El Desvío: A rey muerto, rey traspuesto.

Lo que me cabrea, de verdad, de la política de este país es lo fácil que lo tiene el político de turno o el monarca de turno para engañar a mi madre. Me pillo una mala hostia… que me llevan los demonios, porque me la veo defendiendo a gritos aquello que va totalmente en contra de sus propios intereses. No lee libros de Historia, ni ve documentales sobre la monarquía, la guerra, la transición… No conoce nada que no le hayan contado otros, muy interesados en hacer de ella parte del rebaño. A su abuelo -mi bisabuelo-, un hombre de campo, lo mataron por rojo sindicalista -sinceramente, dudo mucho que el pobre hombre tuviese ideología alguna, ni sé a ciencia cierta si era sindicalista-, su padre -mi abuelo- no hablaba sobre la guerra ni la dictadura porque vivió acojonado hasta los noventa y seis años. Lo que sí que mi abuelo les dejó claro a sus hijos -por lo menos a mi madre- fue que Franco era un criminal y que el PSOE era un partido al que había que votar -según mi abuelo, para que volviese la República-. Mi madre debe de manejar ese par de conceptos y lo que le pudieran comer la cabeza en el colegio de monjas. Eso es tierra abonada para sembrar según conveniencia y lo demás son tonterías.

Avenida de la Constitución, Tarifa. 29 de julio, 2020.

Mi madre era una niña de 15 años a la que le cuentan que el dictador ha muerto. Y su padre, en casa, lo celebra tomándose un buen vino de Jerez. Mi abuelo, capataz de bodegas, de esto sabía más que de política internacional, evidentemente. España había sido una cueva de fascistas durante cuarenta años y, de pronto, la cueva se volvió descapotable, aunque los fascistas siguieran ahí. Me sigue dando mucho que pensar esa expresión de ganadores y perdedores de la guerra. Franco ganó una guerra civil, pero ¿saben quién ganó la guerra?, la guerra de verdad, la gorda, fue la Segunda Guerra Mundial, y, señores… la ganaron los americanos. Y, a partir de ese momento, con la muerte de Hitler y de Mussolini, y con los juicios de Núremberg, los americanos tomaron decisiones que afectaban a toda Europa, incluida España. Años de política delicada, eso sí, teniendo en cuenta que la victoria de los Estados Unidos fue compartida con la Unión Soviética. Creo que lo que muchos españoles a día de hoy ni siquiera se paran a pensar es que, igual que se acabó con Hitler y con Mussolini, los americanos podrían haber asfixiado a Franco si hubiesen querido. Si hubiesen querido. Lo repito para los despistados: si hubiesen querido. La cuestión es ¿me meto en otra guerra, en territorio europeo, después de la paliza que llevo encima, sabiendo que los españoles han pasado por una guerra civil y que Franco no tiene intención de invadir a nadie como lo hacía Hitler? Uf, qué perezote… Mira, Franco, prefiero dejarte ahí, como resquicio fascista, por si acaso. No sea que la Unión Soviética se me ponga tonta. Además, firmamos los Pactos de Madrid para que tú me dejes unas pocas bases militares en territorio español y yo me porto bien contigo, que ya sabes que por las sanciones de la ONU no te tienes que preocupar mientras me tengas contento. Apunta por ahí: también me abres el tránsito de turistas, que tienes buenas playas, y así te vas acostumbrando a depender del turismo para siempre y no aspirar a otra cosa que a ponerme la alfombra cuando llego, que ya sabes que nos tienes que tener como reyes. Uy, y hablando de reyes… me vas a nombrar un heredero de tu régimen, pero como Estados Unidos es la tierra de las oportunidades y las libertades, queda feo que apuntalemos una dictadura, así que tú nombras un sucesor monárquico, para que la dictadura muera contigo, y nosotros dejamos que te mueras de viejo.

Mi abuelo sabía mucho más de vinos que de relaciones internacionales, eso os lo puedo asegurar. También os puedo asegurar que a los americanos les importa un pimiento cómo se subdesarrollase la democracia española a partir del trato.

A la vuelta de la dictadura, instaurada tras una terrible guerra, propiciada por un alzamiento ilegal, en lugar de recuperar la república, nos impusieron una monarquía. Y al rey elegido por Franco, con quien Juan Carlos tenía un trato familiar -no sólo jamás condenó el franquismo y sus crímenes, sino que Juan Carlos ha soltado perlas del tipo «para mí, Franco es un ejemplo», «le tengo mucho afecto y admiración»-. Difícilmente se puede ser demócrata cuando tu poder te lo otorga un dictador y los que te apoyan lo hacen porque el dictador así lo ha dejado dicho. No, claro que no eres demócrata. Tú no crees en la igualdad de todos los españoles, porque tú mismo te consideras superior y tus vasallos te dan la razón. Eres inviolable según la ley, lo que supone que puedes hacer lo que te salga de las reales pelotas sin dar ni la más mínima explicación. Igual, igual, igual al resto no eres. Por lo tanto, tampoco debes de abogar demasiado por una democracia igualitaria. La cuestión es que España es un país herido, mutilado, cuando Juan Carlos accede al trono tras la muerte de Franco, y un país, una sociedad, nunca -a lo largo de la Historia de la Humanidad- ha sido capaz de avanzar sin tener un punto en común, algo que uniese a todos sus componentes. Las personas necesitan creer en las mismas cosas para avanzar en la sociedad. Los humanos, como especie, sólo se han identificado y entendido los unos con los otros, aunque los separasen kilómetros de distancia, por creencias comunes: creencia en el dinero, por ejemplo, en que una pieza redonda de metal con la cara o el símbolo del poder al dorso, a cambio de leche de vaca, me daba la capacidad de comprar otra cosa. A nivel global, creemos en el dinero, incluso cuando no existe y son números en una pantalla. Lo mismo pasa con las religiones. Hombres que no se conocían de nada, ni compartían experiencias vitales, marchaban a luchar en Guerra Santa por el mismo dios, y así nacían, se ampliaban y se defendían imperios.

¿Cómo unir a los españoles, tras décadas de un trauma deshumanizador, como son la guerra y la dictadura? Está claro, hay que unirlos en la creencia común. Los republicanos nunca van a querer una monarquía. Pero es que la creencia común no va a ser la Corona, sino el propio Juan Carlos. ¡Brillante! ¿Cuántos republicanos no han soltado por la boca eso de “yo no soy monárquico, soy juancarlista”? ¡Pero cómo no, si fue el plan perfecto!

Adolfo Suárez sabía -y está grabado- que si hacía un referéndum en la calle preguntando si la gente prefería monarquía o república, ganaría la república, y por eso decidió no hacerlo nunca. Había que conseguir que Juan Carlos conquistase el corazón de los españoles que no lo querían en el poder. ¿Cómo hacer que la gente se olvide de que eres un rey legitimado por un dictador y sus seguidores? Convirtiéndote en un héroe nacional, evitando un golpe de estado. Y aquí la pregunta políticamente incorrecta sería ¿estuvo amañado el ataque de Tejero al Parlamento, para que Juan Carlos pudiese quedar bien delante de todos los que dudaban de él?, ¿no era fácil pensar que, con el miedo inmenso que tenía la izquierda a la vuelta a la dictadura, estarían deseando abrazar a un líder que demostrase que no lo iba a permitir?, ¿fue un montaje? Y luego estaría la pregunta berlanguiana, ¿pudo ser todo espontáneo, real y más oportuno para el problemón de legitimidad de Juan Carlos, que quedó solucionado en poco más de 24h? Se queda una sin palabras.

Unidos todos los españoles bajo la capa de superhéroe de Juan Carlos de Borbón, llegaron los paripés varios de bonanza y libertad: lo primero que hay que señalar es que mientras ETA no dejó de atentar, en este país ni había paz y libertad, ni se las esperaba, y da mucha vergüenza ajena ver cómo el bipartidismo profundo que ha habido durante cuarenta años en este país se ha tirado -y se sigue tirando, que no se puede ser más inútil- los atentados y las negociaciones con la banda terrorista a la cabeza. Pero había más paripés. Quince años de gobierno de Felipe González, que, en mi humilde opinión, ha perdido la vergüenza y es la corrupción moral en persona. Quince años gobernando en un país, no olvidemos, minado de fascistas y de gente muy pobre que apenas sabía leer -mi abuela materna era analfabeta y mi abuelo, del que ya he hablado, fue al colegio sólo durante tres años; todo deja poso en la generación inmediatamente posterior-. Supongo que beneficiaba muchísimo a la imagen exterior de España tener un presidente “socialista” que no lo era tanto. Mi abuelo siempre lo votó, esperando ansioso por una república que a González jamás se le habría ocurrido reclamar. No sé si mi abuelo llegó a ver la foto del puro en el yate, espero que se muriera sin verla, igual que González se morirá sin pisar un juzgado por la guerra sucia de los GAL -curiosamente, fue el gobierno de Aznar en el 96 el que se negó a dar información clasificada al Tribunal Supremo para la investigación, lo cual apesta a chanchullo con el ejecutivo anterior, el gobierno de González-. ¿Cuántas veces no se habrán protegido PP y PSOE, mientras robaban y saqueaban, pasándose la Justicia por el forro, mientras de cara a la galería eran feroces rivales? Pues, si me preguntan a mí, cuarenta años de “democracia”. Pero no se veía nada, porque España estaba en lo más bucólico de su historia, con el bienestar por las nubes, el destape, el rock, la movida, la natalidad a tope, Marbella, Paquirri y la Pantoja, Martes y Trece, la Expo 92, la boda de Elena de Borbón con el tipo ese y de Cristina con aquel, las olimpiadas de Barcelona… La generación de mi abuelo y de mis padres se comió una propaganda salvaje de país puntero con política modernísima. ¿A quién podía importarle cómo, cuándo y dónde se pulía los millones ese rey que heredó de Franco y que ya hizo todo lo que tenía que hacer aquel 23 de febrero? Que haga lo que quiera, que somos juancarlistas. ¿Y al niño? Al niño lo estamos financiando entre todos para que tenga la mejor preparación de la historia de la monarquía española, para tener al futuro rey más “preparao” de todos -luego se verá que a la hora de enfrentar una falta de respeto al orden constitucional por parte de algunos independentistas catalanes no tendrá ni idea de gestión emocional y comunicativa, pero para todo lo demás está preparao-. Qué ilusión mantener a esta familia de nobles que da esplendor.

Con la llegada del descalabro de la economía a finales de la primera década del nuevo milenio, las costuras que no queríamos ver, reventaron y nos vimos pasando frío y hambre. Siento ser yo quien lo diga, pero no es verdad que en algún momento saliésemos de la “crisis” de 2008. Una polarización tremenda aumentó las grandes fortunas y terminó de exprimir al resto, arrasando con la clase media. Para los de arriba puede, pero para los de abajo la crisis se hizo crónica. ¿Saben quiénes estaban preparados, además del heredero del rey? Los hijos de sus vasallos. Muy preparados, mucho más que sus padres, pero con todas y cada una de las puertas cerradas. No tenemos el miedo que paralizaba a nuestros padres y abuelos, ni tenemos la ira en la sangre. No pueden ni imaginarse lo progresista que soy y cómo de subnormal me parece cualquiera que haya asesinado a religiosos o quemado una iglesia. No se lo pueden imaginar. Ni moriría ni mataría a nadie por mis ideas. Ni quiero vivir en otro país que en este, que es el paraíso en la tierra. He leído y viajado suficiente como para entender que mi abuelo estaba manipulado por el miedo y la ignorancia. No voto a un partido como quien apoya a su equipo de fútbol. He leído, entendido y asumido la Constitución del 78, lo que es un paso básico para entender el altísimo porcentaje de mentiras que se sueltan en el Parlamento. La Constitución es una herramienta sencilla y eficaz para entender que el reinado de Juan Carlos formaba parte del paripé y del proceso de limpieza de imagen al exterior. Felipe no sólo no aporta nada como rey, sino que la Casa Real en su conjunto supone un gasto inútil. Díganme una cosa, sólo una cosa que sea imprescindible, que aporte el monarca y que Francia y Alemania a día de hoy no hayan sabido solventar en sus repúblicas. Una cosa. Y no me salgan con el paternalismo simplón de que los españoles son unos ignorantes que no pueden gobernarse a sí mismos, porque, de hecho, es lo que hacemos, aunque lo hagamos mal, porque el rey ni pincha ni corta en ese asunto. También queda claro en la Constitución. Y, por añadir un detalle minúsculo, sólo recordar que, si nos vimos en la Segunda República no fue porque tuviésemos cultura de la democracia -de la que seguimos careciendo, como es evidente- sino porque estábamos hasta el moño de que los monarcas nos robaran.

Ayer se hizo público un comunicado de la Casa Real en el que se comparte con la plebe una carta de Juan Carlos de Borbón a su hijo y heredero, Felipe. Sí, Felipe, el que dice que renuncia a la herencia de su padre pero se olvida oportunamente de que la corona es hereditaria y que, por lo tanto, habrá renunciado a parte de la herencia, pero desde luego no a toda. En fin, todo muy oficial y muy del medievo.

Me incomoda que Juan Carlos se refiera a supuestas tramas de corrupción con chanchullos bancarios como “acontecimientos pasados de mi vida privada”. Oiga, que no estamos hablando de que sea usted más guarro que una mano, o que la reina tenga que agachar la cabeza para entrar por la puerta. Que nos importa menos que nada lo mujeriego que haya sido usted. Estamos hablando de robar millones de euros a manos llenas cuando este país las está pasando perras para seguir adelante. Hablamos de hipocresía y delincuencia sistemáticas. Sabe perfectamente que no nos escandalizan sus líos de faldas, sino sus supuestas ganancias millonarias a espaldas de la ley. Ganancias conseguidas, supuestamente, valiéndose de la posición privilegiadísima que le otorga la Constitución Española. No se puede tener menos vergüenza que insinuar otra cosa en la dichosa carta, que parece que nos escandalizamos por puritanos. Váyase a pastar.

Y, hablando de la Constitución, efectivamente es muy difícil, más bien improbable, que se pueda llegar al tipo de acuerdo que requiere una reforma en el título de la Corona. Obviamente, a la hora de redactarlo, se fijó como casi imposible que nada ni nadie le tosiese a Juan Carlos y a sus herederos. Pero, hostias, la dignidad de los españoles bien vale un intento.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.