El Desvío: Desayuno con amantes.

Era la hora perfecta para el desayuno de quien no tiene labores que atender; ni muy tarde, ni muy temprano. Aunque las cortinas estuviesen echadas, la luz dejaba ver la habitación y los detalles de confesión abierta en la piel: máscara de pestañas alrededor de los párpados de ella, restos de un festín sexual en los labios de él. Las diez de la mañana podían ser, quizás. La cama del hotel era enorme, con sábanas blancas y varias almohadas. El aire acondicionado, aun funcionando, parecía ausente por sigiloso y tornaba perfecta la temperatura de aquella mañana de verano.

“El blanco te sienta bien” le dijo él, desnudo y en pie junto al lado izquierdo de la cama, donde ella aún estaba tumbada. Su joven consentida le devolvió una sonrisa. Aquel era el segundo piropo de la mañana, tras alabarle él el buen cutis, seguramente orgulloso de haber colaborado con un sinfín de excitantes estímulos durante la noche. “¿Con algo así, no te sale la vena escritora?”, le preguntó él, que sabía de sobra que sí. “Puede”, respondió ella, sabiendo de sobra que necesitaría tiempo de asimilación, pero sí. Al tiempo de recibir aquella respuesta, escueta como casi todo el verbo que ella le dedicó, por pensar más que hablar, él se tumbó de lado en aquella cama, dejando el peso de su nuca sobre el vientre de su amante y las piernas recogidas ante el vacío. Empezó a cavilar a media voz, mirando al techo, mientras ella le escuchaba y le acariciaba el cabello y el rostro. En aquella suave reflexión improvisada, cupieron varias confirmaciones, como que aquello tenía que pasar porque era insoportable una atracción tan brutal, o que uno hace lo que hace porque quiere y no porque le pongan una pistola en la cabeza…, pero ninguna tan repetida como la exclamación en voz baja de que lo vivido había estado genial. Ella seguía en silencio, escuchando mientras pensaba que a la vida no le pedía más suerte que la de pasar de lo clandestino a lo público y de lo singular a lo común, de poder encontrarlo siempre a su lado al despertar. Le pedía a la vida poder seguir acariciando esas sienes, esa nariz, esas mejillas y ese cabello, y que ese hombre acudiese a su vientre cada día. Él se quedó mirándola a los ojos, entonces, compartiendo su silencio. Sin importar la hora que era, y que apenas hacía un rato que acababan de despertar, aquellas caricias bastaron para hacerle rendir los párpados lentamente y para devolverlo al sueño profundo, cómodo y confiado de quien se sabe mimado y amado. Ella lo vio cerrar los ojos, entregándose a sus cuidados, y no por ello dejó de hacerle caricias. Simplemente continuó mientras su mente se la llevaba de vuelta a la noche anterior, cuando aún no se habían despojado de vestimenta alguna y, sentados ambos en la parte de atrás del coche, camino al hotel, cruzaron la más inútil de las líneas.

El coche iba casi lleno y la madrugada no evitó que el copiloto viese lo que se cocía en la retaguardia. Discreto sí, confidente también, pero ciego no. Las ráfagas de luz provenientes de las farolas fueron suficientes para iluminar los ojos del hombre que, sentado junto a ella, exploraba bajo su vestido e indagaba entre sus piernas cruzadas. Ella lo miró y se encontró con que aquella expresión celebraba las ganas de los dos y la perfecta situación; ávida lectora de esos ojos, encantada con el atrevimiento, descruzó las piernas para él.

¿Qué pensaría el recepcionista, tan solo y aburrido a esas horas? Seguramente acertó.

La breve conversación de rigor apenas se alargó con una cerveza y un vino blanco que les refrescara en la terraza de la habitación. Hablaron de glorias y fracasos, de miedos e ilusiones, de viajes soñados y de escritura. Fuese poco o mucho, era difícil de calcular con las ganas a flor de piel. Lo mismo le daba a ella, porque esa voz llevaba años haciéndole el amor, con o sin él delante. Se habían confesado el uno con el otro desde el primer día, años atrás. Se habían deseado, admirado, buscado, pensado a solas o a la vez durante años. Escondidos entre bambalinas, mensajes y fotografías. Se habían alejado sin querer y perdonado los errores tantas veces… Se habían seducido siempre. Se seducirían toda la vida. Nadie sabe las ganas que tenían de devorarse a besos, ni cómo de amaestrada era aquella compostura previa.

Llegó el momento de tomar la decisión: brindar y marchar, o no terminar la copa y deshacer la cama. Ella sabía lo que quería, no tanto lo que podía tomar. Dejaron la terraza y pasaron a la habitación, con apenas las tenues luces de las mesillas de noche dándoles visión. Él la abrazó por la espalda, para mecerla entre sus brazos y acercar sus cuerpos. Él estaba excitado y deseoso de que ella se lo permitiera, o mejor aún, que se lo pidiera. “¿Quieres que me quede?”, preguntó ella, cerrando los ojos para disfrutar de ese abrazo. “¿Tú te quieres quedar?”, se la devolvió él, sin contestar y dejándole a ella la decisión, “si te quieres quedar, quédate”. Estaba asustado. No quería aparentarlo, quería disfrutarla, ahora que por fin la tenía para él y él estaba para ella y nadie más. Pero tenía miedo de una mujer que no confirma, que no pide… Una mujer que sólo tiene cordura para decir lo bien que hueles, antes de buscar tus labios para besarte como si fueses agua en el desierto. El absurdo se disipó al contacto de la piel, la saliva y la carne.

Se amaron, se comieron, lamieron y besaron en aquella inmensa cama de sábanas blancas. Empezando por ella sentada sobre su boca y terminando con él hundido entre sus piernas. Todos los besos que el mundo conoció y conocerá se regalaron aquella noche. No existía nada más allá de la medida de sus cuerpos. No había palabra o declaración que sus ojos o sus labios no hubiesen superado con creces. Se amaron hasta que les llevó el sueño. “¿Te quedas a dormir?” susurró él, rendido, tras abrazarla como si su vida dependiera de ello. “Claro”, respondió ella, enmarcando esa palabra en caricias. Eran tan felices que no se percataron de que las cortinas seguían abiertas.

Ella despertó unas horas después, cuando sintió que él le acariciaba la cara. Abrió los ojos muy despacio y lo vio a su lado, mirándola con infinita ternura. Las cortinas estaban echadas, porque ya pasaban de las nueve de la mañana, pero a ninguno de los dos le apetecía que hubiese salido el sol. Él había despertado un poco antes, había ido al baño, había cerrado las cortinas para camuflar la hora, se había vuelto a tumbar en la cama, había revisado brevemente su teléfono y había devuelto todo su interés a mirar a su amante durmiendo junto a él. “Buenos días”, murmuró él, a lo que ella respondió igual.

El desayuno no se quedó en besos. Todavía había tiempo para una delicia más. Él apartó las sábanas para dejar a la vista su cuerpo y ella, deseando volver a saborearle, besó arriba y lamió abajo hasta que un intenso orgasmo invadió al hombre de sus sueños, que se derramó ante sus ojos. El placer de la respiración acelerada que se rinde… podrían haberlo repetido hasta morir.

Sin querer perderse ni un segundo de los que podía disfrutar con ella, él hizo algunos yermos intentos de decidirse por una ducha. Se levantó de la cama, volviendo a tumbarse junto a ella, sin remedio, antes de andar dos pasos hacia el baño. Un intento, y otro, siempre acababan devolviéndolo a la cama y a la boca de esa mujer. Finalmente, tras volver a salir de la cama una última vez y caminar hasta sentarse en el borde contrario, se tumbó sobre el vientre de ella y se dejó acariciar hasta el sueño.

Tras rememorarlo todo, ella notó que él volvía despertar. Celebró haberse quedado dormido profundamente con esas caricias, como lo celebraría un niño pequeño. Tomo la mano izquierda de ella, se la llevó a los labios y la besó, cerrando los ojos. Ella supo que, si no era la primera en salir de la cama, él no se movería de allí. Se levantó y rescató del suelo su ropa esparcida, recibiendo de él más cumplidos mientras lo hacía. Él le hablaba de cómo le gustaba el cuerpo de ella, mientras que ella lo amaba y lo deseaba tanto a él que ni expresarlo podía. “Esto es una despedida, ¿lo sabes?” susurró él, al verla vestida de nuevo. Y no, no lo sabía, ni se lo había esperado, ni entendía por qué, pero sí sabía que bastaba con que uno de los dos quisiera despedirse para que ambos tuvieran que hacerlo. Por respeto y por amor. Así que no protestó. Quien la quisiera para siempre, no se despediría, pensaba ella. Y él seguro que también conocía esa fórmula tan sencilla. Sin embargo, algún fleco suelto tenía aquel plan, ya que él se despedía sin dejar de acordar próximos puntos de encuentro. Podían engañarse a sí mismos y decirse adiós, sabiendo que, aunque pasasen los días, los meses, e incluso los años, volverían a mirarse a los ojos. Y que eso iba a tener exactamente el mismo efecto de siempre.

Él seguía en la cama cuando ella tomó su bolso. Uno que no iba a juego con el resto de la ropa. Y, tras desearle lo mejor, se dirigió hacia la puerta. Ya había salido de la vista de él, cuando aquella voz le frenó. Él salió de la cama, fue hacia ella y, pronunciando su nombre, le dio las gracias hasta desgastar la palabra. Y así llegaron los últimos besos para ambos y el misterio de qué pasaría después.

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