qué. Lo supe al par de semanas, y al principio no me lo creía porque era de una desproporción impensable, pero sí, así de triste, absurdo y surrealista ha sido. Vamos, que me río por no llorar. Conste, eso sí, que la raíz de este episodio lamentable es una película, que he recomendado varias veces, y que la opinión que siempre he dado de ella ha sido positiva, en algunos aspectos concretos llegando a la admiración -excepto al hablar del guión, que, lamentablemente en este caso, es el corazón de una película y lo que, en mi humilde opinión, falla estrepitosamente-, en un contexto de, por así llamarlo y para que se entienda, un examen deontológico -que no es lo mismo que recomendarla para echar el rato; es un contexto mucho más exigente-. En otras palabras, que está bien como desconexión ligera, aunque considero que no satisface mayores aspiraciones. Imagino que, dependiendo del baremo emocional de cada persona, esto se puede llegar a entender como una traición o un ataque, lo cual está muy lejos del baremo que manejo yo, pero lo que no me entra en la cabeza de ninguna forma es cómo se ha gestionado ese sentimiento. Me cuesta horrores entender que alguien a quien llevas años adorando no tenga dos segundos para considerarte como persona de una mínima validez, no te tenga el cariño o respeto suficiente como para decirte «me pasa esto contigo porque me han contado que has dicho tal» y no escuche lo que sea que tengas que decir, sea una explicación o directamente una disculpa. Yo siempre le he deseado y le desearé muchísimo éxito -si es con buenos guiones, mejor, que ha demostrado ser muy capaz de ello-, y es todo lo que puedo decir con respecto a esto.

En estos 5 años y 5 meses he escrito más libros y he denunciado a otro editor de pacotilla, pisando, por primera vez en mi vida, unos juzgados de lo penal. También he escrito poemarios y relatos, porque se podrán imaginar ustedes cómo de prolífica es una escritora enamorada. Y, por supuesto, he colaborado con cada compañero que me lo ha pedido… Todo esto sin salir de la crisis económica, que deriva en crisis vital, que deriva en crisis emocional. Estos años han sido, y hasta el día de hoy, como ir en el Titanic, sabiendo que se hunde y que tienes que fabricar tu propio bote salvavidas con madera podrida.

Fue empezar a estudiar oposiciones y, con la crisis, la precariedad, la corrupción política y la desesperación en mi cabeza, ponerme a escribir el guión de “Carrusel”. Y ahora, dos años después, hemos iniciado la pre-producción del que va a ser mi primer cortometraje como guionista, productora ejecutiva y co-directora. Nada de esto me lo enseñó la universidad, ni lo puedo financiar sola. Quizás sea la última pieza audiovisual que firme, dado que tampoco siento pasión por lo que la industria puede ofrecerme; calculo que lo más sonado que el cine te puede aportar, en el mejor de los casos, es una cuenta bancaria rimbombante y un Óscar. Si lo primero no termina de fascinarme, imagínense lo segundo. Aun así, voy a rodar la historia que he escrito y espero que llegue a todas las personas a las que verla les pueda ayudar de alguna manera, como a mí me ayuda contarla. Y si a alguien le parece una mierda seca, que se exprese libremente, especialmente si ese alguien es mi amigo -en cuyo caso prestaré incluso atención-. Va a ser mi respuesta natural a todas esas gilipolleces de las que llevan años hablando los medios generalistas: que si coliving, que si nesting, minijob, trabacaciones… No sé cuál de todas me toca más el coño, pero estoy deseando que los medios dejen de sugerir que la precariedad es moderna o romántica y empiecen a señalar que la Justicia en este país está atiborrada a barbitúricos y por eso se escapan los corruptos y los miles de millones de euros con ellos, sinvergüenzas de sangre azul y acólitos incluidos.

Estoy agotada física y mentalmente, incluso sin contar con el corazón partío. Llevo diez años peleando contra una maquinaria monstruosa, haciendo méritos para nada excepto para ver la tragedia desde un palco más privilegiado -a mayor conciencia de clase, más dolor de tripas-. Voy a firmar ese cortometraje, voy a sacarme una plaza de funcionaria y que le vayan dando a eso de buscar en este país una compensación en proporción a los esfuerzos y al talento, una meritocracia real o una Justicia en condiciones. Cada día tengo más claro que cuanto más mediocre seas, más te van a regalar el puesto y el sueldo. Ya lo dijo Valle-Inclán, y no le vamos a quitar la razón por mucho que nos empeñemos: “En España, el mérito no se premia. Se premia el robar y el ser sinvergüenza. En España se premia todo lo malo”.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.