El Desvío: A gusto del trabajador.

Leo un twitt de @LadyFuet, una cuenta que no conozco, convenientemente retwitteado por mi muy admirado y querido Edu -vocalista de Space Surimi, grupo que deberían ustedes conocer-. El twitt reza una especie de refrán postmoderno: “Trabaja de lo que te gusta y acabarás odiando lo que te gusta”. La breve publicación no tiene ni medio día de vida, casi mil retweets, y pasa con creces de los cuatro mil likes. El primer comentario que encuentro, cuando me paro a leerlos, reza: “Es como poner tu canción favorita de alarma del despertador”. Es complicado saber si el twitt original habla con propiedad, porque nunca he trabajado -con contrato y sueldo- de lo que me gusta, pero el comentario tiene toda la razón del mundo; es un error que muchos hemos cometido, usar una canción que amamos para un acto de violencia. A mí me ha pasado con canciones como “You’ll be mine”, de The Pierces, o con “Masterpiece”, de Madonna… que sólo tienen culpa de haberme acompañado en los despertares más duros de mis años en el extranjero, cuando no me daban los descansos mínimos de doce horas tras hacer jornadas y jornadas de estrés y duración infinitas en bares y restaurantes, cuando mi cuerpo estaba ya agotado de mandarme banderas rojas. He tardado años en poder volver a escucharlas sin que me provoquen un poco de ansiedad, con lo bellísimas que son. Desde aquí, si no las habéis escuchado, os las recomiendo -y si domináis el inglés, ni que decir tiene que las letras son preciosísimas-.

No son las únicas canciones que me acompañaron en mis despertares en Inglaterra, y no lo son porque en cuatro años tuve que cambiarlas varias veces, precisamente por eso: porque estaba aborreciendo sus primeros segundos, de tanto relacionarlos con el inicio de una tortura diaria. Las otras dos canciones elegidas no eran tan románticas: la versión adagio del “Sobreviviré” de Mónica Naranjo, y la maravillosa “Skyfall” de Adele. Las tuve menos tiempo que las otras dos, quizás porque aprendí la lección, aunque aún me dan escalofríos incómodos los dos primeros segundos.

En los cinco años y pico que llevo de vuelta en España, sólo he permitido que me pase con una canción: “Million reasons”, de Lady Gaga. Una preciosidad de inicio muy suave; funcionaba tan bien, que me costó mucho soltarla, pero debía hacerlo si no quería rechazarla como a las demás.

Me suele gustar más que me canten las chicas que los chicos, aunque es cierto que también me ha despertado el “Un pobre con dinero” de SFDK, o el “Mala mujer” de C. Tangana. No terminan de ser esas canciones favoritas que pones en el cadalso. En cualquier caso, las chicas ganan por goleada. Y, haciendo este repaso, me doy cuenta de que al final vuelves a todas ellas, las escuchas enteras y compruebas que te gustan tanto como siempre, ahora que no implican que comience el sufrimiento.

La gran pregunta aquí es: ¿Ocurre lo mismo si trabajas de lo que te gusta? ¿Empieza nuestro cerebro a relacionar nuestro trabajo con una tortura, a pesar de que lo dedicamos a aquello que nos gusta?

Verán que mi conclusión final es que niego la mayor, y que, realmente, la inmensa mayoría de la gente no puede trabajar haciendo lo que le gusta, incluso cuando trabaja de aquello para lo que se ha preparado y ha elegido libremente. Pero, antes de eso…

Quizás habría que preguntarse un sinfín de cosas más. Si trabajas solo, con gente que te cae bien y te responde, o con gente a la que tienes que aguantar porque te va el puesto de trabajo en ello. En los tres casos, dedicándote a lo que te gusta, puedes obtener una experiencia entre magnífica y nefasta. Si es nefasta y se repite, es insoportable. Incluso si fluctúa entre lo magnífico y lo nefasto, es muy probable que termines quemándote si no eres un adicto al trabajo. Vaya por delante que los adictos al trabajo, como todos los adictos, algo tendrán que solucionar con su vida o con ellos mismos -siendo el trabajo la vía de escape- y no necesariamente aman lo que hacen, por mucho que lo puedan aparentar.

Una vez vi una entrevista que le hicieron a Danny Boyle, el director de Trainspotting, en la que decía, sin el más mínimo atisbo de duda, que ser director de cine de manera continuada era tan difícil que sólo lo son aquellos que están locos, aquellos que están abiertamente obsesionados con estar ahí y serlo, porque ni la industria es noble ni el resultado es matemático. En otras palabras: porque las vas a pasar putas. A mí me da la sensación de que, en el mundo en el que nos ha tocado vivir, esta reflexión se puede extender sin pudor ni miedo a absolutamente todos y cada uno de los oficios del ámbito artístico y científico. No hay que estar loco para querer ser concejal, camarero, gestor, recepcionista, abogado, telefonista, aparcacoches, reponedor o miembro del servicio de limpieza; quien crea que esa es su pasión y quiera dedicarse a ello a tiempo completo, ha venido al país adecuado. Pero hay que estar rematadamente loco para tomar la decisión de vivir únicamente de ser ilustrador, investigador, periodista, gimnasta… Si tu plan es comer, necesitas toneladas de suerte -ojalá bastase con el talento-, contactos adecuados y tragaderas indolentes para mantenerte gracias a ese tipo de vocaciones; si te falta la suerte, los contactos o las tragaderas, ya puedes tener el talento más inaudito, que si alguna vez te valoran quizás sea cuando ya estés muerto. O eso, o eres la fabulosa casualidad del uno entre un millón -casualidad muy necesaria para hacer de zanahoria en un palo y que los demás crean ir por el mismo camino, no se tiren en masa por un puente viendo la realidad-. Aunque aquí tengo que decir que, no sé en vuestras casas, en la mía querer ser científico de postín es aspirar a mucho y ser artista es tener pájaros en la cabeza. No sé qué carencia mental es esa que nos hace despreciar las artes, pero ojalá la desterremos del todo con un poquito de educación.

Lo que yo saco en limpio es que, la mayoría de las veces, la gente que habla de “hacer lo que te gusta” confunde estar en el sector o la industria con lo que es su ocupación real.

Estar en el sector al que aspirabas puede conllevar un puesto para el que llevas mucho tiempo preparándote. O no. Pero pongamos que sí. ¿Y ahora qué? Si te embarcas en un proyecto increíble, pero lo tienes que dejar a la mitad porque ya no hay fondos para lo que querías hacer, o tus compañeros y tú tenéis una jefa insoportable, o tenéis un compañero que es igual de talentoso pero un tremendo gilipollas que os amarga la existencia y es sobrino del dueño, o resulta que para que os dejen llevar a cabo el proyecto con el que soñáis, tenéis que chuparos diez años haciendo cosas que os motivan en un cero por ciento… Quizás eres un fuera de serie como ilustrador, pero nunca haces los dibujos que quieres porque los encargos no son libres y tienes que doblegarte a lo que te diga el cliente, que ni de ilustración ni de diseño de imagen entiende media palabra. Y que, además, si te paga, te va a dejar claro que “oye, eres carillo, eh? Si bajases los precios, trabajarías más”.

Apenas unos meses antes de la cuarentena del 2020, una noche de verano, hablaba a solas en un balcón con un talento al que admiro. Le dije que tenía claro que quería opositar, aunque me fueran a destinar azarosamente a cualquier rincón del país, incluido el norte -a su modo de ver, no estaba mal, aunque me dijo que evitase el País Vasco; no he estado, y seguro que visitarlo está genial, pero imagino que el modo de vida varía bastante del de Cádiz-, porque era la única manera de poder tener sueldo fijo y tiempo libre de calidad, sabiendo que eso de trabajar “en lo que yo quiero” no es algo que haya estado siquiera cerca de ocurrirme en los diez años que hace que salí de la universidad. Difícil olvidar el gesto que hizo entonces él, negando con la cabeza y repitiendo esa frase “dedicarte a lo que te gusta”, con un tono que decía que eso no existía, y remató: “a lo que te gusta no te vas a dedicar”. Yo sabía que él llevaba años y años dedicándose a lo que eligió, a aquello para lo que se formó; acababa de preguntarle por su último trabajo, y la experiencia no había sido grata en absoluto, pero tengo la convicción de que es un testarudo que aguantaría diez años de deriva por celebrar un avistamiento. Seguramente no le guste nada la deriva, pero el ratito del avistamiento le da sentido a esa paciencia estoicamente ejercida. Y, luego muy probablemente, de vuelta a la deriva, a seguir oteando el horizonte. Si un genio andante, que se mueve en el sector en el que se quiere mover desde hace años, admite que el dedicarse a lo que uno quiere no es una probabilidad real, no es un estado constante… entonces opositar no era ninguna tontería. No tengo planes de volverme loca, como sugiere Danny Boyle, por dejarme la salud física y mental en el empeño de convertir en mi oficio lo que perfectamente puede ser mi pasatiempo.

“¿Has pensado en dejar de escribir?” o “¿sigues escribiendo?” son preguntas que me hacen a menudo, y la respuesta es tan obvia… Señora, no podría dejarlo ni aunque quisiera, es mi manera de entender el mundo y de dejar que el mundo me entienda, si quiere entenderme.

Decía una famosa canción de Alejandro Sanz: “…esta es mi manera de decir las cosas; no es que sea mi trabajo, es que es mi idioma”. Sólo el lector que paga por un libro que no sea un encargo está, verdaderamente, pagando por mi idioma sin adulterar. Todo lo demás sería poner el talento o la experiencia adquirida tras años de ejercer mi idioma, mi pasatiempo preferido, mi válvula de escape, al servicio de un producto de alguna menara adulterado. O los plazos me han obligado a escribir cuando no me apetecía, o el tema me ha obligado a fingir un interés que no tengo, o -incluso en el caso de la escritura- he tenido que aguantar las ridículas opiniones de señores que no sólo no tenían ni idea de lo que decían, sino que al final han terminado por descubrirse como estafadores que no pensaban -ni piensan- pagar en este siglo… En fin, que no, eso no es precisamente lo que me gusta.

Lo que nos gusta tiene nuestras propias reglas y las de nadie más.

Al tiempo que escribo estas líneas, me encuentro otro twitt, de un tal @josepopinion que reza: “Cuando tienes la suerte de trabajar en algo que te gusta y que es tu pasión, y que además bebe de la actualidad, de lo inmediato, no tienes horario. Si la prioridad no es tu trabajo, deja que lo haga otro que esté dispuesto a hacerlo bien. Porque tú no lo estás haciendo”. Respiración obligada para no perder la paciencia y la elegancia mediante, tengo que decir que para eso están las horas extras -pagadas como tal y acordadas por contrato- y que no tener horario, como él dice, es algo que pocos empresarios puedes exigirles a sus empleados porque tener la disponibilidad completa de un ser humano debe de ser CARÍSIMO. Pero, afortunadamente, otra usuaria de Twitter, @nofsys, comenta al aire lo siguiente: “Que trabajes en lo que te gusta y sea tu pasión no quiere decir que no tengas que tener derechos laborales, por dios”. Entre otras cosas, porque que te guste o no, que sea tu pasión o no, no puede ser una excusa para la discriminación -amén de que lo más probable es que tu implicación sea mayor, que tendría bemoles que encima te repercutiese para mal-. Y porque los derechos laborales son Derechos Humanos. Pero de esto entienden poco los liberales súper capitalistas -no me detengo más en esto, pueden ampliarlo leyendo la anterior entrega de El Desvío: “Lo que sea, pero ya”-. La cuestión es que, aunque tu gusto por la actividad a la que te dedicas te haga llevadero el trabajo, nunca ejercerás el trabajo con la libertad con la que ejerces un hobby. Y, en fin, eso también te lo deben compensar económica y socialmente.

Difícilmente todos y cada uno de los trabajos que enfrentes desde el puesto para el que te has preparado sea de tu agrado. A menudo tendrás que echarle unos niveles de diplomacia que nadie te ha incluido en el sueldo. Con suerte, algún proyecto bueno habrá, algún grupo de trabajo que merezca la pena habrá. Aunque sea uno de cada cien.

Y ojo con esa conclusión tan plana de “Bueno, pero si ningún trabajo es ideal, al menos lo suavizaré haciendo algo que -sin aditivos- me gusta”. Creo que dedicarte a tu vocación con más pasión de la cuenta tiene la desventaja de que siempre, siempre, siempre te llevas el trabajo a casa, y eso incluye los dolores de cabeza, porque la implicación es muchísimo más fuerte que si estás emocionalmente desvinculado. ¿Eso es terrible? No, puede que haya gente que entienda así la felicidad, pero no es el paradigma que persigue todo el mundo. Ni que decir tiene que uno de los dichos más sabios de este país es aquel de “donde tengas la olla, no metas la polla”; craso error es que tu relación de pareja condicione tu situación laboral y viceversa, pues no puedes mover una sin cargarte la otra, y eso, en mi tierra, es estar prisionera. Yo soy partidaria de dejar lo que me gusta a mi gusto y en mi tiempo libre y de pelearme con el mercado laboral por un puesto en el que no me exploten -que ya es mucho pedir; casi es más fácil encontrar algo que te guste en lo que termines explotado que encontrar algo sin mucho misterio pero que te reporte un salario en condiciones y tiempo libre de calidad-. No perdamos de vista que el trabajo no es aquello que da sentido a mi vida ni a mi tiempo. Hay muchas otras cosas que para mí son prioritarias y que deben gustarme muchísimo en mi vida, algunas incluso deben hacerme muy feliz o no ser en absoluto. Mis amistades, que son pocas y de calidad gourmet, estar cómoda en la ciudad en la que vivo, que mi pareja y yo nos queramos con locura y de verdad de la buena, que mis vacaciones sean las que a mí me salgan del moño… No, mi trabajo nunca tendrá que aportarme la felicidad que corresponde a todas esas facetas, me basta con que cumpla de manera justa con su cometido. No necesito que sea creativo, hay múltiples facetas en mi vida en las que puedo explorar la creatividad, lo que necesito es que no me maltrate física ni psicológicamente y que sea el intercambio de beneficios que se supone que es. La gente que termina odiando aquello que le gusta porque se dedica a ello, no odia lo que le gusta, odia la manera en la que le obligan las circunstancias a relacionarse con aquello que le gusta. Como cuando te pones de despertador tu canción favorita.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.